El señor Boucher no tardo en llegar a la casa, había vuelto con un pastel que se le había antojado cuando lo vio en un aparador, todo con el pretexto de que su hija había logrado hacer firmar ese contrato de compra de acciones a Ferdinand Cordier.
―¿Qué te parece cariño?, nuestra hija comienza a hacerse más responsable ―comentó el alegre hombre mientras dejaba el pastel sobre la mesa. ―¿Qué hace esto aquí?
Era inevitable voltear a ver el enorme ramo que a duras penas había logrado entrar en un florero. Era como tener a un dinosaurio dentro de casa, resultaría inevitable voltear a verlo.
―No sé, no tengo idea de qué hace esto aquí ―se apresuró a gritar Serene con evidente nerviosismo.
―Señorita, le habla un joven en la puerta ―entró a comunicar el portero de la casa.
Para colmo Serene volvió a ser el centro de atención de las miradas de su familia. Si no era incómodo ya con las flores, ahora sí resultaba vergonzoso tener que ir a atender a alguien a quien no había invitado.
Ella caminó lentamente hacia la puerta con la esperanza de que Pauline fuera a verla, sin embargo se quedó hecha piedra cuando vio a un joven parado en el umbral de la puerta.
Serene había olvidado por completo que había acordado tener una cita ese mismo día, ¿cómo se le pudo haber olvidado inventar un pretexto para eso? Sus padres no sabían que ella ya lo conocía, ni era su intención hacérselos saber.
―¿No me vas a permitir pasar? ―preguntó el joven con una enorme sonrisa de placer en el rostro.
―¿Qué haces aquí? ―susurró Serene iracunda por el atrevimiento de Ferdinand.
―Acordamos que tendríamos una cita, vine a recogerte solamente. Buenas tardes señores Boucher ―agregó en cuanto se dio cuenta de que aquellos dos intrusos los estaban observando.
―Señor Cordier ―murmuró el padre de Serene mientras alejaba a su hija un poco y hacía pasar a su accionista. ―¿A qué debemos su visita el día de hoy?
―Acabo de mudarme a París y me temo que el departamento que estoy rentando acaba de tener un desperfecto con el baño. Me dijeron que tendrían que arreglarlo y vine a solicitar su permiso para pasar aquí la noche.
Era increíble su habilidad para mentir. Serene estaba segura de que se había sacado el pretexto de la manga para poder vigilarla más de cerca y, en cierto modo, le agradaba que alguien se preocupara por ella.
―¿Es así señor Cordier? ―indagó el señor Boucher sin quitarle la mirada de encima a su repentino invitado.
―Hija, tenemos que hablar ―susurró la madre de Serene y continuó andando en dirección a las escaleras.
Serene esperó un momento más pero, al notar que ambos hombres en la casa se giraron a verla mientras ella esperaba seguir escuchando la conversación, ella decidió seguir el mismo camino de su madre y subió las escaleras.
La astuta mujer estaba esperando en el balcón de su habitación. Quería hablar con su hija respecto al chico que se encontraba ahí abajo y a su padre, quien al parecer había olvidado lo que había sucedido con su hija durante aquella excursión.
―Hija, Serene. Ven aquí ―la llamó mientras ella seguía contemplando las luces de la ciudad durante la noche.
―¿Sí mamá?, ¿hay algo que debas decirme?
La vista sin duda era fenomenal. Ver la Torre Eiffel era demasiado común al haber crecido cerca de ella, sin embargo nunca se dejaría de asombrar con las luces de colores de los diferentes locales que, con el tiempo, iban cerrando y le abrían espacio a nuevos negocios.
La vida nocturna de París era algo que ella deseaba disfrutar con toda tranquilidad, sin la necesidad de asistir a clubes nocturnos para emborracharse hasta el amanecer.
―Conoces al chico que está ahí abajo.
―No, no lo había visto en toda mi vida ―contestó escandalizada.
―No fue una pregunta. Es obvio que conoces a ese chico y no pretendo averiguar qué clase de relación hay entre ustedes; solamente quiero decirte que no te entrometas con él. Ese joven es un inversionista de la empresa de tu padre y si llegara a pasar algo entre ustedes…¿te imaginas lo que podría pasar?
―Mamá, esa persona y yo en verdad no tenemos nada que ver el uno con el otro. Él es el accionista de la empresa y yo le ayude a firmar el contrato. En realidad eso es todo ―murmuró con más convicción ante esa historia que parecía más creíble.
