Capítulo 3 —Como estar en el cielo de los ricos

2071 Words
Samantha: Un nuevo día en la ciudad de New York, la ciudad que nunca duerme, dicen algunos y admito que es la verdad. Estuve levantada desde temprano, buscando en mi armario un atuendo adecuado para mi entrevista. Sonia me ayudó con un conjunto, pero me pareció muy revelador y poco profesional. Así que preferí usar un saco rosa con cuello tortuga y unos jeans blancos, todo el conjunto acompañado de unas bailarinas negras que sabía eran más presentables, que las botas de cuero súper s*xys que eligió mi amiga. Suspiré, menos mal estaba dormida, así no se sentiría decepcionada de que no elegí su conjunto, que claramente invitaba a los hombres a foll*rme. Pero dejando eso a un lado, me enfoqué en mi aspecto, estaba frente al espejo de mi habitación, retocando mi maquillaje. Opté por tonos suaves y dulces que de seguro me harían ver como una buena niña. Casi me reí de ese pensamiento, no era por alardear, pero era bastante hermosa y atractiva, hasta yo podía admitirlo. La sombra rosa resaltaba mis ojos grises, enmarcados por pestañas tan largas y rizadas que le daban envidia a Sonia. Mis ojos se desviaron hacia abajo y pasé la almohadilla de maquillaje por mi nariz pequeña y respingada, para luego aplicar un toque de gloss en mis labios voluminosos. Dejé todo a un lado y me enfoqué en mi peinado, no hacía falta alisarlo o rizarlo. Mi cabello rubio caía en ondas perfectas y saludables a los costados de mis hombros y a lo largo de mi espalda. Observándome una vez más con ojo crítico, me sentí conforme con mi atuendo, esperaba verme presentable y reflejar seriedad. Sobre todo, esperaba que esa mujer no fuera fea, porque si no, tendría una enemiga por el resto de los meses que estuviera trabajando para ella. Muchas veces mi belleza me traía beneficios, pero también me traía problemas innecesarios. Dispersé mis pensamientos y tomé mi cartera que estaba sobre mi tocador, seguidamente salí de mi apartamento, para luego observar la hora en mi reloj de mano. Tenía el tiempo justo para llegar, esperaba no perder el metro. ******** Media hora después, había llegado al lugar indicado. El viaje me había tranquilizado, pero cuando vi el condominio y la casa super lujosa frente a mí, los nervios me volvieron a atacar con fuerza. Mi mano aferró con fuerza la correa de la pequeña cartera que llevaba y me sentí insegura de entrar. “¿Qué tal si era una trampa?, ¿y si resultaba que tenía que trabajar para un viejo verde y obeso?”, pero eso era improbable, solo tenía que calmarme. Sacudí mi cabeza y dejé a un lado esas suposiciones tan est*pidas, era irracional sentir miedo. Además, ese sentimiento nunca me había llevado a ningún lado, lo sabía más que nadie. Cuadré mis hombros y respiré profundo, para luego oprimir el timbre de la casa. No tuve que esperar mucho, una voz muy conocida atendió a mi llamado a través del intercomunicador. —¡Este m*ldito aparato como funciona!… ¿Hola? ¡Quién es! Liberé el aire que estaba conteniendo en mis pulmones y no me dejé llevar por el tono de voz de la que sería mi jefa, claro, si todo resultaba bien. —Hola, soy Samantha, tengo una cita con usted hoy. ¿Recuerda?, para que sea su empleada… La mujer me corto enseguida. —¡Oh Samantha!, llegas en un buen momento, esta casa me está volviendo loca. —Ella se detuvo y m*ldijo por lo bajo intentando encontrar el botón de la reja, hasta que por fin se escuchó un pitido que abrió del todo el acceso de la casa. “Pobre mujer, seguro debe estar llena de trabajo y no tiene tiempo para nada”, pensé con compasión. —Sigue, te espero adentro. —Me dice para luego interrumpir la comunicación. Asentí a nadie y entré como me dijo. A medida que caminaba por el lugar, mis ojos observaban con avidez la gran extensión del