La nieve caía, la ventisca se escuchaba resonando a través de los cristales. La oscuridad los embargaba y el silencio era el que reinaba. La casa se sentía vacía, sin vida, como si poco a poco quienes la residían, la estuvieran abandonando.
Anastasia estaba sentada en el comedor mientras observaba de reojo a su hermana Tatiana. La rubia a su vez miraba el ventanal de la sala con cierto anhelo, como si deseara despertar de un horroroso y fatídico sueño. Pese a todo, la realidad era ineludible y quienes vivían dentro de la ciudad eran los que soportaban los estragos de la guerra.
Anastasia desvió la mirada sobre el mesón y no encontró nada más. El pan ya se lo había comido y el kilo de harina que Nikolái le había regalado no duró más de una semana. La misma Anastasia ni siquiera llegaba a preparar la harina, sino que simplemente la sacaba del envoltorio de papel y se la comía.
Tatiana le había reprochado aquella costumbre, pero pronto ella también empezó a imitarla. ¿Qué mas daba? Era harina, al fin y al cabo.
Anastasia tenía mucha hambre. Se acercó hasta el mesón y tomó en las manos el empaque de papel donde venía la harina. Rompió los costados y empezó a lamer las esquinas donde había quedado polvillo de harina.
Tatiana se levantó y le quitó el papel.
—Anastasia, ya no tiene nada.
—Tiene un poco, deja que lo saque.
Tatiana negó. Volvió a tirar el papel en la basura y volvió a sentarse.
Anastasia por su parte, salió de la cocina y se sentó en el sofá. Allí se dedicó a observar las paredes, contar las manchas o a cubrir la ventana con más papel periódico y cintas de papel. Era una manera de distraerse, pues cada vez que recordaba que Nikolái se había ido, la incertidumbre la asfixiaba.
Había pasado una semana desde que la madre había muerto. Todo parecía tan extraño y diferente… Así se sentía no tener madre.
—¡Tatiana tengo hambre! —gritó.
—Yo también —alcanzó a responderle.
Tatiana salió de la cocina y se sentó al lado de Anastasia.
—¿Qué haremos, Anastasia?
—No lo sé —dijo mientras roía con sus manos el sofá—. Me muero de hambre, me como lo que sea.
Tatiana vio como su hermana trataba de sacar la esponja del sofá. Estaba segura de que querrían comérselo, así que se lo impidió. Al menos por ese momento, Tatiana todavía conservaba el buen juicio. Cuando volvió a tapar el agujero, Anastasia sollozó.
—Eso no es comida.
—No me importa, solo quiero algo para masticar. ¡Quiero algo en mi boca!
Tatiana asintió.
—Lo sé, pero no hay nada para comer.
—Tatiana, cuando hacía la fila del pan, escuché a una mujer hablar. Dijo que hace unos días había hecho pasta de papel, ¿podemos intentar?
Tatiana frunció el ceño.
—¿Pasta de papel?
—¡Sí!
Tatiana no pretendía comerse ninguna receta con cosas no comestibles, pero al final aceptó hacer la receta con tal de hacerle abrir los ojos a Anastasia de que eso no era comida, que no inventara comer cosas perjudiciales como esas.
¿Cómo se suponía que se hacía eso?
Tatiana siguió la receta que le dio Anastasia, arrancó algunos pedazos del papel que cubría las paredes, los hirvió y les echó un poco de sal y lo sirvió en un plato para Anastasia y se lo puso en el comedor.
Anastasia observó el contenido liquido y blancuzco. Con la cuchara removió de un lado a otro con una mueca de escepticismo, se acercó un poco para oler, pero no olía a nada.
—Eso es lo que me pediste.
Anastasia echó el plato hacia un lado.
—Es asqueroso…
Tatiana asintió.
—Así es, es asqueroso. Lo mismo que el que te comas la esponja.
—Está bien.
Tatiana se levantó con suavidad, buscó uno de sus abrigos. Luego, uno a Anastasia.
—Ponte el abrigo, que debemos bajar a buscar madera. Hace mucho frío.
—Pero Tatya, estoy cansada.
—Yo también lo estoy, pero si nos debemos mover.