―Te creeré, pero no quiero que te involucres con él, no quiero que pase algo malo en la empresa si lo llegas a herir ―culminó para poder cambiar de tema, a otro que realmente le interesaba más. ―¿Cómo es que llegaste tarde a la excursión?, por lo que veo tu padre ha perdonado eso pero la verdad me causa curiosidad saber qué pasó.
―Olvidé que tenía una excursión ―inició a relatar, ―Josh se había ido ya y no había nadie que me llevara a casa, intenté pedir un transporte por el teléfono pero se me acabó la batería, después comenzó a llover y una motocicleta me salpicó de lodo encima, fue ahí cuando…alguien se apiadó de mi y me llevó en esas condiciones hasta la empresa.
―¿Eso fue todo?
―Por supuesto, así fue como sucedieron las cosas ―dicho todo ella se dio la media vuelta y salió de la habitación de sus padres.
Serene caminó directo hacia su habitación, la cual se encontraba tras una puerta escondida en un estrecho pasillo, al frente se encontraba el baño y, básicamente, eso era todo lo que había en la segunda planta de su hogar.
Ella abrió e ingresó a la habitación mientras se quejaba de su madre. Ella jamás se preocupaba por sus asuntos,así que ahora era demasiado extraño que, de un momento a otro, las cosas que le pasaban le parecían de lo más interesantes.
Todo era culpa de Ferdinand. Haber mandado todas esas flores había sido una mala idea de su parte, era obvio que el pobre no tenía ni idea de que sus padres fueran tan controladores, pero hubiera meditado un poco más antes de tomar la decisión de mandarlas y, posteriormente, de llegar a su casa sin previo aviso.
Estaba sentada sobre el colchón de su cama cuando escuchó que alguien azotaba la puerta del baño, posteriormente el agua del lavabo emitió un fuerte ruido y ella se levantó para ver quién estaba ahí, pues se habían escuchado claramente las pisadas de alguien más subiendo al segundo piso.
―¿Papá? ―murmuró esperanzada a que fuera él y no Ferdinand.
Serene abrió un poco la puerta de su habitación y se quedó espiando por una r*****a, fue entonces que pudo ver a Ferdinand saliendo con la cara y el cabello mojado. «Por lo menos es alguien limpio» pensó mientras apoyaba su peso sobre la puerta, olvidando así que estaba abierta.
La chica cayó de frente ante los pies de Ferdinand y, el pobre hombre, recibió de lleno el golpe de la puerta en la cara. Pronto comenzó a gotear sangre de su nariz y él corrió de regreso al baño.
―Gracias por tu ayuda para levantarme ―murmuró Serene con sorna.
―Gracias por romperme la nariz, siempre quise una cirugía ―reclamó el chico mientras tomaba un poco de papel para detener el sangrado.
Su ropa estaba toda salpicada de sangre después del incidente y sus manos temblaban por el nerviosismo de detener el sangrado.
La sangre no paraba de salir y Serene comenzó a angustiarse. Ferdinand cada vez se veía un poco más pálido.
―¿Llamo a una ambulancia?, ¿quieres que haga algo? ―comentó Serene mientras las manos le temblaban porque la sangre le provocaba un miedo terrible.
―Solamente ve a buscar algodón, necesito poner un tapón en mi nariz y el papel no sirve mucho en éste momento. Si puedes trae algo de hielo.
Serene salió corriendo en busca del botiquín de la casa, tuvo que pedirle a una sirvienta que lo llevara al baño al frente de su habitación para que Ferdinand se diera prisa. Ella se encargaría de llevar un poco de hielo dentro de una bolsa de plástico.
En cuanto el botiquín le fue entregado, Ferdinand hizo un tapón con una bolita de algodón y lo introdujo por su orificio nasal. Tomó una pequeña gasa y se limpió las manos con ella para no manchar más el papel que estaba ahí, ni el lavabo.
El algodón se tiño rápidamente de rojo y él tuvo que cambiarlo. Necesitaba el maldito hielo que Serene era incapaz de traer, «¿es que los millonarios no preparan hielo en el congelador?» se preguntó mientras repetía todo el proceso anterior.
―Debía estudiar medicina ―se recordó mientras volvía a limpiarse las manos. ―¿Por qué no le hice caso a mi hermana?
―Porque si hubieras estudiado medicina seguramente tendrías que estar solucionando los problemas de otras personas y ni siquiera puedes hacerte cargo de los tuyos ―irrumpió Serene. ―Aquí está el hielo.
