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Guerra de Espejos: El Secreto de Isfahán

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Sinopsis: Isfahán está a punto de colapsar bajo el yugo de la Orden de la Espada Purificadora, una teocracia militar dispuesta a exterminar cualquier rastro de linaje licántropo. Delara, una periodista híbrida que ha logrado ocultar su herencia del lobo tras la fachada de una vida civil, se convierte en el blanco del régimen tras desafiar públicamente al Consejo. con las patrullas peinando las calles y los escáneres del Ministerio listos para ejecutarla, su única opción de supervivencia es aliarse con Declan, un misterioso extranjero Celta experto en infiltración y en la Ciencia de la Polimorfosis.a contrarreloj y perseguidos por el batallón de purga, Delara y Declan descubren una conspiración letal: el Consejo planea envenenar las reservas de agua de la provincia para forzar una metamorfosis masiva en la población y justificar una masacre. Para evitar la catástrofe, ambos deberán arriesgarlo todo en una carrera desesperada por el control de la ciudad, donde la confianza es un lujo mortal y la fuerza de la convicción es la única distancia entre la vida y la ejecución.

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Capítulo 1: El eco en la plaza
El aire en el gran bazar de Isfahán pesaba como el plomo derretido. No era solo el calor sofocante de la tarde persa que se filtraba a través de las altas bóvedas de ladrillo y los techos de adobe, sino la densidad del miedo. Delara se ajustó la bufanda de lino oscuro alrededor del cuello, usando el movimiento para ocultar la tensión en su mandíbula. A sus veintiocho años, había aprendido que en los sectores segregados de la ciudad, un segundo de vacilación en la mirada era suficiente para atraer la atención de las patrullas. Sus ojos, oscuros y analíticos con el sesgo propio de su profesión periodística, registraban cada anomalía en el entorno: el cierre apresurado de los puestos de especias, el murmullo ahogado de las mujeres que arrastraban a sus hijos hacia los callejones y, sobre todo, el brillo aceitoso de las armaduras tácticas en las esquinas. La plaza del mercado central estaba inusualmente despejada en su centro, un vacío artificial que presagiaba la violencia. El Consejo de la Espada Purificadora había desplegado un cordón de seguridad alrededor de la gran fuente de piedra. Los militantes humanos, ataviados con sus uniformes gris ceniza y los emblemas de la hoja plateada grabados en el pecho, sostenían rifles de asalto con una rigidez que delataba su nerviosismo. No temían a hombres comunes; temían a la naturaleza impredecible de lo que ellos consideraban una aberración biológica. Delara se mezcló entre la multitud que se agolpaba contra los arcos del perímetro, manteniendo una distancia prudencial. A su lado, un anciano mercader de alfombras rezaba en voz baja, con los dedos temblando sobre sus cuentas de madera. Ella no rezaba. Su mente funcionaba como una imprenta: registrando datos, almacenando detalles visuales, buscando la lógica detrás del despliegue. Entonces, el silencio de la plaza fue roto por un grito gutural, un sonido desgarrador que no pertenecía del todo a una garganta humana, pero que conservaba la agonía de una. En el centro del cordón militar, un hombre joven estaba de rodillas sobre las losas polvorientas. Su ropa de trabajo estaba rasgada, empapada en sudor y en el agua de la fuente que salpicaba a su alrededor. Delara aguzó la vista, conteniendo el aliento. El hombre estaba sufriendo una metamorfosis. Pero no era la transición fluida o el control místico de los grandes maestros de la polimorfosis; esto era un colapso brutal, una deformación violenta de la carne. Sus dedos se ensanchaban de forma asimétrica, la estructura ósea de sus brazos crujía al expandirse bajo la piel tirante, y mechones de pelo tosco brotaban en parches sanguinolentos a lo largo de su espina dorsal. —¡Mantengan la distancia! —bramó el oficial a cargo a través de un megáfono, su voz distorsionada por el metal—. ¡La bestia ha perdido el anclaje mental! ¡Procedan según el protocolo de purga! La multitud retrocedió en tropel, un oleaje de cuerpos asustados que empujó a Delara contra una columna de piedra. Ella no apartó los ojos. Había algo profundamente erróneo en la escena. La pérdida de control en un cambiaformas, un licántropo en este caso, solía ser el resultado de un trauma emocional severo o de semanas de degradación psicológica en las celdas de aislamiento. Este hombre, según los susurros que corrían entre el gentío, era un panadero local, un tipo tranquilo que apenas una hora antes despachaba pan plano en su mostrador. ¿Cómo podía colapsar su estructura mental de forma tan fulminante en mitad de su jornada? El licántropo a medio transformar alzó la cabeza hacia el cielo, emitiendo un aullido ahogado