Capítulo 2. El abogado Ponce

2173 Words
Rodrigo Ponce era un hombre sereno. Nadie nunca lo describiría como una persona que se dejaba llevar por sus emociones y eso era casi lo único que se sabía de él. Sus padres se habían mudado al pueblo cuando era un adolescente, algo que había detestado pero con el tiempo había llegado a comprender. El dinero había sido un factor clave en esas épocas, lo que sus padres ganaban ya no les alcanzaba para todos los gastos que la ciudad requería por lo que habían comprado una pequeña propiedad en el pueble de La Floresta. Él no había sido el muchacho más feliz en aquella época, tener que mudarse siendo adolescente e intentar hacer nuevos amigos no había resultado fácil. Entonces había llegado ella, Camila Montero, con su pelo castaño, su sonrisa dulce, su figura esbelta y su actitud con él, lo había conquistado desde el principio. Habían comenzado a hablar entre clases, se veían todo el tiempo hasta que él se había atrevido a invitarla a salir y ella había aceptado, uno de los recuerdos más felices que tenía, hasta que esa tarde los jóvenes que habían estado pretendiendo a Camila, desde hace años al parecer, lo habían acorralado hasta que los puños fueron inevitables. Todo esto frente al instituto, lo que les valió a cada uno una semana de expulsión, una semana en la que ninguno pudo acercarse a Camila. Sus padres habían estado muy molestos y él no se atrevió a decirles nada ni a defender la situación. Luego del castigo, al regresar al instituto Camila nunca más le dirigió la palabra, el único consuelo era que tampoco se la dirigía a los muchachos con quienes se había peleado. Más tarde se enteraría de que los padres de todos ellos se habían quejado y de alguna forma la habían culpado a ella de la pelea que no había provocado y que ella detestaba. Al final Tom, Alex, Max y él habían acercado a ella incontables veces, intentando disculparse o solo hablar, pero Camila nunca los había mirado igual. Sus palabras se volvieron frías, sus ojos los rechazaban y sus maneras se volvieron odiosas. Él no quería pensar que era su culpa, pero en parte lo imaginaba. Ese día se encontraba en su oficina. Con el paso de los años todos habían notado que la actitud de Camila no cambiaba pero no por eso se rendían, ninguno de ellos se alejaba y a veces el espíritu de competencia era mayor. Él se había dedicado a estudiar leyes en la universidad y con la mejora económica de la familia sus padres habían decidido regresar a la ciudad, pero Rodrigo no pudo. No pudo obligarse a abandonar el pueblo y a la mujer que llenaba sus pensamientos desde hace tantos años, se negaba, así que él se había quedado. Había comprado la casa de sus padres, la había redecorado y se había quedado allí. Claro que, para ganar el dinero que deseaba no podía simplemente quedarse trabajando en la alcaldía como el hermano mayor de Camila, había aplicado por un trabajo en una firma reconocida en la ciudad y se lo habían dado. Por esa razón su casa era una de las más lujosas del lugar. Todo eso le había servido para tener una vida más cómoda y no preocuparse por el dinero, pero el avance con Camila había quedado estancado, a ella no le podía importar menos su trabajo o el dinero que ganaba, ella tenía su propio negocio, uno que dirigía con sus padres y eso la hacía feliz. Con un suspiro Rodrigo se levantó del escritorio, una de las desventajas de trabajar en la ciudad era que no podía estar cerca siempre y él sabía que Max, Tom y Alex provechaban cada momento libre que tenían para acercarse a Camila. Sentándose en su auto se dirigió al café de la familia Montero para encontrarse con la mujer que deseaba y almorzar allí. Al estacionarse se bajó y buscó con la mirada, por alguna razón esperaba encontrársela afuera, pero ese día no estaba. Ella lo recibió en la caja registradora, pudo notar como su cuerpo se tensó, una reacción que él odiaba. Unos segundos después sus puños se cerraron y cuando él miró a su espalda, allí estaba Tom. Casi siempre se encontraba con Alex, pero al parecer aquel día también estaría Tom. -Buenas tardes, ¿qué le sirvo?