Ferdinand tomó la bolsa y la colocó sobre su cuello con la esperanza de que eso detuviera el sangrado.
Nuevamente el algodón había absorbido mucha sangre, así que Ferdinand tuvo que dejar la bolsa sobre el lavamanos para poder hacer otro tapón.
―Siéntate en la taza del baño y pásame la bolsa, yo la sostendré hasta que pare la hemorragia ―se ofreció Serene mientras bajaba la tapa del excusado.
Ferdinand obedeció y le entregó la bolsa a la chica que se veía más pálida que él. Al parecer Serene llevaba mal el ver sangre cerca de ella y, aún así, ahí estaba intentando ayudar.
―¿Nunca te ha parecido estorbosa la puerta del baño frente a tu habitación?, éste accidente debe ser bastante común.
―Aunque no lo creas nunca había pasado, pero todo fue por mi culpa. ¿Qué tengo que hacer para que me perdones?
―Sal conmigo otro día, no contaremos esto como una de las siete citas y comenzaremos todo otro día. También podrías hacer que me lleven a un hospital, la sangre no ha dejado de salir ―solicitó Ferdinand mientras retiraba la mano de Serene que aún mantenía los hielos en su nuca.
―Claro.
Serene bajó rápidamente a buscar al chofer para que llevara a Ferdinand a la clínica más cercana, no tuvo que explicar qué sucedía en cuanto Joseph vio lo pálido que se encontraba el joven.
―Vaya a descansar, yo me quedaré con él para verificar que se encuentre bien ―agregó Josh antes de irse rápidamente con Ferdinand dentro del auto.
Ser no pudo dormir debido a la culpa que sentía por lo que le había pasado a Ferdinand, así que tomó el teléfono y buscó los mensajes de Ferdinand para poder sacar de ahí su número telefónico. Una vez con la información en la mano lo llamó para saber si se encontraba bien.
―Buenas noches Serene, ¿qué quieres? ―respondió el medio adormecido.
―Quiero saber cómo te encuentras, ¿necesitas que haga algo por ti? ―susurró la joven porque ya era un poco tarde como para estar despierta a esa hora.
―No, me acabas de despertar. Me encuentro en la cama del hospital porque me están suministrando nutrientes. Dicen que llegué a tiempo antes de que tuvieran que intervenir para arreglar mi nariz.
―En verdad lo siento.
―Ya has dicho muchas veces eso, ¿solamente para eso me hablaste?
―Sí, deseo que te recuperes ―finalizó.
La noche fue bastante complicada para Serene, pues permaneció dando vueltas sobre su colchón sin poder conciliar el sueño, solamente porque no podía evitar pensar que por su culpa Ferdinand Cordier estaba en un hospital.
La culpa la carcomía y odiaba sentirse de esa forma porque, simplemente, ella no era así. Podría sentirse mal si se tratara de Pauline, porque era su mejor amiga, pero no pasaba generalmente con las personas que no le importaban; las personas insignificantes para ella no contaban.
Pero Ferdinand la había logrado hacer sentir culpable por lo que le hizo, porque realmente era culpable. Lamentaba sinceramente lo que había ocurrido. Su intención jamás había sido mandarlo a un hospital.
Como ella se había encerrado en su habitación, ya no supo si alguien le había comunicado a su padre que Ferdinand no podría quedarse en casa porque tenía que reposar en la cama de un hospital.
«Así está mejor, no voy a tener que soportarlo en mi casa» se dijo en un vano intento de consolarse, pero no funcionaba, la culpa ahí estaba instalada.
«Mañana ven a mi casa, te invito a salir»
Tecleó el mensaje y de inmediato lo mandó antes de arrepentirse. Ya había decidido darle al chico una oportunidad para ver si eso liberaba a su alma de tanta culpa. Quizás hacer que él se sintiera bien fuera la solución.
Fue inevitable para ella sonreír cuando leyó en su pantalla un «claro, preciosa» por lo menos eso le podía ayudar a saber que él no le guardaba rencor.
El tiempo pasó y Serene se quedó dormida por el agotamiento, sin embargo no logró conciliar más de tres horas de sueño. Los aros negruzcos que aparecieron alrededor de sus ojos delataban la falta de sueño por la noche.
El teléfono volvió a timbrar sobre la cama y ella respondió de inmediato, con la reprimida esperanza de que se tratara de Ferdinand.
―Buen día, ¿cómo te encuentras? ―respondió más feliz de lo que pensaba aparentar.
