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1619 Words
Anastasia quedó frente a Nikolái. El muchacho se observaba diferente, frío, imperturbable. Tal vez, reticente. Así lo percibió Anastasia. Las escaleras prolongaban aún más la distancia que se había instaurado entre ellos. Finalmente, Nikolái terminó de bajar los escalones con suavidad. La observaba fijamente. Cuando se ubicó a un lado de ella, giró la mirada hacia la calle y observó a la gente pasar y a la nieve caer. —¿Cómo estás? —preguntó él débilmente. —No muy bien —respondió ella con una tierna sonrisa—. Ya sabes, las cosas no son tan fáciles. Nikolái asintió. Anastasia en cambio, no estaba tranquila con el comportamiento de Nikolái. No entendía qué había cambiado. —¿Qué te sucede? —Nada, ¿por qué preguntas eso? —Vamos, algo te sucede. Nikolái la observó de reojo. Estuvo esquivo de decirle en un primer momento, pero después de un rato, aceptó que algo debía decirle. Lo dicho por la madre le había hecho pensar más. —Mi madre dijo que ustedes habían pasado bien durante los primeros meses del bloqueo, ¿fue cierto? Anastasia suspiró mientras terminaba de salir a la avenida Nevsky. Nikolái la siguió. —Sí, el prometido de mi hermana nos traía buena comida, pero ya ha terminado. Nikolái frunció el ceño. —¿Qué ha terminado? —Todo —siguió con su paso suave y arrastrado. Sus zapatos se enterraban bajo la nieve—. Mi hermana ha terminado con Vladimir y nos hemos quedado sin comida. —¿Cómo hacen ahora? —Comemos el pan diario del racionamiento. No tenemos de dónde comer otra cosa —susurró con tristeza—. Ya me he comido mi pedazo de pan, pero tengo hambre… mucha hambre. Nikolái la hizo detenerse en medio de la nevada, metió las manos a los bolsillos y sacó tres barras de chocolate de ahí. Era lo que él le había guardado en secreto, para que después su madre no se enfureciera con él. —Tómalas, sé que te darán más energía —dijo mientras le agarraba las manos y le depositaba en ellas el chocolate—. Mi madre me tiene prohibido regalar comida, pero mañana te traeré un kilo de harina de trigo, ¿te parece? Anastasia lo abrazó. En realidad, tenía muchas ganas de llorar, pues nadie más se había preocupado tanto en ella ni en su familia. En aquellos momentos, Anastasia deseaba un consuelo y justo había llegado Nikolái. —Yo siento mucha vergüenza —dijo mientras sollozaba—. La ciudad está en guerra y la comida es sagrada… No creo que estes haciendo lo correcto. —Anastasia, no podré darte comida cuando me vaya. Mi ayuda será escasa, pero haré todo lo que haya en mis manos para ayudarte, ¿de acuerdo? —Gracias. Anastasia sintió un fogón caliente en su corazón. La vida era dura, pero cuando había unión, la esperanza nunca desaparecía. Anastasia podía recordar que su amigo no la dejaría morir sola en la ciudad, que siempre iba a tener un respaldo. La ciudad se consumía en silencio. La desesperanza hacía que día a día, muertos se acumularan en las entradas de las carreteras, edificios, puentes… donde quiera. Anastasia se sentía débil. Los parpados le pesaban, pero no quería morir. Cada día, cada hora, cada minuto, Anastasia recordaba las razones por las que quería sobrevivir, y entre ellas, echarle en cara a Vladimir de que sí había aguantado el hambre. Tal vez ella soñaba demasiado, tal vez era ilusa. Pero al menos, no perdía la esperanza. […] 30 de noviembre de 1941 Anastasia reposaba sobre la cama. Después de haber ido a recoger el pan, se había sentido tan cansada, que decidió recostarse un rato a ver si dejaba de gastar tanta energía. No solo hacía eso ella, también el resto de la familia destinaba una hora diaria o solamente estar recostados o para dormir. Sin embargo, ese día no todos están ocupados descansando. Anastasia se levantó en cuanto escuchó el alarido de su madre. Salió corriendo hacia el baño junto con Tatiana, y ambas al llegar, encontraron a la mujer sobre el suelo y con una de sus piernas girada en alguna dirección extraña. Anastasia gritó aterrada y salió corriendo. Tatiana observó a la madre en shock. Ni Tatiana ni Anastasia sabían qué era lo que debían hacer. En la casa solo estaban ellas, el padre no estaba y Alexéi… Mejor no era hablar de él. En un momento determinado, Tatiana llamó a gritos a Anastasia para hacerla subir el trineo. Tatiana tragó en seco. Había visto como otras familias arrastraban a sus muertos sobre el hielo, cuando ya no había otra forma de sepultarlos, porque la madera se había agotado hacía mucho tiempo. Anastasia corrió hacia el sótano del edificio y sacó uno de los trineos que allí había. Al