Anastasia estuvo pensando en las golosinas de chocolate que Nikolái le había regalado semanas antes. Deseaba que el muchacho volviera al edificio y le diera sus raciones del dulce. Anastasia moría por sentir como el chocolate se derretía en su boca, como los sabores la iban envolviendo, seduciendo hasta no tener más remedio que comerse las tres barras enteras.
Sin embargo, la comida que disponía era muy poca. Esas rebanaditas de pan no eran suficientes para alimentarla, ni siquiera Anastasia sentía que algo le hiciera ese dichoso pan. Aunque, la incipiente comida sí que la podía mantener de pie al menos durante unas pocas horas.
Anastasia se levantó de la cama, cruzó el camino hacia la cocina y se sentó a ver el cielo encapotado y blancuzco. Su estómago gruñó del hambre, se moría del hambre… No había día en el que no pensara en comerse más de dos rebanadas de pan al día.
El día era silencioso, la casa se encontraba vacía y ni siquiera el padre estaba presente.
Anastasia caminó lentamente hacia la habitación de sus padres. Cuando se quedó de pie en el umbral, vio el lecho, la mesita de noche y la palangana para dormir. El recuerdo de la madre se le hizo doloroso y casi que insoportable. Desde el día de la muerte, Anastasia no la había recordado mucho, pues sus pensamientos estaban en los más vivos deseos terrenales: la comida.
A pesar de la pena que habían sentido, ni Anastasia ni Tatiana habían renunciado a la cartilla de racionamiento de la madre. Estuvieron reclamando el alimento durante al menos tres días, luego a Tatiana le dio miedo seguir haciéndolo y prefirió entregar la cartilla junto con el anexo de un acta de defunción escrita a mano.
Tal vez podía parecer poco honroso, pero aquella fuente extra de comida les permitió resistir más allá de lo que creían. Sin embargo, a esas alturas, las esperanzas se iban perdiendo. Por su parte, Anastasia vivía cada día en una total incertidumbre. El día llegaba y ella abría los ojos, estaba viva y no muerta. El hambre todavía no había acabado con ella y tampoco el ejército alemán, que se esforzaba cada vez más para acabar con la ilusión de aquellos que se negaban a morir.
Anastasia sabía que podía ser rebelde, pero si el bloqueo no desaparecía, ella iba a extinguirse mucho antes.
…
Anastasia se había quedado dormida sobre el comedor de la cocina, pero algo la despertó. En un principio ella pensó que se trataba de su hermana Tatiana, pero luego supo que no se trataba de ella. Cuando salió a la sala, vio a un pequeño gatito de color gris. Estaba extremadamente delgado.
De hecho, Anastasia se preguntaba qué podía estar haciendo en el interior de su casa y la manera en la que había entrado.
Anastasia lo agarró entre los brazos y acarició su pelaje vez tras vez.
—¿Qué haces aquí, pequeñín? —preguntó mientras lo acariciaba y le revisaba por completo para ver si no estaba herido—, ¿Cómo es que estás aquí? Pensé que ya no había gatos en la ciudad.
Anastasia abrió la puerta y dejó al gatito allí. No podía hacer más nada por él, pues ni siquiera podía sostenerse a sí misma. Estuvo a punto de cerrar la puerta, pero la mirada del animal le hizo sentir muy mal. En ese momento, buscó su abrigo, agarró al gato y lo metió en el espacio que quedaba vacía en el pecho.
Días anteriores, aquella chiquilla rica le había dado un gran dolor de cabeza. Sin embargo, al final había decidido dejar los celos de lado con tal de lograr lo que quería. Por el momento, sacaría su lado más malvado y utilizaría el interés existente entre Nikolái y esa muchachita.
Anastasia leyó la dirección y el nombre de su ex compañera de clases.
“Gala Popova”
La dirección quedaba un poco cerca. Anastasia no demoró demasiado en encontrar la residencia de la muchacha. Una casa muy hermosa enrejada hasta el alma. Anastasia confirmó la dirección y confirmó que efectivamente allí vivía la muchacha. Indecisa tocó el timbre y esperó ser recibida.
Al rato, Gala Popova le abrió la puerta ella misma y en medio de la nieve, sin el menor abrigo, la niña corrió descalza y le abrió las rejas que custodiaban la residencia.
Anastasia pasó al interior de la casa mientras miraba con horror como Gala Popova se exponía a la nieve de aquella forma.
—¡Pasa, siéntete cómoda!
