Los días siguientes transcurrieron de manera monótona, pero con algo que Ana no lograba quitarse de la cabeza. Javier aparecía en cada rincón de su vida de manera fortuita, como si el destino hubiera decidido jugar con ella. En las reuniones de trabajo, en los eventos sociales organizados por la empresa, incluso en esos momentos aparentemente insignificantes en los que cruzaban la mirada a lo lejos. Su presencia, aunque fugaz, se había vuelto esencial.
El trabajo comenzó a parecer menos una rutina y más una excusa para ver a Javier. Ana se encontró esperando con ansias esas reuniones donde, sin importar el tema que se tratara, ella terminaba fijándose más en la forma en que él se inclinaba hacia la mesa, en cómo sus manos se movían cuando tomaba notas, en la sonrisa casi imperceptible que dedicaba a los demás, pero que a ella le parecía un mensaje encriptado. Él la veía a menudo, con la misma intensidad que ella lo hacía a él. Parecía que compartían un secreto, algo tácito que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Una tarde, después de una presentación particularmente tediosa, Javier la invitó a tomar un café. Era un gesto sencillo, pero para Ana representaba un rayo de luz en medio de su día gris. Aceptó sin pensarlo demasiado, casi como si fuera una necesidad, un respiro en su vida monótona. Se sentaron en una pequeña cafetería cerca de la oficina, un lugar tranquilo, lejos de las miradas de los demás. La conversación, al principio forzada, fue fluyendo de manera inesperada.
—¿Sabes? —dijo Javier mientras tomaba un sorbo de su café—. No me imagino haciendo esto todos los días. Reuniones interminables, papeles, correos… a veces pienso que hay algo más, algo que se me escapa.
Ana lo miró, como si esas palabras la tocaran en un punto profundo. Ella también sentía que le faltaba algo, algo que no podía definir. Algo que no encontraba en las paredes de su casa, ni en las rutinas de su matrimonio con Tomás.
—Lo entiendo perfectamente —respondió Ana, con una leve sonrisa—. A veces siento que estoy atrapada en un ciclo del que no sé cómo escapar.
Javier la observó en silencio, como si sus palabras fueran una invitación para adentrarse en algo más grande, algo que ambos sabían que estaba creciendo entre ellos pero que ninguno quería dar nombre.
El ambiente a su alrededor desapareció mientras sus miradas se entrelazaban. Ana podía sentir la electricidad en el aire, esa tensión que comenzaba a recorrer su piel. Era inevitable, esa fuerza invisible que los unía ya no podía ser ignorada. Javier acercó un poco su silla hacia ella, como si sin querer estuviera cruzando una línea que, hasta entonces, ninguno de los dos había querido traspasar.
—Ana… —dijo su nombre, como si le costara pronunciarlo, pero de una manera tan suave que la piel de Ana se erizó.
La distancia entre ellos parecía encogerse, y en ese instante, Ana se sintió viva de una forma que no experimentaba desde hacía años. El ritmo de su corazón acelerado lo decía todo. Estaba deseando algo que no podía tener, pero que lo deseaba con una intensidad que la asustaba. La atracción era mutua, evidente. Sin embargo, la conciencia de lo que estaba en juego comenzó a filtrarse en su mente, trayendo consigo una mezcla de ansiedad y deseo.
—Javier, no podemos… —murmuró Ana, como una advertencia para sí misma, aunque ni ella misma estaba segura de querer ser advertida.
—Lo sé —respondió él con una leve sonrisa, pero con una mirada que decía más que cualquier palabra—. No estoy aquí para presionarte. Pero lo que estamos viviendo es real.
El café siguió fluyendo, pero en el fondo, ambos sabían que esa charla no era solo sobre trabajo ni sobre cafeína. Había algo más, algo que ambos no se atrevían a poner en palabras. En ese momento, Ana se dio cuenta de que no podía dar marcha atrás. Lo que había comenzado como una chispa se estaba convirtiendo en un fuego que, inevitablemente, consumiría todo a su paso.
Mientras salían del café, Javier la miró una vez más, y Ana, al cruzar sus ojos con los de él, supo que nada sería igual. Los límites que habían intentado mantener intactos se habían desdibujado, y la conexión que compartían, aunque todavía no concreta, había cruzado un punto de no retorno.
Ana regresó a casa esa noche, con el corazón pesado, como si hubiera cometido un acto irrevocable, aunque nada físico hubiera sucedido entre ellos. Tomás la recibió como siempre, con su sonrisa ausente y una conversación que Ana apenas siguió. Mientras él hablaba sobre su día, ella no podía dejar de pensar en Javier. En lo que él le había dicho, en cómo se había sentido en su presencia, en el vacío que parecía llenar cada vez que estaba cerca.
La chispa entre ella y Javier seguía ardiendo, y aunque Ana trataba de convencerse de que no era nada serio, sabía, en lo más profundo de su ser, que estaba cambiando. Y tal vez, nunca podría volver atrás.