que terminó en un eco de dolor carnal. Las costillas se le marcaban de forma antinatural, rompiéndose y reacomodándose en segundos. Sus ojos, inyectados en sangre, buscaban desesperadamente una figura, un rostro familiar entre la masa de gente, pero solo encontró el cañón frío de los rifles humanos. —¡Fuego! —ordenó el oficial. El estallido de las armas resonó bajo las cúpulas del bazar, un estrépito ensordecedor que dispersó a los pájaros de las cornisas. Las balas, aleadas con plata y compuestos inhibidores, impactaron en el pecho del mutante. No hubo una batalla heroica. El cuerpo deforme cayó hacia adelante, golpeando el borde de la fuente de piedra antes de deslizarse al agua, que comenzó a teñirse de un rojo espeso y oscuro. Los guardias no se acercaron de inmediato; mantuvieron las armas apuntadas, esperando a que los espasmos de la muerte biológica cesaran y la carne comenzara el lento y tosco proceso de revertirse al cadáver de un hombre común. Delara sintió una oleada de náuseas, pero la reprimió con la frialdad de su entrenamiento. Su mirada se desvió del cuerpo hacia el agua de la fuente. Notó algo extraño en la superficie: una iridiscencia sutil, una película aceitosa que no correspondía al agua limpia del manantial de Isfahán. Sacó un pequeño bloc de notas de su bolsillo interno, dispuesta a registrar el detalle, cuando una sombra se plantó a su lado. Era un hombre alto, vestido con una capa de viaje que parecía haber acumulado el polvo de varios desiertos. Su rostro estaba parcialmente oculto por una capucha baja, pero cuando giró levemente la cabeza, Delara pudo distinguir unos rasgos celtas afilados, una piel de una palidez irreal para el clima persa y unos ojos claros, de una quietud tan absoluta que resultaba sutilmente inquietante. El extranjero no miraba el cadáver; su atención estaba fija en la fuente, y en su mano derecha sostenía un pequeño vial de vidrio que acababa de ocultar bajo la tela de su manga. Había recogido una muestra. —Es un error buscar la causa en la herida —dijo el extranjero en voz baja. Su tono era pausado, con un marcado acento norteño que contrastaba con los dialectos locales. Sus palabras no iban dirigidas a nadie en particular, pero Delara supo que él sabía que ella lo escuchaba—. La causa ya estaba en el cuerpo antes de que se apretara el gatillo. Antes de que Delara pudiera responder o cuestionar su presencia, el cordón militar comenzó a expandirse. Los guardias de la Espada Purificadora avanzaron hacia los arcos con los detectores de pulso místico encendidos, buscando a cualquier híbrido o cambiaformas cuya firma de energía se hubiera alterado por la adrenalina del momento. —¡Tú, la de la bufanda oscura! ¡Identificación y pase de sector! —la voz de un guardia irrumpió desde la izquierda. Dos militantes se abrían paso entre la gente, con la vista fija en ella. El bloc de notas en la mano de Delara era una sentencia; los periodistas del gueto no tenían permiso para documentar las ejecuciones públicas. El pánico latente en el mercado estalló en una estampida cuando los soldados empujaron a varios civiles. Delara guardó el bloc con torpeza y se dio la vuelta, adentrándose en el laberinto de callejones traseros del bazar del calzado. El suelo aquí era irregular, pavimentado con piedras gastadas y resbaladizas por los desechos de los talleres. Escuchó los pasos pesados de las botas militares detrás de ella, el eco metálico de sus equipos chocando contra las paredes estrechas. Giró a la izquierda, luego a la derecha, buscando las rutas de escape que utilizaba para sus entregas clandestinas de información, pero Isfahán esa tarde era una trampa. Dos guardias más aparecieron al final de la bocacalle, cerrándole el paso con los rifles en posición de firmes. Delara se detuvo en seco, con la espalda pegada al muro de adobe de un taller abandonado. Estaba atrapada en un callejón sin salida. El sonido de las botas que la perseguían se detuvo a unos metros. Los cuatro soldados del Consejo la tenían cercada. El detector en la muñeca del oficial comenzó a emitir un pitido intermitente, detectando la naturaleza híbrida que Delara luchaba por mantener oculta bajo su control mental. —Fin del camino, mestiza —dijo el oficial, dando un paso adelante mientras sacaba una aguja de muestreo de su cinturón táctico—. Vamos a comprobar qué tanta humanidad te queda en la sangre. Delara miró el metal reluciente de la aguja y luego las caras rígidas de sus captores. Sabía que su propia mente no era causa para el daño que ellos querían infligirle, pero la densidad de la realidad física de las balas y las agujas del Consejo estaba a punto de colapsar sobre ella. Fue en ese instante de máxima tensión cuando una figura emergió de la penumbra al fondo del callejón, interponiéndose entre ella y las armas. Era el extranjero de la plaza.

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