Serene era todo un desastre al llegar a casa. Tenía todo el rímel escurriendo por sus mejillas y la sombras de colores estaban embarradas entre su rostro y sus manos después de haberse limpiado las lágrimas en distintas ocasiones.
En cuanto el portero la vio llegar en ese estado y en un taxi creyó que ella estaba ebria, sin embargo la seguridad con la que caminaba le hizo saber que solamente se trataba de un problema que la joven tenía.
― ¿Están todos en casa? ―preguntó antes de cruzar el umbral de la puerta.
―Sí señorita, ¿quiere que llame a alguno de ellos?
―No, no hace falta. ¿Podría distraerlos mientras yo voy a mi habitación? ―solicitó lastimeramente.
El portero se apiadó de ella y fue directamente hacia la sala, donde estaban los señores de la casa. Cuando Margaret y Maximillian Boucher vieron a su empleado se quedaron sorprendidos, él no solía llegar hasta donde estaban ellos, se limitaba a gritar desde la entrada para anunciar que alguien había llegado.
―¿Sucede algo? ―preguntó Margaret un poco acelerada.
―Me temo que tendrán que mandar a llamar a un herrero para que cambie las bisagras de la puerta, las acabo de aceitar pero siguen rechinando. Urge un cambio ―avisó sintiéndose estúpido por haber hecho eso.
―Sí, mañana le diremos a Joseph que llame al técnico. ¿Alguna otra cosa que debas decirnos? ―agregó el padre de Serene.
El portero giró discretamente para verificar que la señorita Boucher había escapado con éxito y, al ver que ella ya no estaba por ahí, decidió avisarle a sus padres sobre su llegada.
―Acaba de regresar la señorita Boucher, subió directamente a su habitación porque estaba muy cansada.
Una vez que aquel hombre dio aviso sus padres corrieron hacia la habitación de su hija para preguntar sobre lo que había pasado como para volver tan temprano.
―¿Crees que nos cuente? ―preguntó la madre de Serene.
―No, ella debe estar molesta en éste momento. Esperemos hasta mañana.
Como si fueran unos adolescentes, los padres de Serene se retiraron disimuladamente. No querían incomodar a su hija después de su cita con aquel joven, era obvio para ellos que algo extraño había pasado.
En el interior de su habitación, Serene se limpió los restos de maquillaje y se colocó unos parches en los ojos para reducir la inflamación provocada por el llanto.
Ella no estaba molesta con Ferdinand, le irritaba su propia actitud ante el problema. ¿Qué no se supone que ella debía preocuparse por Pauline?, pero no era así, ella estaba obviamente angustiada porque Ferdinand Cordier estaría disfrutando de las pizzas con su mejor amiga, y ella las había pagado.
Así eran las cosas, Ferdinand había llegado hasta donde Pauline le indicó y la encontró llorando sentada mientras observaba su motocicleta hecha pedazos.
―¿Qué fue lo que te pasó? ―preguntó preocupado al verla en la calle.
―Estacioné por aquí mi moto y un auto la arrastró hasta aquí. Terminó hecha trizas ―susurró con tristeza.
―Mañana puedes levantar el reporte, por el momento llamaré a una grúa y te llevaré a casa.
Así lo hizo, le dio las instrucciones al conductor de la grúa y esperó a que Pauline se tranquilizara un poco para poder llevarla hacia su casa.
―¿Dónde vives? ―preguntó al fin cuando vio que ella amenazaba con dormirse.
Fer no tenía la intención de llevarla a su propio hogar, así que necesitaba que ella se mantuviera despierta.
―Vivo en Rue de Rome, en la esquina con Rue Bernoulli ―murmuró con la mirada perdida.
El ver su motocicleta así le había impactado mucho. Ella había luchado mucho por poder comprarla, tuvo que ahorrar medio año para juntar la mitad del pago inicial de la motocicleta. Claro que sus padres habían terminado pagando el resto de la motocicleta, sin embargo eso era lo único por lo que había luchado tanto.
―Iré por allá y me dices cuál es tu casa.
―Es exactamente la de la esquina, ¿puedo descansar un poco? ―interrogó mientras recargaba su cabeza contra la ventana.
―Claro, te despertaré cuando lleguemos.
Fue mentira, él se quedó estacionado afuera de la que creía era la casa de Pauline mientras ella seguía durmiendo. No podía maltratar a la amiga de Serene, tenía que cuidarla porque ella era una persona muy importante en la vida de Ser, y porque él también la consideraba una amiga.