―Ser, ¿pasó algo bueno? Amaneciste de muy buen humor ―agregó Pauline en cuanto escuchó el alegre tono de su amiga.
―No, ¿para qué me llamaste?
Era evidente que su tono de voz había cambiado, sin embargo su amiga no pensaba hacer mención de ello. No era importante en ese momento.
―Ferdinand me habló para pedirme salir hoy a medio día, ¿me acompañarías a comprar ropa?
La noticia de su amiga le cayó como un balde de agua fría. Serene era consciente de que ella y Ferdinand nunca acordaron que solamente iban a tener citas entre ellos, mucho menos estaban en una relación tan cercana como para entender ese “acuerdo” como un juramento de lealtad mutua.
Obviamente no la estaba traicionando. Le dolía un poco pero tendría que superarlo porque Pauline era su amiga, era mucho mejor persona que Ferdinand y, por supuesto, entre ellas existía una conexión más íntima que con Ferdinand.
―Sí, le pediré permiso a mi padre para salir y te mandaré un mensaje.
―Está bien, te veré donde el otro día.
Pauline finalizó la llamada y suspiró, su amiga se había molestado con ella sin un motivo aparente. Serene le había dicho que ella no quería nada con Ferdinand, así que continuaría con el cortejo hasta que todo terminara para bien o para mal.
El padre de Serene había cumplido con la parte de su trato; le permitió a su hija salir de compras con su mejor amiga. A pesar de que las compras le encantaban, muy en el fondo, Serene sabía que deseaba que su padre le dijera que no tenía su permiso para salir.
―Pauline ―dijo Serene a través del teléfono, arrepintiéndose cada vez más de lo que estaba apunto de hacer. ―Tengo malas noticias.
―¿Tu padre no te dio permiso? ―preguntó Pauline anticipando la noticia de su amiga, eso no era nada raro. Ya se había acostumbrado.
―No, no me dio el permiso. Espero que la pases bien comprando…y también en tu cita ―susurró eso último antes de que smiga colgara.
Era la primera vez que ocupaba a su padre como pretexto para algo. Claro que había accedido porque hicieron un acuerdo, sin embargo no estaba dispuesta a desperdiciar esa salida en Pauline, quería esperar hasta que Ferdinand fuera a recogerla.
La hora de la comida tardó en llegar, Serene no podía dejar de pensar en qué era lo que estaban haciendo Pauline y Ferdinand en aquella cita. Había estado distraída durante toda la tarde que había olvidado entrar a sus r************* para responder a los mensajes y comentarios que sus seguidores diario le mandaban.
Estuvo navegando en el inicio de su cuenta de i********: cuando vio la imagen que había subido Pauline. Estaba ella con un vestido anaranjado comiendo con Ferdinand, incluso lo había etiquetado en aquella publicación.
«Gracias por la cita, me divertí mucho» leyó en la descripción de la fotografía. Serene se molestó y arrojó el teléfono hasta la esquina de su cama, arrepintiéndose de haber visto esa imagen.
El teléfono timbró y ella se lanzó para responder la llamada. Le entusiasmo ver el nombre de Ferdinand en la pantalla del móvil, sin embargo su humor cambió al recordar la fotografía.
―Ferdinand Cordier, buena tarde ―murmuró escueta.
―Hola, solamente quería recordarte que tenemos una cita en la tarde, te veré a las seis, ¿está bien?
«No, mejor dile a Pauline que vuelvan a salir, creo que se quedó con ganas de más» pensó, pero no tuvo el valor como para decirlo.
―Claro, nos vemos luego ―colgó y se acostó en la cama para ver una película.
Aún faltaba tiempo para que la hora llegara, así que se consentiría un momento y dejaría de pensar en los demás.
La película era la primer parte de “El señor de los anillos”, así que tardó un poco más de lo esperado. Cuando Serene revisó el reloj, vio que solamente faltaban diez minutos para la hora en la que Ferdinand iría a recogerla.
Como loca se levantó y sacó un cepillo de su tocador para peinarse, se haría una cola de caballo alta para verse un poco más seria, no quería parecer una niña a su lado.
En cuanto se ató el cabello y comenzó a ponerse un poco de maquillaje cayó en la cuenta de que se estaba arreglando demasiado solamente por una salida con Ferdinand, él no se lo merecía. Pero ella sí, se arreglaría como se le antojara porque ella merecía sentirse bonita, merecía arreglarse solamente por gusto y no por la culpa de un tonto hombre.