[…]
En los días más oscuros, incluso una pequeña y roja luz se asomó. Era quince de diciembre cuando un camión militar se apostó al exterior del edificio. Anastasia había sentido el sonido del motor y guiada por él, había observado desde la ventana como un oficial del ejercito en compañía de una mujer se bajaba del vehículo.
Anastasia no pensó mucho en lo que eso significaba, así que se puso el abrigo y bajó las escaleras para recibirlos. En su pensar, se trataban de las noticias de su hermano Alexéi. Sin embargo, la visita estaba muy alejada de eso.
Anastasia salió a la avenida Nevsky y saludó a al hombre. En cuanto se disponía a saludar a la mujer, se sorprendió al ver a la chiquilla que la había molestado durante el ultimo curso de vacaciones. Si Anastasia no recordaba mal, se trataba de la sobrina del jefe del partido. Ella se quedó estática, queriendo que la tierra se la tragara.
La muchacha parecía haberla reconocido también.
—El mundo es muy pequeño, Volvoka —pronunció con una mueca burlona—. Mírate, estas en frente de mí.
Anastasia se llenó los pulmones de aire, no quería desmayarse del frío.
—Bueno, no quiero traer viejos recuerdos y rencores —dijo mientras le extendía la mano y le sonreía—. Te presento a mi primo, el mayor Gorov. Recientemente el paramédico Pavlov le salvó la vida, y desde ese entonces los vi juntos, así que quise saber quién era y a qué se dedicaba este apuesto paramédico… Después de muchas preguntas, me encuentro aquí, en este edificio. Te pregunto y me debes responder: ¿Vive aquí Nikolái Pavlov?
Allí supo que no le traían noticias de Alexéi, sino que buscaban a Nikolái.
—¿Buscan a Nikolái Pavlov?
La mujer de unos dieciocho años, de aspecto hermoso y sofisticado le habló:
—Sí, quiero hablar con él un rato… Me interesaría compartir con la persona que salvó a mi primo.
—Mire, Nikolái no está en la ciudad —dijo más bien hablando con el oficial—. Usted debe saber que, le han hecho volver. Pero estimo que dentro de varias semanas tendrá licencia para venir a ver a su madre.
La mujer pareció entristecerse con la noticia.
El oficial Gorov le agradeció la respuesta con una sonrisa.
—Espero que les haya sido de ayuda.
—Volvoka, te daré la dirección de mi casa. Allí me podrás buscar y con gusto te atenderé. Por favor, si el llega a regresar antes, me lo dices —dijo con una sonrisa tímida—. Muero por hablar con él.
Anastasia asintió.
—Claro, no dudaré en avisarle.
Anastasia observó a la mujer subirse de nuevo en el camión militar, en el área del copiloto mientras el oficial se sentaba en el asiento del conductor. Poco después, arrancaron. Ella se quedó de pie en medio de la acera de la avenida, mientras observaba como aquella niña se alejaba.
Anastasia no comprendía el motivo de tanta amabilidad. Los recuerdos que tenía de ella no eran nada gratos. Por el contrario, era cruel y poco amable, vanidosa y envidiosa.
¿Tal vez estaba interesada en Nikolái? Cuando lo pensó, Anastasia no lo quiso creer. Nadie hacía semejante alboroto solo por el chico que le gustaba. Sin embargo, Anastasia no se atrevía a darlo todo por afirmativo, pues no conocía el temperamento de las niñas ricas.
Mientras subía por las escaleras, Anastasia deseaba la llegada de Nikolái para hablarle de esa chica. Le intrigaba saber si su vecino ya conocía a la sobrina del jefe del partido.
Anastasia recordó sus propios cabellos cortos y sonrió al notar, luego de un tiempo, que la mujer tenía también sus cabellos castaños hasta la nuca. Le había tocado cortarse el cabello.
Anastasia volvió a acostarse en la habitación cuando terminó de subir las escaleras. Tenía el cuerpo cansado, tenía hambre y mucho sueño. Quería quedarse ahí quieta y sin hacer nada. Sin embargo, hacer eso sería una espada de doble filo que podría llevarla a la muerte.