- Saludó ella como di de cualquier cliente se tratara. -Lo de siempre preciosa- se adelantó Tom casi tumbándolo. -Ten cuidado- gruñó él haciéndose espacio -yo quiero un sándwich de pavo y un café por favor. -En un momento se los traigo- y con eso ella los dejó solos. Él se quedó allí intentando permanecer alejado de Tom, de todos los pretendientes de Camila aquel era el que más le desagradaba, el hombre era maleducado y tan sutil como un golpe en las bolas. Desagradable era la palabra que mejor lo describía. Él sintió una presencia en su espalda y al voltearse, allí estaba Alex. Como si no faltara nadie por encontrarse aquel día, ya era suficiente encontrarse con uno, aquel día debía jugar a la lotería. Camila regresó con sus pedidos un momento después y se los entregó en silencio. Alejándose entonces buscó un asiento en una de las mesas, no antes de escuchar a Tom en sus ridiculeces. -Entonces, ¿cuándo aceptarás ni invitación?- Preguntó Tom con una sonrisa, él miraba todo desde su silla -aléjame del sufrimiento. -No- fue la simple respuesta de Camila, una respuesta que lo hizo sonreír. -Ya muévete Tom- se quejó Alex -tengo que pedir. Él vio como Tom se sentaba en una de las mesas cercanas, observando detenidamente la interacción de Alex y Camila. Rodrigo siempre se había sentido algo celoso del hombre, porque a pesar de que era él a quien ella le había aceptado una cita hace tanto tiempo, al único que miraba con cierta dulzura en los ojos era a Alex. Siempre lo hacía, ella nunca se reía, pero era como si deseara hacerlo y eso le hacía preguntarse si era un error haberse quedado allí. Momentos más tarde Alex regresaba tan solo como ellos y se sentaba en una de las mesas. Se quedaron allí solo disfrutando de la comida hasta que Camila salió unos minutos después para almorzar. Ella los miró con desagrado antes de deshacerse de las sillas que sobraban y sentarse en la única que quedaba. Era una señal clara de que no quería a ninguno allí, Tom no perdió el tiempo y con su propia silla se adueñó de la mesa, Alex se atrevió a acercarse también y de inmediato se volcó en una pelea con Tom. Él estuvo tentado de acercarse pero ya casi había terminado de comer y debía regresar al trabajo, tomando sus cosas se levantó, ella lo observaba porque en ese segundo se tensó, lo hizo sonreír. Se acercó a la caja donde la señora Montero observaba todo con una sonrisa maternal. -¿Cómo está señora Montero?- Saludó él -se ve tan hermosa como siempre. -Eres un adulador cariño, que no te escuche mi esposo- dijo ella con una sonrisa -¿qué te sirvo? -Me da un pan de chocolate, por favor- pidió él con una sonrisa. Ella tomó el dinero y luego en una pequeña bolsa le llevó su pedido. Él se despidió y fue entonces que se dirigió a la mesa donde Camila escuchaba la típica pelea entre Alex y Tom. -Sé que te encanta- le dijo a ella colocando la bolsa cerca de su mano. Camila lo miró durante unos segundos y sus ojos se derritieron antes de que pudiera controlarlo. Con un asentimiento ella se volteó. Salió del café con una pequeña sonrisa. El resto del día su trabajo lo mantuvo ocupado, los casos no dejaban de llegar jamás y siempre había algo que hacer, algo de lo que encargarse. Su día laboral culminó pero él decidió quedarse unas horas más, no había nada esperándolo en casa por lo que no tendría ningún problema. Dos horas después se estacionaba frente a su casa, se quedó allí unos segundos antes de salir. Entró y encendió las luces, en ocasiones paseaba por el lugar intentando encontrarse con Camila, pero aquel no sería uno de esos días. Se sirvió un plato con la comida que tenía en la nevera y luego tomó una ducha rápida. Se acostó en su habitación y encendió la televisión hasta que su celular sonó. Él sabía quién era, no había nadie más que lo llamara, estuvo tentado de no responder pero al final lo hizo. “-Hola mamá- saludó él”. “-Mi niño, ¿cómo estás?