Ferdinand estaba manejando de camino a la casa de Serene mientras tarareaba su canción favorita del momento. Había preparado un ramo de flores de colores debido a que, cuando lo vio, recordó la personalidad tan chispeante de su nueva…amiga, podría considerarla como tal hasta que decidiera dar el siguiente paso.
Quería verla, estaba ansioso por llegar hasta que recordó lo que había sucedido cuando le envió el ramo de flores a casa, ella le había reclamado por ese detalle. Detuvo su auto y se estacionó en la orilla de la carretera, tomó el ramo de flores y lo guardó en el maletero.
Sin duda alguna Serene era una mujer muy extraña, había rechazado unas flores a pesar de que a muchas mujeres les gustaban ese tipo de detalles. Tal vez su cena en el restaurant con vista a la Torre tampoco resultaba maravilloso para ella.
Tenía que hacer un ajuste a sus planes si quería que Serene tomara más confianza con él.
Cuando llegó a la casa de los Baucher lo recibió el portero, quien lo detuvo en la entrada y preguntó por su nombre.
Aquel hombre tan presentable se introdujo a la casa y buscó al señor Boucher para informarle sobre la llegada del joven Cordier.
―¿Él está aquí otra vez? ―preguntó el señor mientras avanzaba hacia la entrada de su casa, ―¿Te dijo a qué venía?
―No.
―Dile que pase a la casa ―ordenó mientras observaba cómo su hija bajaba de las escaleras y se acercaba a la entrada de la casa, ¿se había maquillado? ―Hija, ¿por qué estás tan arreglada?
―Voy a salir, te pedí permiso en la mañana.
―¿No dijiste que ibas a salir con tu amiga?, creí que te referías a Pauline.
―Señor Boucher, señorita ―saludó Ferdinand Cordier en cuanto entró a la casa y presenció el apuro en el que se encontraba Serene.
No comprendía por qué era tan difícil la relación entre ellos, sin embargo pensó en sí mismo y en su futura cita, tenía que salvar a su amiga en ese momento.
―Joven Cordier, ¿a que debemos su visita ésta vez?, espero que se haya recuperado del incidente con su nariz ―externó el padre de Serene.
―Todo está bien y por eso es que estoy aquí. Vine a ver a su hija porque le pedí un favor. Espero que eso no le moleste.
―No lo hace ―el señor comenzó a erguirse más mientras observaba a Ferdinand directamente a los ojos, ―¿qué le ha pedido a mi hija?
―Deseo recuperar mis estudios en administración de empresas, yo se lo había comentado el día de ayer, así que ella me explicó algunas cosas que necesitaba y yo le dije que le agradecería con una cena. Es solamente una formalidad como pago ante el apoyo que me ha brindado su hija.
Serene palmeó su frente al escuchar el pretexto de Ferdinand, obviamente su padre no se tragaría esa historia tan estúpida. Hubiera sido mejor que le dijera que iban a tener una cita y ya, se evitaría muchas cosas diciendo la verdad como era.
―Papá, solamente iré a comer algo por ahí, no vamos a hacer nada más. Entiendo que él es un inversionista ―murmuró Serene para calmar la molestia de su padre.
―Está bien, no los entretendré más.
El padre de Serene estaba realmente molesto por lo que estaba pasando, ¿es que lo creían estúpido?, pero eso se lo había ganado por permitir que su hija se viera con aquel sujeto. Ferdinand no era un mal tipo y parecía ser inteligente, sin embargo no estaba dispuesto a dejar ir a su hija con cualquiera.
Serene subió al auto de Ferdinand y esperó a que éste rodeara el auto para tomar su lugar detrás del volante. Tenía mucha curiosidad sobre lo que harían durante la cita, pues no deseaba terminar comiendo en el mismo sitio que Pauline.
―Vi que saliste con Pauline ―comentó Serene para romper el hielo.
―Sí, había quedado con ella pero solamente fuimos a comer. Ella quería seguir con la cita pero yo tenía que estar contigo.
―Ah, lamento haber interrumpido la diversión.
―¿Estás celosa? ―interrogó Ferdinand con obvia diversión.
―No,solamente estoy diciendo que en verdad lamento haberlos interrumpido. ¿A dónde vamos? ―agregó para cambiar el tema de la conversación.
―A mi casa, he comprado cosas ésta tarde y quiero cocinar algo para ti.
―Deja de bromear, ¿a dónde vamos?
―No es ninguna broma, en verdad vamos a mi casa.