Pauline despertó abruptamente al escuchar el claxon de un auto que cruzó cerca del vehículo de Ferdinand.
―¿Ya llegamos?
―Sí, ¿quieres que te ayude a entrar a tu casa? ―ofreció mientras desabrochaba su cinturón de seguridad.
―No es necesario, muchas gracias por todo.
―Por cierto, ¿quieres una pizza? ―preguntó Ferdinand al recordar que en la parte posterior del auto tenía su cena.
―No…eres muy raro.
Pauline sonrió y caminó hacia la puerta de su casa, agitó la mano en el aire para despedirse de Ferdinand e ingresó a su hogar.
Ferdinand aún tenía las pizzas y el ramo de flores dentro de la cajuela del auto, ese era un enorme recordatorio del desastre en el que se había convertido su cita perfecta. Nada salía como quería cuando se trataba de Serene.
El Boulevard Haussman estaba realmente cerca, solamente tendría que conducir por toda la Rue de Rome y llegaría tarde o temprano, sin embargo contuvo sus ganas de ver a Serene y siguió en dirección a su hogar.
Ferdinand planeó comerse la pizza que Serene le había regalado pero no pudo hacerlo, pensó en ir a regalarle la pizza a alguien más pero ya era demasiado tarde. Terminó por guardarla en el refrigerador con la esperanza de poder desayunar eso.
La noche de Serene fue tormentosa. Había tenido que poner la almohada sobre su rostro para poder ahogar los gritos de dolor que no dejaban de salir a través de su garganta.
Jamás había tenido que pasar por esa vergüenza, nunca la habían corrido de ningún lugar, mucho menos la habían dejado plantada en su cita, bueno, le había sucedido alguna vez con Luca, un chico que conoció en su viaje a Italia, pero eso no contaba.
Él había llegado muy pulcro, bien arreglado para ir a un sitio lindo; tal vez ese era uno de los motivos de su gran tristeza. Si Ferdinand hubiera llegado vestido como una persona común y corriente, ella no hubiera lamentado la cancelación de su cita.
Ferdinand ni siquiera había luchado por llevarla a su casa, claro que no, solamente había actuado interesado hasta que Pauline le dijo que lo necesitaba.
Durante la noche Serene bajó al congelador para sacar un par de cucharas que siempre metía ahí y las colocó sobre sus ojos. Las utilizaba para reducir la inflamación de sus ojos en caso de que los parches no funcionaran.
Ser haría un cambio de look, decidió, se pasaría el domingo entero en la estética hasta que le hicieran una transformación en el cabello porque eso era lo que debía de hacer. Todas las películas de Hollywood indicaban que cambiar de corte de cabello era la solución a sus problemas.
Serene tomó el teléfono y se tomó una fotografía con las cucharas en los ojos.
«Hay veces que las cosas no salen como lo esperas. Días en los que el helado, las películas y una pizza no son la solución a los problemas»
Esas palabras las dejó plasmadas en la descripción de la fotografía en la y la publicó. Se entretendría un poco más leyendo los comentarios, tal vez alguien le diera un método divertido para deshacerse de ese sentimiento de melancolía.
Al siguiente día Serene ya tenía la solución perfecta, su insomnio le había ayudado a tomar la decisión correcta. Ella no podía cortarse el cabello porque tenía un patrocinio de mascarillas capilares orgánicas en i********:, así que eso era un serio impedimento.
Tomó su bolso, un poco de efectivo y salió temprano esperando a que Joseph, el chofer, ya hubiese llegado. Y así fue, el empleado se encontraba sacudiendo los vidrios del automóvil cuando Serene irrumpió en el garage.
―Señor Josh, necesito que me lleve con la colorimetrista de mi mamá ―solicitó mientras se colocaba a un lado de la puerta.
―¿Para qué quiere ir ahí?, ¿su madre le encargó algo?
―No, quiero ir a pintarme el cabello.
―¿Sus padres le permitieron hacerlo?
―No, pero ellos estarán de acuerdo en cuanto me vean. Date prisa y vayámonos ―ordenó.
El pobre empleado obedeció la orden de Serene y retiró los seguros de las puertas del auto. Llevaría a la señorita a la estética y le avisaría al señor Boucher para que no se preocuparan de que su hija había salido tan temprano un día domingo.
―¿Por qué quiere ir a ese lugar? ―interrogó el chofer.
