Capítulo 7 —No le temas a tu jefe

1640 Words
Alexander: “Idi*ta”, me reprendí, “porque no tuviste la boca cerrada”. ¿En serio? ¿Decirle que podías comer lo que sea?, seguro notó que le coqueteaba. Pero al fin de cuentas quien me juzgaría, Samantha era una mujer muy atractiva, sumado a eso, había estado muchos años con esta m*ldita abstinencia. No era mi culpa estar al lado de una esposa que no me agradaba, y que llegara esta tentación, pues la verdad es que era inevitable no desearla. No podía creer que esa mujer tan dulce y tan bella, en tan poco tiempo me estaba afectando… Sacudí mi cabeza, como sea, jamás le había sido infiel a Ashley y no empezaría ahora. Bajé mis manos a la pretina de mis pantalones y me los ajusté en su lugar, era momento de ser serios en el asunto. Lo que menos necesitaba ahora, era una aventura pasajera. Tenía tanto trabajo y tantos problemas que resolver… Empecé a caminar despacio, dirigiéndome a la primera planta de la casa, fue entonces cuando escuché la voz tan chillona de mi esposa y rodé mis ojos. Sí, ese era uno de mis más grandes problemas, quien sabe hasta cuando tendría que soportarla. Si se consiguiera un amante, sería más fácil para mí dejarla. Tendría por lo menos una excusa con nuestros padres. —Adiós papi. —Fue lo último que pronunció mi esposa, cuando me acerqué a la sala. “Ahora quien sabe, que quería ese viejo”, pensé molesto. —Me voy. —Le avisé, pensaba volver al hospital como me tenía propuesto desde el principio. Ashley se da la vuelta y la veo observarme con aburrimiento. —No empieces de nuevo, Alexander. Suspiré e intenté abrir la boca, no quería hablar con esta mujer, pero estaba claramente retardando mi partida y no sé por qué. De repente una imagen de mechones dorados como el oro, se materializó en mi mente. Me aclaré mi garganta, no era momento de pensar en el hermoso cabello de mi empleada. —Para qué te llamaba tu padre. —Le pregunté rápidamente, este era un tema que vaciaría mi cerebro. Mi esposa se acerca a mí con un contoneo de caderas muy sensual y me da una sonrisa traviesa. La observé con irritación, la verdad es no me afectaba para nada, ni siquiera lázaro se despertó. Así decidí llamar a mi miembr* desde que decidió abandonarme. Tal vez me castigaba por casarme con esta mujer. Ashley continúa sacándome de mis pensamientos. —Mi padre quiere nietos y no deja de insistir. Fruncí mi ceño, observándola como si fuera el peor espécimen que había visto en mi vida. Me alejé de ella y me pasé una mano por mi cabello. —Pues igual que el mío, Ashley, ¿y sabes qué? Tendrán que seguir esperando, porque yo contigo no tendría ni un perro de mascota. Mi esposa gruñe enojada y se deja caer en uno de los sofás con fuerza. —M*ldita sea, Alexander. Tarde o temprano, tendremos un hijo. Casi me burlé en su cara, eso era algo que no cumpliría jamás. —Mejor busca trabajo. —Le dije antes de alejarme. Solo que alcancé a escuchar sus palabras odiosas y llenas de veneno. —Mientras estés casado conmigo, solo me perteneces a mí, Alexander —dice en voz alta—. Saber que soy tu esposa, me basta y me sobra. Negué subiendo las escaleras, algún día me libraría de este matrimonio arreglado. *********** Me observé en el espejo, mientras terminaba de arreglarme para comenzar mi día de trabajo y una sonrisa de satisfacción llegó a mis labios. Samantha sí que había hecho bien su trabajo, había planchado mi camisa a la perfección, y no solo eso, una de mis batas de laboratorio me esperaba doblada sobre el mueble. Mi sonrisa se ensanchó, “qué mujer tan atenta”. Aunque bueno, seguro solo lo hizo porque es su trabajo… En ese momento, mi teléfono comenzó a vibrar, sacándome de mis pensamientos. Lo tomé enseguida y contesté la llamada, era del hospital. —Sí, diga —dije mientras tomaba una de mis tantas corbatas caras y me posicionaba frente al espejo nuevamente. —Doctor, Spencer. —Se escuchó la voz de una de las enfermeras que estaban a mi cargo. Creo que su nombre era Julia—. El paciente de la habitación 204A, aceptó hacerse la cirugía. Cómo debo proceder. Ah sí, el señor Rodríguez, lo recordaba muy bien. Su cirugía requería remover un tumor del cerebro y era de alto riesgo. Por eso fui el doctor más calificado para tomar este trabajo. Además, el señor Rodríguez, puso toda su confianza y todos sus millones en nuestro hospital para que todo saliera bien. “Así que no estaba presionado, ni nada”, pensé en broma. Pero la verdad es que me sentía bastante confiado