terreno. Había mucho verde aquí, flores hermosas, arbustos perfectamente posicionados y una gran fuente de mármol situada en el centro del lugar. La piedra natural se entremezclaba con azulejos que combinaban a la perfección. El agua fluía de manera suave y relajante sobre la estatua de dos enamorados y caía libremente por un par de peces que se posicionaban a sus pies. Sonreí, esperaba que funcionara en este lugar, ya me estaba empezando a gustar la idea de trabajar aquí. Una vez que llegué al umbral de la puerta, vi que estaba abierta, así que entré con cautela. —¿Hola? ¿Señora? —Llamé a mi nueva jefa mientras observaba el interior de la casa. Si afuera era todo un sueño, aquí adentro era el cielo de los ricos. “Mierd*, esta mujer tenía mucho dinero”. Mi vista se quedó estática en un cuadro de Van Gogh que había en una de las paredes. Lo vi una vez en el Museo de Arte de New York. Lo recordaba porque fue uno de los que más me gustó. Su nombre era la noche estrellada, era un lienzo con una pintura de estrellas y del cielo que parecía moverse, me cautivó al instante. Es que en realidad me sentía moverme como si estuviese en el mar, fue impresionante. Ahora me sentía igual, ni mil réplicas que se vendieran en el mercado, podrían reproducir esta sensación de paz y tranquilidad. Estaba segura de que era el auténtico y no podía ni pensar que hizo esta mujer en su vida para tener un cuadro de más de doscientos mil dólares. —Hermoso, ¿no? Me sobresalté al escuchar la voz, me giré y vi a una mujer de cabello rojo, ojos azules y cuerpo escultural. Por supuesto que tenía que ser hermosa, con todos sus millones debía trabajar en su apariencia. Alejando mi mirada de su vestido costoso, empecé a disculparme. —Lo siento… La mujer me interrumpe. —Descuida Samantha, a mis invitados también les encanta esta pintura. —Me dice con una sonrisa y camina hasta posicionarse a mi lado. Ella observa la pintura. —Es increíble lo que un momento de sufrimiento puede hacer. El pobre Van Gogh, estuvo encerrado en la cárcel injustamente mientras hacía esta obra maestra. La observé de soslayo, de hecho, no era así, el artista la realizó durante su año de encierro en el hospital psiquiátrico, pero no dije eso en voz alta. “Seguro tiene tanto trabajo que su mente está confusa”, pensé en mis adentros. Volviendo al hilo de la conversación, respondí. —Creo que en esos momentos, nuestras almas están más conectadas con lo que somos y podemos hacer hasta lo imposible... —Me detuve antes de seguir hablando, yo más que nadie sabía lo que un momento de sufrimiento puede hacerte y hasta donde puedes llegar. La mujer me observó con una sonrisa. —Me gusta como piensas. —Ella se posiciona de tal forma que queda frente a mí y me da la mano—. Bienvenida, Samantha. Asentí con amabilidad, dándole la mano que ella soltó rápidamente. —Ven, sígueme. —Y eso hice. Ella continúa. —Me gusta que hayas llegado unos minutos antes, estás sumando puntos. —Gracias —dije simplemente, ya estaba anhelando que me diera el empleo, el lugar era muy acogedor y amaría trabajar aquí. Llegamos a una habitación grande que supuse era la sala de estar. —Siéntate, ya vuelvo. —Me pide la mujer y se aleja. Después de unos minutos, ella regresó con dos tazas de té caliente. —Espero te guste, es lo único que sé preparar. Reprimí una carcajada, no sabía que se necesitara un manual para hacer un simple té, cualquiera podía hacerlo, pero bueno quién era yo para juzgar. —Descuide —dije con cortesía y probé el té que estaba demasiado amargo, aun así, sonreí con amabilidad cuando bajé la taza y continúe—. Delicioso. Ella lo prueba y me da una sonrisa satisfecha. —Verás, me gusta todo bajo en azúcar y en grasas, ya sabes, tengo que cuidar mi figura. Asentí, “Seguro debía ser modelo”. —Bueno, cuéntame de ti Samantha, que sabes hacer. —Me pregunta expectante. Llegó el momento, “lúcete”, me dije. —Sé limpiar y cocino muy bien… Iba a decirle que estudiaba para chef, pero ella me interrumpe. —Vaya, es lo que necesito ahora, casi no permanezco en casa. Salgo temprano y también llego tarde, y la casa queda muy abandonada. —Mi esposo es doctor, así que tampoco está en casa en todo el día y llega muy tarde en la noche. Casi me atraganto con mi té. —¿Esposo? Ella asiente con una sonrisa muy complacida. —Estoy felizmente casada. —¡Oh!