- Saludó su madre tan efusiva como siempre”. “-Bien, descansando del trabajo- dijo él”. “-Ay mi niño, cuándo será el día en que decidas mudarte por fin- dijo su madre con drama -sabes que esos viajes te cansan”. “-Sabes que eso no va a suceder mamá- contestó él con un suspiro -esta es mi casa”. “-Solo lo dices por la muchachita esa- se quejó su madre -ella no te que quiere hijo”. “-Eso no lo sabes- negó él molesto -y no ella no tiene nada que ver, me gusta estar aquí, te lo he dicho mil veces mamá”. “-Sí, pero yo nunca me lo he creído Rodrigo- dijo su madre -no nací ayer”. “-Esa es la verdad”. “-Espero que sepas lo que haces entonces- anunció su madre con un suspiro -no quiero que pierdas el tiempo, solo para que te lastimen hijo, te amo”. “-No me lastiman mamá-afirmó él -y yo también te amo”. “-Está bien, te llamo en unos días entonces. Cuídate mucho”. Y con eso su madre colgó. Con un suspiro él cayó en la cama, su madre era la única persona que podía desesperarlo, la única que podía hacerlo sentir mal y reconfortarlo en el mismo momento. Sintiendo que su ánimo caía se cambió de ropa para salir a correr, muchas de las noches en las que no podía dormir era lo primero que hacía, dio varias vueltas al lugar antes de dirigirse a las calles que lo llevarían directo al lugar donde vivía Camila. No se hacía esperanzas de encontrarla, pero muchas veces podía verla en sus ventanas. Corrió con fuerzas hasta que su aliento se acabó, se detuvo a unas unos metros de la casa y se quedó allí respirando. Las luces estaban apagadas por lo que asumió que ella debía estar durmiendo hasta que unos ruidos de hojas lo alertaron. Se acercó sigilosamente al borde de la casa, más allá de la entrada en la ventana que daba a la habitación y allí en la luz que se filtraba pudo ver a Alex. -Ahora aparte de acosador eres un pervertido- acusó él acercándose. -Pervertido no soy- se defendió el hombre al verlo, sorprendido -Y si hablamos de acosadores tal vez deberías verte a ti mismo, tu casa ni siquiera queda cerca. -La tuya tampoco…-dijo él pero un ruido los interrumpió. Allí en su habitación estaba Camila riéndose con un libro en sus manos, a la distancia era borroso por lo que no lograba captar la portada. -¿Logras ver el libro?- Preguntó Alex. -No, tendría que acercarme más- dijo él. Ambos se acercaron lentamente y la imagen se fue volviendo más clara. Era un libro romántico, los colores y las formas lo identificaban, pero algo se le escapaba y todavía no podía verlo bien. Ellos seguían acercándose hasta que una rama sonó y Camila se asustó. Ellos se ocultaron lo mejor que pudieron, pero las luces de la habitación se apagaron. Alejándose del lugar ambos regresaron a sus hogares, él corrió de nuevo intentando agotarse y al llegar tomó una nueva ducha. El libro le causaba intriga, hacia demasiado tiempo que él no había visto sonreír así a Camila y eso solo lo hizo sentir más culpable. Tal vez ellos la hacían infeliz y era el momento de seguir el consejo de su madre e irse. Esa idea le duró hasta que se acostó en su cama, él sabía muy bien que podía hacer feliz a Camila, verla sonreír, porque hubo un momento en el que ella lo dejó. Un tiempo en el que ambos habían sido felices, le encantaba verla así. Además, él no se dejaba engañar, ella lo miraba, los observaba cuando pensaba que nadie se daba cuenta, aunque se hacía la indiferente siempre escuchaba cada una de las palabras que ellos decían, incluso en los momentos en los que sus peleas eran tontas y debían molestarla. Ella siempre los miraba, y ese día era una prueba, ella se había derretido con su detalle, lo había sabido ocultar pero Rodrigo lo había visto. Eran esos detalles los que mantenían su esperanza, él sabía que no debía rendirse porque Camila sería suya. Con esos pensamientos, se quedó dormido.
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