―Porque quiero pintarme el cabello. ¿Conoces a Hayley Williams?, es una cantante de un grupo muy famoso.
―Ya veo, ¿Qué tiene que ver ella con su decisión?
―Ella tiene el cabello anaranjado y el color de sus ojos es idéntico al mío, además, tenemos casi la misma complexión…creo que se me vería bien ese color.
Era increíble el modo en el que Serene tomaba sus decisiones, pero después de lo que le había contado el portero, decidió no seguir preguntando. Al parecer la velada con el joven inversionista no había salido nada bien.
Durante su trayecto Serene le tomó una fotografía a una fuente que estaba de camino a la colorimetrista, la publicó en su cuenta y continuó con el recorrido. Jospeh estacionó el auto y acompañó a Serene hasta la puerta del local, donde ya la estaban esperando.
―Yo me quedaré en el auto, la estaré esperando ahí.
Serene entró mientras era escoltada por algunas de las empleadas del establecimiento. Todas ellas iban lanzando cumplidos sobre el gran trabajo que hacía cuidando su cabello, y era verdad, ella usaba muchos productos para mantenerlo liso, sedoso y brillante para cuando tuviera que hacer alguna campaña para las r************* de alguna marca.
La experta la sentó en un taburete y le aplicó un poco de solución para aclarar el cabello, tuvo que realizar la misma ocasión en repetidas ocasiones porque ella utilizaba un producto a base de manzanilla en lugar de peróxido.
―¿Ya sabe de qué color quiere que se lo tiña? ―preguntó mientras le mostraba varios tonalidades de muchos diferentes colores.
―Quiero un anaranjado que se vea bien con mis ojos ―comentó señalando un tono estilo zanahoria.
―A usted le vendría bien uno más claro, prepararé la mezcla y la aplicaré sobre una muestra natural, si le gusta entonces procederé a teñirlo.
La mujer estaba testeando el color hasta que por fin obtuvo el resultado que esperaba.
―Mire señorita, así quedaría.
Serene admiró el color sin queja alguna. No estaba segura de que fuera el mismo tono que usaba Hayley, pero también era muy bonito, incluso le gustó el tono de piel que se notó cuando la experta colocó el mechón de cabello a un costado de su rostro frente al espejo.
―Es perfecto, quiero ese tono en todo el cabello.
―Como usted ordene.
El proceso tardó otro par de horas pero para Serene había valido la pena. Su cabello lucía espectacular y ella había logrado lo que quería, su apariencia era completamente diferente.
―Permítame tomar un foto con usted y la publicaré en i********:. Me encanta lo que me acaba de hacer.
Y así lo hizo, al poco tiempo la fotografía tenía demasiados comentarios como para dar ‘me gusta’ o responder a cada uno de ellos.
En cuanto salió de la estética Joseph se quedó anonadado. Serene lucía completamente diferente ahora que se había teñido el cabello, seguramente su madre la mataría después de haber hecho eso.
―Señorita…Serene, creo que debiste decirle a tus padres antes de hacerte eso en el cabello. No creo que sea de su agrado.
―No me importa en éste momento, es la primera vez que hago algo como esto y no quiero arrepentirme.
―¿La primera vez?, ¿ya se olvidó el tatuaje? ―recordó el amable conductor.
―Ese no cuenta, de todas formas no pude hacerlo. Recuerdo que quería tatuarme una mariposa pero mi miedo a las agujas me lo impidió.
―Y entonces vi a la castaña corriendo hacia el auto como si un asesino la siguiera.
―¿Cómo me iba a imaginar que me iba a causar tanto miedo?
―Me alegro que ésta vez haya podido hacer el cambio que tanto buscaba señorita, pero deberá de soportar lo que sea que le digan en su casa, ¿creé estar lista para esto?
―En verdad no, pero ya que no tengo otra opción será mejor que me haga a la idea pronto.
Josh rodeó el auto y abrió la puerta de Serene para ayudarla a salir del auto. La expresión del portero seguramente sería la misma que pondrían sus padres, pero Serene prefirió no ponerle tanta atención al empleado.
Una vez dentro de la casa fue su madre la primera en verla y en montar un escándalo.
―¡¿Qué fue lo que te hiciste en el cabello?! ―gritó exageradamente.
―Me lo teñí de anaranjado, ¿no es lo suficientemente llamativo? ―preguntó retando completamente la paciencia de su mamá.
