Ana caminaba por la casa de manera automática, sin prestar atención a los detalles que, en otro momento, habrían captado su atención: el sonido de los pasos en el pasillo, el brillo en el mármol de la cocina, el murmullo del televisor que provenía del salón. Todo se sentía distante, como si estuviera viendo su vida a través de una ventana empañada. Desde aquella tarde en el café, el mundo había cambiado para ella, y aunque intentaba aferrarse a la normalidad, el peso de la situación la perseguía como una sombra.
Cada vez que sus pensamientos se deslizaban hacia Javier, una sensación de culpa la invadía, tan fuerte que sentía que su pecho iba a explotar. Tomás seguía sin darse cuenta. Su marido seguía en su propio mundo, ajeno a lo que estaba ocurriendo en el de ella. A veces, cuando él la miraba, Ana podía ver la dulzura en sus ojos, pero también una desconexión, una falta de conexión que comenzaba a dolerle. Era como si estuviera viéndolo todo desde fuera, incapaz de involucrarse, de sentir algo real.
El dilema que la atormentaba se volvía cada vez más agudo. ¿Debía seguir en su matrimonio, en su vida predecible, o arriesgarse a explorar lo que sentía por Javier? La pregunta la perseguía día y noche. El miedo la paralizaba, la culpa la aniquilaba, pero la atracción hacia él, la conexión que habían compartido en aquellos pocos momentos juntos, la hacía sentir viva de una manera que no había experimentado en años. Cada encuentro, cada sonrisa, cada palabra de Javier parecía liberar algo en ella que había estado dormido demasiado tiempo.
La decisión parecía imposible. Pero la respuesta, como un susurro dentro de su alma, llegaba a ella con claridad. No podía seguir ignorando lo que sentía. Javier había hecho que se sintiera vista, deseada, como si él la entendiera más que nadie, como si en su mirada encontrara un refugio. Esa conexión silenciosa, esa complicidad que compartían sin palabras, le ofrecía algo que no podía encontrar en ningún otro lugar.
Una tarde, después de una de las reuniones de trabajo, Javier la llamó. Su voz al otro lado de la línea era suave, pero con una urgencia sutil que hizo que el corazón de Ana latiera más rápido.
—Ana… ¿Te gustaría salir a cenar esta noche? —preguntó, y ella pudo escuchar la invitación sin que él la pronunciara abiertamente. Sabía que esa cena no era solo una cena. Era una oportunidad para acercarse más, para cruzar una línea que ya había estado a punto de traspasar varias veces.
Ana miró su reloj, pensativa. Tomás estaba ocupado con su trabajo, como siempre. La idea de pasar una noche con Javier, fuera del contexto de la oficina, fuera de la presión de los días llenos de responsabilidades, la llenaba de una mezcla de miedo y deseo.
—Sí —respondió finalmente, sin pensarlo mucho. Su voz sonaba más firme de lo que se sentía por dentro.
El restaurante elegido por Javier era pequeño, acogedor, con una iluminación suave que creaba un ambiente casi íntimo. No era el tipo de lugar donde se sentía incómoda, donde las miradas curiosas del personal o los comensales la harían sentirse expuesta. Era un refugio, un lugar donde podía ser ella misma, lejos de las expectativas de su vida cotidiana.
Cuando Javier llegó, la miró con una sonrisa que, aunque no era ostentosa, la hizo sentir que el mundo se detenía. Estaba más guapo que nunca, su mirada cautivadora hacía que su corazón palpitara sin control. Se sentó frente a ella y, sin una palabra de más, el ambiente se llenó de una tensión silenciosa, de una complicidad que solo ellos entendían.
La conversación fluyó de manera natural, tocando temas ligeros, pero en cada palabra, en cada gesto, había una conexión que iba más allá de la charla. Ana se sentía como si finalmente pudiera respirar después de tanto tiempo bajo el agua. Cada sonrisa de Javier, cada roce involuntario de sus manos sobre la mesa, era como un suspiro, un recordatorio de lo que estaba a punto de suceder entre ellos. Y aunque no lo dijeran en voz alta, ambos lo sabían: esa noche, algo cambiaría.
—Ana, sé que esto no es fácil para ti —dijo Javier, rompiendo el silencio que se había apoderado de la mesa—. Sé que estamos jugando con fuego, pero no puedo evitarlo. No puedo dejar de pensar en ti.
Ana bajó la mirada, sintiendo la calidez de sus palabras envolviéndola. No podía evitarlo, tampoco. Javier le ofrecía algo que no podía rechazar, algo que no podía dejar escapar, aunque le aterraba perder lo que ya tenía.
—Yo tampoco puedo dejar de pensar en ti —confesó finalmente, su voz apenas un susurro.
La respuesta de Javier fue inmediata. Se acercó lentamente, como si estuviera midiendo cada movimiento, cada gesto, respetando el espacio que ambos sabían que aún existía entre ellos. Cuando sus labios se encontraron, fue un beso suave, lleno de promesas y de miedos compartidos. No fue apresurado ni desesperado, sino más bien un beso largo, profundo, que parecía decir lo que no podían expresar con palabras. La conexión entre ellos era tan fuerte que Ana sintió que el suelo bajo sus pies se desvanecía, como si solo existieran ellos dos en ese instante.
Después de esa noche, comenzaron a encontrarse más a menudo, a buscarse en medio de sus días ocupados. Sus citas secretas, aunque breves, se convirtieron en momentos que Ana atesoraba más que nada. Cada encuentro era una válvula de escape a la vida rutinaria que vivía con Tomás, a esa vida que ya no la llenaba, que no le ofrecía nada más que la comodidad de lo conocido.
Aunque lo que compartían con Javier era algo aún no definido, Ana comenzaba a sentirse atrapada en una corriente que la arrastraba. El amor, el deseo, la pasión, todo parecía reunirse en esos pequeños momentos. Se sentía viva, deseada, como nunca antes. Pero a la vez, la culpa la atormentaba. Sabía que estaba escondiendo algo, que estaba traicionando la confianza de Tomás. Pero cada vez que estaba con Javier, esa culpa se desvanecía, como si su presencia fuera un bálsamo para su alma.
La relación con Javier se estaba convirtiendo en su secreto más preciado, un refugio en el que podía ser quien realmente era, sin las máscaras que ponía en su vida diaria. Y aunque sabía que tarde o temprano las consecuencias de este amor oculto la alcanzarían, no podía evitar seguir adelante. La atracción era demasiado fuerte, el amor demasiado intenso, y aunque las sombras de la culpa se cernían sobre ella, Ana ya no podía imaginar su vida sin esos momentos de pasión y complicidad con Javier.