regresar, Tatiana ya tenía a la madre envuelta en cobijas. Con muchos gritos, pudieron poner a la mujer sobre el trineo y de esa forma entre las dos bajaron con mucho cuidado, haciendo fuerza cuando el vehículo quería resbalar. Cuando salieron a la avenida Nevsky Prospekt, el frío se coló hasta los huesos. En medio de la nevada, Anastasia y Tatiana arrastraron el carruaje hasta el hospital, que quedaba al otro lado del puente. Mientras avanzaban, Anastasia iba observando a su madre. Al parecer, el frío le había congelado el dolor. Después de caminar por varios minutos y muchas paradas, las dos hermanas llegaron al hospital. Nadie parecía haberla anotado en el interior, por el contrario, parecían ignorarlas completamente. Cuando Tatiana fue a buscar una camilla para su madre, ya pocas quedaban disponibles y en medio del resto de la demora, las camas terminaron por llenarse. Solo hasta que los médicos vieron a la mujer, fue que por fin una camilla se desocupó. Poco después, los médicos avisaron que la mujer tenía una fractura en su fémur y la cadera, y que no podían hacer mucho en esas circunstancias, pues los insumos eran todavía escasos. Tatiana no se creyó aquello, pues estaba segura de que eso con dinero se arreglaba. A pesar de todo, no podían hacer nada, solo esperar a que ese hueso pegara de alguna forma, pues la cirugía no podía hacerse. Después del accidente, la madre de las dos hermanas duró hospitalizada por dos semanas. Tatiana y Anastasia la visitaban todos los días, pero no había síntomas de mejoría en ella. Por el contrario, parecía empeorar con el paso del tiempo, el frío y el hambre, pues para agravio de ellas, la ración de pan había disminuido aún más. Anastasia veía a su madre cada vez menos viva. Cada día, era como si su vida se le fuese escapando entra las manos. La madre se quedaba mirando algún punto de la habitación, por horas, pensando en todo y a la vez en nada. Algo que tenía seguro Anastasia era que, en algunos de sus pensamientos, la mujer pensaba en su hijo desaparecido, en Alexéi. La tarde del diez de diciembre de ese mismo años, Anastasia y Tatiana se apostaron a la entrada de la habitación donde reposaba la mujer. Se veía absorta, ida, en otro mundo. De un momento a otro, la mujer empezó a llorar. Era un llanto silencioso, como el de un ratoncito que roía la ropa a escondidas. Anastasia quiso entrar para consolarla, pero Tatiana se lo impidió. Ambas observaron a la mujer desde la entrada, sin que esta se percatara de la presencia de ellas. Tatiana abrazó a Anastasia por los hombros. —No vayas, está pensando en Alexéi. Anastasia asintió. —¿Por qué no piensa en nosotras también? Somos sus hijas. Tatiana sonrió con la pregunta de Anastasia. Ella también pensaba lo mismo que la pelirroja. —Debemos entenderla. Su único hijo ya no está con ella… No habrá nadie que la cuide cuando esté vieja. La casa quedará vacía sin la presencia de Alexéi… Entiéndela, después de todo también es su hijo. —Tatiana —susurró, para que la madre no escuchara—. A este paso iremos a morir todos. No solo Alexéi. Tatiana no respondió nada. Quedó mirando a su madre, quien respiraba cada vez más agitada. —¡Alexéi, hijo! —gritó la mujer tan fuerte, que el sonido se escuchó en todo el segundo piso—. ¡Alexéi! Tatiana entró a la habitación, pero Anastasia no se atrevió. Se quedó de pie, observando y conteniendo las lágrimas también. Al ver a su madre en estado, Anastasia no quería pensar en lo que se les vendría después. —¡Tú! —señaló la madre a Tatiana—. Tráeme a mi hijo. La mujer se quedó en silencio, cayó sobre el colchón y siguió llorando con amargura. Poco a poco, su respiración se hizo imperceptible. Anastasia se acercó a la camilla, se quedó detrás de Tatiana. —Está muerta —susurró Tatiana. Anastasia miró a su madre. Ella no había muerto, de eso estaba segura. Hasta hace un momento había tenido fuerzas como para gritar. Le era imposible aceptar que su madre estaba muerta. —No, no lo está. Anastasia se sentó en una de las orillas de la camilla y sacudió a la mujer. Ella quería demostrarle a Tatiana de que su madre solo estaba durmiendo. Sin embargo, pese a todos los zarandeos, la mujer nunca volvió a abrir los ojos. Anastasia jadeó. Su madre había muerto de una forma tan extraña y repentina. La respiración le empezó a faltar, se sentía mareada. Negó todo, Anastasia no iba a aceptar esa muerte. La señora Volkova no estaba muerta, solo se había quedado descansando. —Vamos, Anastasia —dijo Tatiana con pena. Anastasia estaba en shock.
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