con el resultado, todo saldría bien. Al menos mi trabajo me daba mucha seguridad. Continúe diciendo a la enfermera. —Diles que tengan las autorizaciones para la cirugía preparadas. Llego en una hora. —Cuelgo sin despedirme y termino de acomodarme la corbata, para luego ponerme el saco del traje. Viendo que estoy presentable, salgo de mi closet privado, que conecta con nuestra habitación de casados y no puedo evitar ver a Ashley durmiendo con su antifaz y fuera de eso con la boca abierta. Mis labios se transformaron en una mueca. —Qué fastidio de mujer —dije en voz alta y salí de la habitación casi huyendo. Necesitaba llegar cuantos antes al hospital. “Debí irme anoche”, me regañé mentalmente. Pero la verdad es que no quise, solo pensé que ver una cara nueva en la casa, me haría soportar mejor mi realidad. Al menos eso me dije a mí mismo. Como sea, iba bajando las escaleras y me detuve cuando percibí el delicioso aroma de huevos con tocino. Mi estómago inmediatamente rugió en protesta, debía probar ese desayuno. Así que mis piernas como teniendo mente propia, avanzaron despacio hacia la cocina. Cuando llegué al umbral de la puerta, me quedé un momento de pie mirando a Samantha remover algo en el sartén. Solo verla allí de pie en mi cocina y en mi casa, hizo que un sentimiento de satisfacción me recorriera el pecho y no solo eso, se sintió correcta su estadía aquí. No era que me gustara verla solo en este espacio, era más bien su presencia y su hermosura. Alegraba la casa y creo que también yo me sentía igual. La vi sonreír y algo en mí se iluminó. Esta mujer me estaba afectando demasiado. Tenía que tener cuidado y mantener las distancias, pero aun a pesar de esto, no me alejé. Entré de lleno en la cocina. —Samantha, ¡buenos días! —dije en voz alta. No sé por qué quería que me notara. Ella se sobresaltó un poco, pero al fin me observó con sus risueños ojos grises y me dio una buena vista de sus pech*s. Ella usaba una camisa ligera y unos pantalones cómodos. También sobre este atuendo, tenía puesto el delantal que le había dado mi esposa el día de ayer. Me removí incómodo, no sabía que un delantal podía ser tan s3xy, entonces pensé, ¿y si estuviera sin ropa?… —Señor Alexander, ¡buenos días! Su desayuno está listo. Salí de mi estado de estupor y alejé esos pensamientos. —Claro. —Fue todo lo que pude decir y me senté en una de las sillas que estaban posicionadas en la isla de la cocina. Ella me sirvió un plato y luego lo puso cerca de mí, junto con los cubiertos. Me quedé mirando por un segundo este desayuno tan perfecto, no solo tenía huevos, sino también tostadas, panqueques con miel y lo que no podía faltar, el glorioso tocino. Samantha definitivamente iba a salvar mi estómago, no podía seguir comprando comida chatarra y comiendo a deshoras. —Espero que le guste… —Parecía que ella quería decir algo más, pero se detuvo. —Gracias, Samantha. —Le dije antes de tomar mi primer bocado. Gemí involuntariamente, esta comida me iba a dar mi primer org*smo culinario. La observé. —Vaya, sí que tienes talento para la cocina. —La adulé—. ¡Qué delicia! Hace rato que no comía un plato tan delicioso. Sus mejillas inmediatamente se sonrojaron y me dejó ver una sonrisa de dientes perfectos. —Gracias, estoy estudiando para ser chef. —Su voz se escuchó orgullosa. Quité mi atención de la comida y la observé. Samantha tenía uno de sus dedos enroscado en un mechón de su cabello dorado. Sabía que no me estaba coqueteando, pero se veía muy atractiva, además de toda su pose… Me detuve y me enfoqué. ¡Chef! Ella era una profesional. ¡Por Dios, qué mujer! —Si yo fuera tu profesor ya te hubiera aprobado. —Le dije antes de degustar uno de los panqueques con miel. Escuché una pequeña risita venir de ella. —Gracias, señor. Negué y a la vez sacudí mi cuchara en negativa. —Nada de señor, ya te dije, llámame por mi nombre. Samantha inclina su cuerpo cerca de la isla y sonríe con confianza. —Intentaré hacerlo. Asentí, no podía forzarla a tenerme confianza de un día para otro, se daría con el tiempo. —Bien, llámame como quieras. “Con tal de que me sigas dando esas hermosas sonrisas y esos sonrojos tan seductores, todo bien para mí”, dije en mi pensamiento y no dejé de mirarla a los ojos. —S… Sii, por supuesto. —Ella titubea un poco, pero no aparta su mirada de mí. Le di una sonrisa ladeada, así me gustaba, que fuera una chica valiente y no le temiera a su jefe.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD