Alexander: Más temprano, ese mismo día. Me quedé mirando el jardín delantero de mi casa, era hermoso y acogedor. Mi mirada viajó al resto del terreno, sin duda muy tranquilo. Suspiré y entré en el auto, hacía un sol de muert*, pero me sentía frío como un témpano de hielo. Sabía por qué, lo que más necesitaba en estos momentos, era la luz de Samantha, la que mantenía a raya este enojo. Un movimiento en el rabillo de mi ojo, me alertó de esa presencia infernal y entonces la vi, bajando de las escaleras con dos maletas. Rodé mis ojos, qué mujer tan ridícula, ni que nos fuéramos de vacaciones un mes. Solo sería una semana. Cuando Ashley se acercó al auto, me observó interrogante. Ella estaba a punto de abrir la boca, pero la intercepté primero. —¿Qué haces con tantas maletas? —La cuest