Anastasia se quitó el abrigo y envolvió al gato en él.
Gala Popova la observaba con rareza, como si quisiera saber quién rayos había dejado entrar a esa bestia gris.
—¿Qué haces con ese gato?
—Vine a pedirte un favor.
—¿Un favor? —preguntó con una sonrisa falsa en su rostro—, ¿qué quieres?
—¿Podrás cuidar de este gato? Sabes cuál es la situación de la ciudad y a duras penas yo puedo comer.
Gala se peinó su cabello corto con las manos mientras se sentaba en uno de sus muebles.
—¿A cambio de qué? —preguntó seriamente—. Me considero una mujer de negocios y los favores no los hago a menos que representen un beneficio, ¿de acuerdo?
Anastasia caminó hacia ella mientras sostenía el gato. Sonrió de lado. Si ambas iban a jugar ese juego, Anastasia se iba a encargar de mover también sus fichas.
—Lo que te puedo ofrecer no vale solo la alimentación de un gato.
Gala alzó una de sus largas cejas.
—¿Qué me puedes ofrecer?
—Conquistar a Nikolái —expresó—. Puedo hacer que él se enamore de ti, que caiga a tus pies, ¿no quieres eso?
—Sí, lo quiero —aceptó finalmente—. Pero no creo que tú me puedas ofrecer eso.
—Soy su vecina desde que tengo memoria. Hemos pasado la mayor parte compartiendo juntos, somos muy amigos. Conozco cosas de Nikolái, que a ti te gustaría saber.
—¿Qué te hace pensar que aceptaré?
—No sé si vayas a aceptar, pero aquí ambas salimos ganando.
Gala Popova se levantó de su asiento mientras reía con ganas.
—¡Eres atrevida, y eso es bueno! —sonrió—. Sí, o no me habrías pegado el chiche en el cabello. Bien, alimento al gato y te doy pan a cambio de tu información, ¿te parece?
Anastasia asintió. Estuvo a punto de darle el gato en los brazos, pero Gala hizo una mueca de asco.
—Llévalo a la cocina. Ahorita haré que le den algo de comer.
Anastasia asintió levemente.
Anastasia salió de la residencia de Gala Popova. Ese primer día había tenido éxito, pues la castaña le había dado un pan grande, que alcanzaba para toda la familia. Anastasia escondió el pan debajo de su abrigo y corrió de regreso, pues no quería que el olor a pan recién hecho despertara los más bajos instintos de los transeúntes.
Anastasia corrió tan rápido como pudo, subió las escaleras con agilidad y entró al apartamento. Sacó el pan de debajo del abrigo y lo colocó sobre el mesón. Allí, Anastasia se dedicó a observarlo, a admirar a aquella barra de pan, que durante meses anteriores tanto había anhelado.
La olió y la acción hizo que su cerebro mandara señales urgentes a sus manos. ¡Cuánto quería comerlo todo!
Sin embargo, Anastasia lo guardó en la estantería vacía y esperó la llegada de su hermana Tatiana y del padre. Aquello exigió gran compromiso de parte de Anastasia, pues se sentía hambrienta, famélica. ¡Moría por morder una sola rebanadita! No lo hacía, pues ella misma sabía que no se detendría hasta terminar el pan.
En lo que faltó de día, Anastasia estuvo pendiente del reloj, pues quería estar segura de que pronto la familia llegaría a la casa y si eso pasaba, entonces comerían el pan. De solo pensar en su apariencia, el estómago de Anastasia gruñía.
Lo peor era que el reloj no la ayudaba. Las manecillas seguían en sus posiciones por mucho tiempo antes de cambiar al siguiente número.
Finalmente, Anastasia sintió el sonido de la puerta abrirse y emocionada, salió a recibirla. Tatiana entró a la casa y se sentó sobre el sofá. En su rostro llevaba una expresión de desconcierto. Algo malo le había ocurrido.
—Hermana, ¿qué te sucede?
Tatiana suspiró.
—Oh, Anastasia. Me han despedido, ¿qué se supone que voy a hacer ahora?
Anastasia se sentó al lado de Tatiana.
—¿Por qué lo hicieron?
—Las fabricas ya no me necesitan. Hay sobrecostes con el transporte de los tanques y torretas a través del lago.
—¿Qué haremos ahora?
Tatiana se tapó el rostro con las manos. Anastasia había quedado en shock. Todo se estaba desmoronando. Las alternativas se iban cerrando una a una.
—¡Morir, solo nos queda morir, Anastasia?