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1598 Words
28 de diciembre de 1941. Cuando las vicisitudes empezaban a tocar la puerta, Anastasia se empeñaba en ignorar el llamado. Tal vez era una forma de protegerse o de evadir lo que estaba pasando. Era una noche triste y silenciosa. Ninguna de las dos hermanas tenía suficiente animo como para hablar o bromear. Los días pasaban y la situación solo empeoraba. Anastasia deseaba con muchas ansias el fin de la guerra, pero cuando pensaba en que las cosas no serían como antes, de inmediato su corazón se estremecía. La madre estaba muerta y Alexéi nunca había aparecido, no había llegado en el convoy de los heridos. De alguna forma, las hermanas se negaban a aceptar que el muchacho estaba muerto. No había un cuerpo que lo acreditara. Tatiana era la hermana que más se había empeñado en mantener la esperanza, pero al ella perder el trabajo, se le notaba mucho más preocupada, callada y pensativa. Ser la única a cargo del hogar le estaba costando demasiado. Tatiana se levantó del sofá y miró el reloj. Se estaba haciendo tarde, pero el señor Iván no llegaba todavía. La hermana mayor se acercó a la ventana cubierta por cintas y observó a través de las rendijas hacia el exterior. Anastasia se levantó para acompañarla también. Desde el interior del edificio, la calle parecía un nido oscuro, donde ya poca gente estaba. Todo en realidad estaba oscuro. Nadie quería llamar la atención del enemigo. —¿Qué sucede, Tatiana? —preguntó Anastasia mientras observaba de reojo la avenida Nevsky—, ¿qué observas? ¿esperas a padre? —Sí. Espero que padre regrese. —¿Por qué se estará demorando tanto? —No lo sé, pero él no suele demorarse tanto. —Lo sé. Tatiana y Anastasia esperaron al señor Iván hasta entrada la noche, pero tuvieron que bajar al refugio subterráneo cuando los aviones de la Luftwaffe sobrevolaron la ciudad para terminar con su jornada de bombardeos diaria. Cuando regresaron al apartamento, ambas pudieron notar dos cosas: primero, que el padre no había regresado y segundo, que la ventana había sido dañada durante el bombardeo. Ahora, las cintas y el papel periódico colgaban del marco de madera. Tatiana se desanimó. Por aquel agujero el frío entraba. Si no morían de hambre, sí lo harían de hipotermia. —Anastasia, trae la cinta de papel. —Se ha acabado, ¿no lo recuerdas? Tatiana maldijo en voz baja. Las cosas estaban tomando un mal rumbo y eso sí que no le gustaba. —Trae alguna manta. Debemos cubrir ese hueco. Anastasia asintió. Corrió hasta uno de los armarios, sacó de él una cobija gruesa de color oscura y se la llevó a Tatiana, quien con un poco de esfuerzo la extendió sobre el ventanal roto. —Ya está —avisó Tatiana en un susurro—. Esto no será de mucha ayuda, pero mitigará la entrada del frío. Anastasia se quedó en silencio mientras observaba el cristal royo cubierto con la lona. En silencio, siguió a Tatiana de regreso hacia el sofá. Una vez sentadas, se abrigaron hasta el cuello y cruzaron los brazos sobre el pecho. —¿Dónde estará papá? —preguntó Anastasia con tristeza. —¿Crees que algo malo le haya pasado? —No creo. —Anastasia, ¿no has escuchado de que en las calles la gente se muere? Me da miedo que nuestro papá se haya desvanecido en el suelo y nadie le haya ayudado —Pero papá se ve fuerte. —Se ve fuerte, pero lo que come no va proporcional al tamaño de su cuerpo… Sabes que no es normal que él se demore en venir. Anastasia se levantó de su asiento y miró a su hermana Tatiana. —Debemos buscarlo —declaró—. No sabemos dónde está. No podemos pasar esta noche en total incertidumbre. —Pero —Tatiana no parecía muy convencida— ¿Dónde buscaremos? —En las calles, debemos buscarlo. —Pero estamos muy débiles. Si salimos a buscarlo, podremos morirnos. —¿Qué hacemos entonces? —preguntó Anastasia entrando en desesperación—. El tiempo pasa y papá no regresa… No podemos perderlo, no como a nuestra madre. Por favor, Tatiana, debemos hacer algo. Tatiana tenía los ojos enrojecidos. Solo ella misma sabía cuánto había aguantado el llanto, pero al final, el hombre también era de carne y hueso, no de hierro. Lloró por todo lo que no había llorado, por Vladimir, por su madre, por la guerra, por Alexéi, por la desgracia de vivir en el interior de una ciudad que día a día caía a pedazos. Anastasia observó como su hermana desdibujaba de sí la protección imaginaria, que tanto se había empeñado en construir. Ella también empezó a llorar. El dolor intenso en su estómago era un indicador de que el hambre dejaba de sentirse en algún punto, que la saliva era incluso dolorosa de tragar. La vida había cambiado tanto, que daba miedo pensar en lo que el futuro deparaba. —Debemos seguir adelante —dijo Anastasia entre el llanto—. No podemos derrumbarnos, Tatiana. Debemos resistir. —No puedo hacerlo, Anastasia… No soy tan fuerte —respondió apurada, pues las lágrimas le impedían hablar—. Cada día me siento más débil y pesada. Siento que en cualquier momento moriré. —¡No morirás, Tatiana! —decretó con firmeza—. No moriremos. Cuando termine la guerra volveremos a vivir tranquilas, cumpliremos nuestros sueños. Tatiana rio sin ganas. Para ella lo que decía Anastasia era un mal chiste. —¿Sueños? Todo se rompió, Anastasia… Yo estoy rota —gritó antes de romper otra vez en el llanto. De uno de los bolsillos del abrigo, sacó una fotografía; en ella estaba ella y Vladimir—. Me acostumbré tanto a él, que ahora no sé cómo vamos a sobrevivir sin su ayuda. ¡Moriremos, Anastasia! Anastasia secó sus lágrimas. No iba a derramar ni una sola gota por Vladimir… Todavía tenía orgullo. —¿Le amas? —interrogó incrédula. Anastasia consideraba poco probable que su hermana amara realmente a Vladimir después de todo lo que él había hecho—. Él no te ama, no deberías desperdiciar tus lagrimas por él. Tatiana negó. —Me iba a casar con él, ¿cómo no sentir cariño? —Pero no merece tu amor. Te engañó. —Lo sé, pero de qué sirve saber que no era honesto cuando ahora nos estamos muriendo del hambre y el frío. Anastasia cerró los ojos. Se sentía cansada y débil, pero sacando más fuerzas hizo levantar a su hermana del sofá y la obligó a avanzar hacia la pequeña estufa que calentaba la habitación. Hacía frío, el invierno era duro. Cuando llegaron a la estufa, Anastasia tomó la foto que Tatiana sostenía en sus manos y la arrojó al fuego que se escapaba por la fina rejilla de la estufa. Allí el papel bailoteó con ligereza, como queriendo resistirse a la voracidad de la candela, pero aquello no era posible y sin más remedio, la fotografía quedó en cenizas. —Préndele fuego a ese absurdo amor… Que no quede nada —susurró Anastasia mientras miraba la fotografía hecha polvo—. Prende a Vova, préndete a ti y arrójense a las llamas. No tengas miedo de quemarte, porque será allí cuando te des cuenta de que en realidad nunca lo amaste, y que solo anhelaste lo que él te ofrecía. Tatiana rompió a llorar. Se veía afectada y débil. Anastasia bajó la mirada con pena y tragó saliva para acallar el rugido de su estómago. No había comida, las rodajas de pan rojizo y mojado ya no estaban en la cocina, ni siquiera se podía decir que estaban en sus estómagos… Ya irían muy lejos, tal vez en el intestino. —Oh, Anastasia, Vova dijo que sin él íbamos a morir… Creo que él tenía razón: moriremos aquí y nadie se dará cuenta de nuestra miseria —comentó Tatiana mientras la miraba de reojo—. ¿Dónde está papá?, mamá murió y Alexéi está desaparecido, solo quedamos tú y yo, pero… ¿Cómo se supone que debo protegerte? Creo que también moriré. Anastasia se acercó a rastras hasta su hermana, negó rotundamente. En su mirada había una determinación férrea, era auténtica rebeldía. —¿Le darás gusto a Vladimir de verte morir? Mantente fuerte, que sobreviviremos. —Anastasia, debes protegerte cuando ya no esté y debes asegurarme de que abandonarás la ciudad en la mínima oportunidad. Anastasia negó. —Sabes que las autoridades no están autorizando evacuaciones. Tatiana suspiró. —Anastasia… Solo quiero descansar de una buena vez. No quiero vivir en este lugar, no quiero tener que vivir escondida y con miedo. —No puedes rendirte, Tatiana —reprochó entre sollozos—. No puedes dejarme sola, no podría sobrevivir. Anastasia empezó a llorar. Enterró el rostro entra las manos en un intento por contener los gemidos de tristeza y desesperación. ¿qué podía hacer cuando las fuerzas y la determinación se iban? La gente solo empezaba a desear la muerte, algo que acabara de manera rápida su sufrimiento. —Tatiana, eres mi hermana, eres lo único que me queda. Estás siendo egoísta… Tatiana dejó que Anastasia llorara en su pecho. Tal vez buscaba el consuelo de su hermana para así tener una pequeña razón para no rendirse y seguir adelante. —Mañana buscaremos a nuestro padre, ¿de acuerdo? Pero si no aparece dentro de los siguientes días, entonces sabremos que está muerto… La guerra se ha llevado a nuestra familia, Anastasia. Anastasia asintió débilmente.
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