—¿Señorita, está usted bien? —escucho que alguien pregunta. Intento responder, pero no me sale la voz, la lluvia me impide ver con claridad. Tengo un nudo en la garganta tan apretado que siento que si hablo, me romperé. Unas manos firmes me toman de los brazos y me ayudan a ponerme de pie, guiándome hacia un área techada donde la lluvia ya no me golpea directamente. —Creo que necesita ver a un doctor —dice con preocupación. —No —logro reaccionar, tragando saliva para deshacer el nudo que me ahoga—. No necesito ver a un doctor. Al levantar la mirada, lo reconozco. Es el paramédico que atendió a Danae. Sus ojos vivaces se encuentran con los míos y ese calor extraño en el pecho vuelve, inesperado, casi abrumador… pero reconfortante. —Estoy bien, es solo que… —mi voz se quiebra antes de t

