Sebastián La mañana del día siguiente empezó como una promesa. El cielo estaba despejado, el café olía a gloria, y las niñas estaban excepcionalmente tranquilas. Lo cual era, francamente, tranquilizador. Renata tenía el día libre en el colegio, salimos temprano rumbo al edificio donde montaríamos nuestra empresa. Había algo en su forma de caminar ese día, en su postura segura y en la forma en que sujetaba los planos bajo el brazo, que me hizo admirarla más. Renata no solo era valiente, era brillante. Y yo tenía la suerte de construir un futuro con ella. —Estoy un poco nerviosa —admitió mientras subíamos al ascensor del edificio. —Eso es buena señal. Significa que te importa —respondí, tomando su mano y entrelazando nuestros dedos. El edificio no era nuevo, pero tenía potencial; era pe