… Felicidades —dije insegura y ella me dio una mirada confundida. Me golpeé mentalmente, “yo y mi boca cuando estaba nerviosa”. Continúo explicándome. —Lo siento, quise decir que es muy bueno. Ella suelta una pequeña risita. —Sé lo que pensaste, que soy muy joven para haberme casado, pero en realidad fue lo mejor que me pudo pasar —dice observando su hermosa casa. Bueno, en realidad pensé otra cosa, que era un poco extraño trabajar para una pareja de casados. Mi mirada se dirigió a su mano izquierda y vi la gran roca en su dedo anular. “Vaya, su esposo debe amarla mucho”, pensé. —Continuemos —dice la mujer llamando mi atención—. Como mi esposo se va temprano a trabajar, es mejor que te quedes viviendo aquí para que le prepares su desayuno. —¡Qué! ¿Vivir aquí? —Observé el entorno, no era que me disgustara, pero se sentiría de verdad extraño estar con un par de desconocidos. La mujer ni siquiera prestó atención a mi expresión nerviosa. —Sí, Samantha, y mi desayuno lo quiero a las ocho. Después de eso, saldría para mi trabajo, por supuesto tú te quedarías hacer el aseo y pues luego preparar la cena, o cuando haya invitados, te avisaré. Respiré profundo tratando de ganar valor, no era la primera vez que atendía a demasiados comensales, podría con esto. —Está bien —dije con seguridad. Ella continúa sin siquiera escucharme. —Claro, tus días libres serían los fines de semana y tu pago será de cincuenta dólares la hora. No supe que decir, era más de lo que ganaría en cualquier otro empleo. —Vaya, eso es perfecto. La mujer sonríe. —Sí, que dices Samantha, ¿lo aceptas? No tenía que preguntármelo dos veces, le di una sonrisa emocionada. —Sí, por supuesto que acepto. —Bien, me alegro mucho Samantha. Necesitaré tus documentos para realizar el contrato. Asiento sacando de mi cartera mis credenciales y dejo a un lado mi tarjeta de presentación como chef; por ahora no se lo diría. —Aquí los tiene. —Ella los recibe y los detalla con sumo cuidado, seguro para asegurarse de que no soy alguna ladr*na. Pero podía mirar hasta mis antecedentes, yo en pocas palabras no rompía ni un plato. Sonia a veces se burlaba de esto y aunque me molestaba, sabía que era verdad, siempre fui muy centrada en mi vida. Nada de riesgos. Pero dejando esos pensamientos a un lado, mordí mi labio inferior, sintiéndome emocionada, ya era oficialmente la empleada de…, fruncí mi ceño, ella aún no me había dicho su nombre. —Disculpe, señora, cuál es su nombre. —Le pregunté con amabilidad. Ella levanta su mirada de ojos azules. —¡Oh!…, pero qué maleducada —dice viéndose culpable—. Soy Ashley Evans y tengo 27 años por si te lo preguntas. Dejando a un lado su tono de suficiencia, la miré más detalladamente. No podían ser los Evans que creía, ¿cierto? Aun así, pregunté. —¿Evans? Ashley me da una sonrisa de dientes perfectos. —¿Has escuchado de mi familia? —No pude responder y ante mi silencio ella continúa—. Soy la hija de Darren Evans, ya sabes la compañía de Ingeniería arquitectónica más popular de New York. Asentí, sí sabía quiénes eran, todo el mundo los conocía. Además de que mi exnovio, Stefan, trabajó para ellos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, esperaba no tener que verlo nunca más.
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