―¿Y por qué no nos dijiste nada?, el chofer me dijo que ibas a hacerte un arreglo en el cabello, pero jamás pensé que sería ésta clase de arreglo. No debiste hacerlo.
―No te lo dije porque sabía que ibas a comenzar a sermonearme, ¿quieres que me siente para que te sientas más cómoda o prefieres comenzar aquí parada?
―No me respondas así Serene. Sabes bien que lo que hiciste es una estupidez.
―¿Estupidez?, estúpido es esperar a que me autorices a pintarme el cabello cuando ya tengo veintiún años y estoy a punto de concluir con mi licenciatura, estúpido es que te moleste algo que a ti ni siquiera te afecta. El cambio solamente me afecta a mi y a mi trabajo en las redes, pero como no sigo tus órdenes entonces si te molesta ―estalló Serene sin poder contener tanta ira acumulada durante tanto tiempo. ―Éste cambio es la única decisión que he tomado por mi cuenta y espero que la respetes.
―Serene... ―susurró su madre por el impacto de las palabras de su hija ―¡Ve directo a tu habitación!
―Gracias, es a donde quería ir ―contestó antes de subir corriendo por las escaleras.
Era frustrante saber que su hija estaba creciendo y que, al mismo tiempo, quería hacerse responsable de cosas que aún estaban fuera de su alcance. No era por el color de su cabello, era por el hecho de que se había esforzado tanto por agradar en las r************* como para que la comenzaran a criticar por su cambio.
Nada era como la madre de Serene imaginaba. Las redes estaban vueltas locas con el cambio que Ser había realizado. Todos parecían estar de acuerdo con la decisión que había tomado.
La joven tomó su teléfono de inmediato pero una llamada hizo que se cerraran sus aplicaciones. Era Ferdinand, la persona con la que no deseaba hablar en ese momento.
―¿Qué es lo que quieres?
―Te aviso que hoy es la segunda cita de las ocho que acordamos.
―¿A caso ya tuvimos una? ―preguntó con completo sarcasmo, ―ah si, ya recuerdo. La cena con pizzas, no te imaginas lo bien que me la pasé.
―No sigas Serene, fue por acudir con tu mejor amiga.
―No te preocupes, puedes continuar saliendo con ella porque yo ya no estoy dispuesta a hacerlo.
―Pero firmé el contrato.
―Te felicito por ello, pero yo no firmé un trato contigo. Es en serio Ferdinand, no me vuelvas a contactar ―colgó la llamada y no volvió a contestarle los mensajes ni a atender sus llamadas.
Serene decidió tomar las llaves de su auto, el cual rara vez salía del garage, y bajó las escaleras con la intención de ir a hablar con su amiga, necesitaba saber qué es lo que había pasado el día anterior.
La chica le quitó la alarma a su auto y se subió a pesar de la negativa de Josh.
―Señorita, si quiere yo puedo llevarla ―insistió mientras golpeaba la ventana del auto.
―Gracias pero ésta vez no quiero ir con usted, necesito ir a hablar con mi mejor amiga.
El hombre se hizo a un lado y permitió que el auto saliera del estacionamiento, no volvería a detenerla si es que ella no requería de sus servicios.
Ser recorrió la carretera sin importarle que Ferdinand hubiera pasado corriendo directo a su casa, ella ni cuenta se había dado. Lo único que tenía en mente era llegar a casa de Pauline para hablar con ella y ofrecerle sus disculpas por no poder ir ayer a ayudarla en un momento tan difícil.
Ferdinand llegó hasta la casa de Serene pero el portero le dijo que acaba de salir en su auto, sin embargo ahí también estaba el chofer de la familia. Eso solamente significaba que Serene estaba conduciendo el auto.
―Ella fue a ver a su mejor amiga, ¿quiere pasar a ver al señor Boucher? ―preguntó Josh a pesar de saber que aquel joven solamente iba por la señorita Serene.
―No, gracias. ¿Podría no informarle a nadie que vine aquí? ―solicitó con amabilidad.
―Por supuesto, pero por favor, no vaya ahora detrás de la señorita Boucher, no creo que ella esté de ánimo como para verle.
Ferdinand asintió y regresó hacia la orilla de la carretera, donde había dejado estacionado su auto,
No le había gustado escuchar que Serene seguía enojado con él porque eso significaba que tendría que idear algo para obtener el perdón de la que antes fuese su amiga.
Serene esperó pacientemente a que Pauline le abriera la puerta y se encontró con ella llorando desconsolada.