―Creí que habías tenido un problema.
―Solamente quería ir a verte, fue un pretexto que inventé y eso me costó un golpe en la nariz.
Ambos continuaron el camino hasta que Ferdinand comenzó a desacelerar, indicando así que estaban por llegar.
La casa de Ferdinand tenía un patio al frente. Habían plantado algunos árboles frutales y pusieron un camino de piedra solamente porque a su madre le gustaban ese tipo de detalles.
Ferdinand abrió la puerta del lado de Serene y la tomó de la mano para ayudarla a salir y así la guió hasta la entrada de la casa.
Serene notó el tacto de la mano de Ferdinand y tuvo que sacudir su mano para deshacerse del agarre. Le incomodaba estar tan cerca de él.
―¿Es ésta tu casa?, ¿vives con tus padres? ―preguntó Serene un poco nerviosa al pensar que tendría que presentarse ante ellos.
―No, vivo solo. Hace tiempo que salí de casa porque necesitaba viajar durante las pasarelas. Estando en Milán decidí volver a París porque extrañaba mi hogar, sin embargo en ese tiempo mis padres se separaron y yo decidí alejarme de ellos.
―¿Entonces no has visto a tus padres?
―A mi mamá la veo una vez al año, sin embargo evito tener una relación cercana con ambos. No quiero tener más apegos.
―Lo siento mucho, no debía preguntar sobre tus relaciones personales.
―No hay ningún problema, no es algo que intente ocultar.
Dentro de la casa todo parecía muy acogedor. Había solamente un sofá, una mesita de centro y el área para la cocina. Por alguna razón el comedor se encontraba en la planta de arriba junto con dos habitaciones.
―Espera aquí sentada, iré a preparar un poco de pasta.
―¿Qué te parece si mejor pedimos una pizza?, hace tiempo que no como una ―confesó Serene al sentirse en confianza ahí dentro.
―¿No comes pizza? ―preguntó sorprendido.
―Sí, pero solamente cuando mis padres no están en casa y la cocinera no quiere hacer su labor. Eso no es normal que suceda en mi hogar.
Ferdinand sacó su teléfono y marcó el número de la pizzería que más le gustaba. Cumpliría los caprichos de Serene siempre y cuando estuviera de acuerdo con ello.
Ambos estaban sentados esperando a que la comida llegara, hasta que el teléfono de Ferdinand sonó.
―¿Hola?, ¿Qué pasa Pauline? ―respondió, alertando a Serene.
―Oye, tuve un pequeño accidente con mi motocicleta y no traigo dinero para tomar un taxi, ¿podrías venir por mi? ―preguntó Pauline mientras esperaba sentada a un lado de la autopista.
―Pauline, estoy ocupado en éste momento, ¿no puedes llamar a alguien más para que te ayude?
―Podría llamar a Serene pero su padre no le deja salir ―justificó Pauline un poco desesperada por que pronto se haría de noche.
―Espera, iré por ti ―murmuró con tristeza.
Serene se puso de pie y caminó hacia la salida mientras Ferdinand la seguía. Ella había depositado un par de billetyes en la mesita pcomo pago por la pizza que no pudo comer.
Ella estaba regañándose por haber tenido tantas expectativas con esa cita. Había desperdiciado el permiso de su padre en esa salida que había acabado en un desastre.
―Espera Serene, volveré rápido ―comentó Ferdinand mientras buscaba las llaves de su auto.
―No te preocupes, ve con Pauline y yo me iré a casa. En la mesa tienes el dinero por la pizza, la encargaste por mi culpa.
―Basta Serene, no tienes por qué molestarte.
Ambos llegaron hasta la calle y entonces el repartidor pitó su motocicleta mientras se acercaba a Ferdinand.
Serene volvió a sacar dinero de su bolso y se lo entregó al joven.
―Toma el dinero como tu propina, gracias ―murmuró Serene al borde del llanto.
―Serene, deja que te lleve a casa, por favor ―imploró Ferdinand guardando la pizza al interior de su auto.
―No, disfruta de tu cena con Pauline.
Serene cruzó la calle y se subió al primer taxi que encontró vacío.
―Al Boulevard Haussman ―murmuró con voz acuosa.
Ferdinand se quedó observando cómo aquella chica se alejaba a toda velocidad. Sería un torpe si la siguiera hasta su casa, ella seguramente se molestaría más. Así que decidió montar el auto para recoger a Pauline, intentaría no descargar su ira con ella pero sería muy difícil.