CAPÍTULO II

1052 Words
Sin saber qué más decir tras las palabras de aquel hombre, me di media vuelta y salí del despacho apresurada. Sentía un calor ardiente en mis mejillas y tan solo necesitaba esconderme en algún lado o esperar a que la tierra me tragase. El ridículo que acababa de hacer me perseguiría toda la vida. Tras llegar a mi escritorio me senté en mi silla y dejé que el tiempo pasara en la oscuridad que formaron mis manos al tapar mi rostro avergonzado. Si aquello era cierto, si Drake Wells era mi nuevo jefe, no tardaría en ser la próxima en recoger mis cosas y despedirme de mi puesto de trabajo. La forma en la que le había hablado fue un arrebato de nervios, histeria y mal humor, pero eso él no lo sabía. Ahora tan solo sería “la empleada que le había faltado al respeto”. Recordé la forma en la que su oscura mirada me había fulminado durante todo el encuentro, además del movimiento lento de sus labios al pronunciar cada una de las palabras dueñas de mi desconcierto. Vestido bajo un traje n***o de marca, su cabello oscuro repeinado y su barba perfectamente recortada me hicieron encontrar un cierto parecido entre él y el diablo. Como si se tratara de la mismísima imagen humanizada de Lucifer. Sumida en mis pensamientos, no me había dado cuenta de que alguien llevaba tiempo llamando a la puerta de mi despacho. Como de costumbre, Ronald apareció en el interior, mirándome con una sonrisa difícil de entender y cerrando la puerta a sus espaldas con delicadeza.     — Ally, cariño, ¿estás sorda? Llevo tiempo llamando a la puerta… — su voz aterciopelada me tranquilizó.      A veces, el hombre me trataba como a una hija y eso hacía que me sintiera cómoda y segura a su          lado.          — Perdóname, Ron… estaba distraída — y no mentí, había estado tan concentrada en recordar el                  estúpido momento que había pasado hace unos minutos que ni si quiera escuché sus golpes. Como siempre hacía, me levanté de mi sitio y me aproximé a él para dejar que me diera dos cálidos besos en las mejillas. Era un señor tan cariñoso y bueno que su sola presencia me daba ternura.     — Acaba de contarme mi hijo que te ha conocido.     — ¿Hijo…? — pues claro, ahora comenzaba a encontrarle el sentido a todo. Ronald Wells tenía tres hijos,     pero yo nunca les había visto. Nunca, hasta ahora.     — Drake Wells es mi hijo — por primera vez, la sonrisa ladina que Ron me mostraba me hacía sospechar     que hubiera un trasfondo en sus palabras. Nunca me había sonreído de aquella forma, tal y como hizo     Helen cuando comenzó la mañana — Es el mediano de los tres que tengo. Por un momento decidí dejar de lado mi interés por saber más acerca de Drake. Frente a mí tenía a su padre y, aunque sabía que él podría darme la mejor información, preferí centrar mi atención en él.     — ¿Y qué pasa contigo? ¿Es verdad que a partir de ahora Drake será quien maneje la empresa? Ronald soltó una pequeña carcajada por su boca y se aproximó a uno de los sofás del despacho donde se sentó con absoluta tranquilidad. Su mirada me transmitió la seguridad que desprendía, además de un toque de compasión al verme tan preocupada por lo que pasaría a continuación. Si Ron había tomado una decisión la llevaría a cabo hasta el final. Era inevitable no sentir cierta molestia en mi interior. Ronald llevaba tres años avisándome con antelación de cada uno de sus movimientos para saber qué opinaba al respecto. Ahora, quien creía que confiaba en mí lo suficiente como para contarme sus intenciones antes de saltar al vacío, parecía no necesitar la aprobación de nadie más que de él mismo.     — Así es, Ally. He tomado la decisión de cederle el mando. Estoy demasiado viejo y cansado como para     seguir llevando todo esto… — su tono autoritario y firme me dio a entender que no habría otra     alternativa. Quise rogarle que no se fuera. Los tres años que había pasado a su lado habían sido la mejor oportunidad y experiencia que me había dado la vida y si él se iba algo en mí gritaba que todo cambiaría poco a poco, que nada volvería a ser lo mismo. Cuando mis ojos se empañaron de lágrimas amenazando con brotar, los brazos de Ron me rodearon ofreciéndome el abrazo cálido que tanto necesitaba en un momento como ese. Sabía que Ron no quería que me lamentase por su ida, pero no pude contenerme.     — Mi pequeña… nos veremos a menudo, te lo prometo. Aún estaré por aquí un tiempo para supervisar     cómo van las cosas y ayudar en todo lo que Drake considere… Pero no iba a ser lo mismo. Lo rápido que avanzaba y crecía profesionalmente gracias a Ron, cambiaría. Ya no habría más charlas de padre, los cafés a mitad de mañana mientras elegíamos nuestro rascacielos favorito de Nueva York desde el gran ventanal de su despacho o los juegos de palabras mientras esperábamos a que el resto de socios aparecieran en las reuniones. Ronald dejó un cariñoso beso en mi sien y acarició mi cabello con parsimonia. Al solo pensar en lo que yo perdería, no me había dado cuenta de lo duro que sería para él dejar la empresa que había llevado con creces durante más de cuarenta años.     — Ahora vete a casa, mi hijo te da el día libre. El hombre de cabello grisáceo y ojos color cielo despareció de allí antes de lo que esperaba. Quizás también necesitaba estar solo o quería aprovechar el resto de la mañana para despedirse de los demás. Cuando me tranquilicé recogí mis cosas y salí de allí bajando los diez pisos del edificio por la escalera de emergencia. No quería encontrarme con nadie, no tenía ganas de fingir estar bien tras la noticia que había transformado un día otoñal espléndido en uno lleno de sombras y oscuridad. No veía el momento de llegar a mi apartamento y pasar el resto del día viendo películas y comiendo palomitas, deshaciéndome de la cantidad de emociones que había vivido durante esa extraña mañana.
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