―¿Qué te pasó? ―preguntó Serene mientras entraba preocupada a la casa de su amiga.
―Es la motocicleta, me dijeron que no podría hacer nada al respecto porque ninguna cámara logró captar el accidente, así que no saben quién lo causó ―dijo su amiga mientras intentaba suprimir su llanto.
―¿Qué le pasó a tu motocicleta?, Ferdinand me dijo que algo te había pasado, pero no me dijo qué fue con exactitud ―mintió Serene, pues ella había escuchado parte de la llamada.
―Alguien destrozó la motocicleta, ¿ahora cómo voy a llegar a la escuela? ―preguntó Pauline aún sin hacer algún comentario sobre el cambio en el color del cabello de su amiga.
―Si quieres te dejo mi auto hasta que consigas otra forma de transporte ―ofreció Serene, poniendo las llaves en la mesita de centro de los padres de Pauline.
―Gracias Serene, eres una gran amiga ―murmuró Pauline limpiándose las lágrimas y, notando al fin, el cabello de su mejor amiga. ―¿Qué fue lo que pasó?
―Quise cambiar un poco el cabello.
―Por lo menos no fue un tatuaje, como la otra vez.
―¿Por qué todo el mundo tiene que recordarlo? ―preguntó Serene riéndose de tan sólo recordar aquella vivencia. ―Pauline, debo regresar a casa o mis padres se molestarán.
―No te preocupes Ser, muchas gracias por haberme prestado tu auto ―dijo su mejor amiga mientras atesoraba la llave entre sus manos.
Serene no tenía ni idea de cómo volvería a casa. Caminar era su única opción por ahora, así que comenzó en cuanto Pauline cerró la puerta de su casa.
Realmente su vivienda no estaba tan lejos, pero el calor era demasiado y podía dejar ardiendo su piel. Intentó ir refugiándose en las marquesinas de los aparadores, pero ni así podía tolerar los rayos del sol.
Ferdinand vio el momento en el que Serene salió de la casa de Pauline y decidió seguirla a un costado hasta que ella se dio cuenta de la presencia del auto.
―¿Otra vez en problemas? ―preguntó sin bajar el vidrio de la ventana.
―¿Te conozco? ―preguntó la chica de cabello anaranjado.
―Claro que sí, preciosa. Casi no te reconozco con el cabello anaranjado.
―¡Ferdinand Cordier!, vete de aquí, no te necesito ―contestó molesta.
―Veo que no tienes auto, puedo llevarte a casa si quieres.
―Lárgate de una vez antes de que llame a la policía ―amenazó sin recordar que había dejado el teléfono sobre su colchón, pero eso Ferdinand no lo sabía.
―Te vez más linda de lo normal, creo el color anaranjado te queda muy bien.
―Gracias ―susurró Serene con mejor humor, ―eres la primer persona que me lo dice.
―¿Quieres que te lleve a casa?
―Preferiría morir de insolación antes que subir de nuevo a tu auto ―declaró y entonces Ferdinad descendió del auto, la tomó por los hombros y se agachó hasta sujetarla de las piernas. ―¿Qué es lo que haces?
Ferdinand la cargó y la acomodó para poder meterla en su auto.
―Entra al auto, solamente quiero llevarte a tu casa para poder disculparme apropiadamente.
―¡Auxilio! ―gritó Serene con la esperanza de que alguien la alejara de su secuestrador.
―¡No la escuchen está ebria y no sabe lo que dice! ―explicó Ferdinand a las personas que se acercaron a ellos.
Él cerró el auto y se abrochó el cinturón de seguridad.
―Serene, en verdad lamento lo que sucedió ayer con nuestra cita pero tu amiga estaba en problemas.
―Ya me contó, te agradezco que hayas ido a darle ayuda. Mis padres no me hubiesen permitido ir hasta ella tan tarde.
―¿Aún estás molesta? ―preguntó mientras daba la vuelta para poder ingresar al garage de la casa de Serene.
―Un poco, pero pasará…supongo. Nos vemos pronto, idiota ―se despidió Serene antes de salir completamente del auto.
Joseph notó que Serene no volvió en su auto pero no dijo nada, dejó que la chica regresara tranquilamente al interior de su casa. Ella necesitaba ganar un poco de confianza en sí misma para poder seguir avanzando a pesar de las dificultades de su relación con sus padres.
La primera en aparecer, como siempre, fue su mamá. No tenía la mejor cara que le hubiera visto, pero por lo menos no había comenzado a discutir con ella.
―Hola mamá, ¿ya desayunaron? ―preguntó al ver que su mamá no hablaba.
―No, te estábamos esperando, ¿a dónde fuiste? ―interrogó a pesar de procurar no mostrarse inconforme.
―A casa de Pauline, tuvo un accidente con su motocicleta y le dejé mi auto para que mañana fuera a la escuela.
―Hola mujeres de la casa ―dijo su papá, quien ya había salido de su despacho dentro de la casa. ―Te ves bien Serene, que bueno que cambiaste el color de tu cabello
―¿Ah si? ―se apresuró a decir la aludida.
―Sí, ya era hora de que te hicieras algo diferente, ahora sí te pareces a una chica de tu edad.
Margaret asintió detrás de Serene para agradecer las palabras de su esposo. Serene necesitaba el apoyo de alguno de sus dos padres, y qué mejor que su papá para hacerlo.
―Gracias, qué bueno que por lo menos tú me apoyes.
―No le hagas caso a tu mamá, ella no está de acuerdo porque tu juventud la pone celosa ―bromeó aquel afable hombre mientras caminaba hacia el comedor.
Todo el día transcurrió con normalidad. Serene estaba sorprendida ante la reacción de su padre, así que decidió ponerse un nuevo cinturón diseñado por la marca de su padre y se dirigió hacia el jardín para poder modelarlo.
Le daría las gracias haciendo un poco de publicidad a Meilleur Mode, de esa forma puede que aumenten un poco más las ventas.
Toda la tarde de Serene fue completamente aburrida, hasta agradeció el momento en el que tuvo que irse a dormir porque ya no soportaba tanto aburrimiento en su vida. Todo había sido emocionante por la mañana, pero durante la tarde ya necesitaba algo un poco más entretenido que solamente ver películas.
El lunes comenzó su rutina por la mañana, apagar furiosa el despertador para levantarse corriendo porque se le hacía tarde para ir a la universidad.
Ésta vez quería que fuera diferente, deseaba llegar temprano para demostrarle al mundo que Serene Boucher había cambiado, que ella había madurado en tan solo un fin de semana.
Otra vez sus padres no estaban en casa debido a sus diversos trabajos, pero eso ella no le entristeció como muchas veces. Intentaba ser consciente de la importancia de sus trabajos a pesar de que tuvieran que sacrificar ese tiempo del desayuno en familia.
En cuanto terminó se subió al auto y esperó a que Joseph terminara de revisar que todo estuviera en orden.
―Luce un poco diferente señorita. ¿Hay algo que quiera contarme? ―comenzó a charlar el conductor mientras arrancaba el auto.
―No, nada en especial; pero me siento diferente, como si el fin de semana me hubiese hecho evolucionar como persona.
―Eso es muy bueno, me alegro por usted. Cuando terminen las clases vendré a buscarla ―advirtió antes de que Serene corriera en dirección al salón de clases.
Ser iba subiendo alegremente hacia el aula, pero cuando ingresó solamente vio a un par de personas sentadas en sus lugares. Al parecer la puntualidad no era algo que caracterizara a los alumnos de esa universidad.
―Jóvenes ―intervino la directora de la facultad mientras invitaba a los estudiantes a que ocuparan sus asientos. ―Sé que debo dar éste anuncio frente a toda la clase pero me temo que ya deberían estar aquí y no puedo esperar más para hacerlo.
Todos comenzaron a tomar sus respectivos lugares y Serene se quedó viendo hacia la directora, quien no se parecía tener ganas de alejarse de la puerta del aula.
―Ésta mañana un nuevo alumno se integrará a su clase, él ha revalidado materias que cursó en otra universidad y solamente vendrá a concluir su carrera ―avisó la directora.
―¿O sea que nada más viene a robarnos oxígeno? ―dijo una chica a espaldas de Serene, provocando la risa de todos sus compañeros.
―Supongo que sí, pero no me gusta que se expresen así de mi ―murmuró Ferdinand entrando por la puerta del salón.
Serene se quedó como estúpida, tenía la mandíbula desencajada mientras observaba a Ferdinand parado como si fuera a modelar el uniforme de la universidad.
―Maldición, es él ―dijo Serene en voz alta, y al darse cuenta intentó reparar su error. ―Discúlpeme, no era mi intención…
―Discúlpese con su compañero, no tiene por qué hacerlo conmigo ―culminó la directora y salió del aula.