Uno de los placeres de la vida; disfrutar de una película a la que no le encuentras ni pies ni cabeza una oscura tarde de otoño. Y sí, oscura, porque las nubes parecían haberse enfado tanto como yo tras la noticia de que Ronald Wells dejaría la empresa a cargo de un niñato.
El día parecía ir de mal en peor. Había amanecido un sol radiante en la ciudad de Nueva York, pero, a medida que el día había ido trascurriendo, los truenos de una tormenta que apagaron toda la vitalidad que poseía la ciudad avisaban de que no tardaría en llover.
Eran casi las siete de la tarde de un lunes más y, tumbada en mi sofá, disfrutaba de una película medieval de la que ya no recordaba ni el título. Realmente odiaba ese tipo de cine en el cual, la historia cliché de una princesa que ha de ser rescatada por su príncipe es la base de la historia.
Pensé en desconectar; caminar desde el barrio de Little Italy en el que vivía y acabar en alguna cafetería de Central Park en el que disfrutaría del aroma de un chocolate caliente. Sin embargo, el sonido estridente de un trueno desechó la idea tirándola a una papelera de reciclaje en alguna esquina de mi mente.
Con el monólogo de una princesa deprimida en el televisor, decidí levantarme del sofá y asomarme a la ventana del salón. La ciudad parecía estar a punto de sufrir un apocalipsis. La oscuridad de la noche se teñía de un color rojizo acompañado de una tela de niebla que impedía ver más allá de la avenida principal.
Nueva York era la ciudad que nunca dormía, por lo que al tráfico y a las personas que caminaban de un lado a otro parecía importarles bien poco que el cielo estuviese a punto de llorar a mares.
El pitido que informaba de que a mi móvil acababa de llegarle un mensaje me sacó del trance. Como siempre, había olvidado dónde se encontraba el aparato. Tras buscarlo en el sofá, logré sacarlo de los cojines donde lo había perdido y leer lo que decía aquél escueto SMS procedente de un número que no tenía registrado.
«Necesito que vengas de inmediato a la empresa. Es urgente. Atte: Wells.»
Sin pensármelo dos veces, apagué el televisor y me encerré en mi habitación para vestirme lo más rápido posible. Subiendo la cremallera del abrigo que había decidido combinar con mis vaqueros y mi camisa blanca, me resultó un tanto extraño que Ronald Wells hubiese cambiado de número.
Así era él, tan pronto te daba el día libre como te pedía con urgencia que aparecieses de nuevo para ayudarle. Sin embargo, en aquel mensaje no parecía si quiera él mismo, me había escrito con más seriedad que de costumbre y tan solo me hizo imaginar que algo malo había sucedido.
Tardé diez minutos menos de lo que realmente me costaba llegar en coche hasta Wells Companies. Por suerte — o por desgracia —, la tormenta había comenzado y las calles contaban con una considerable menor afluencia de personas, quienes a aquellas horas de la tarde ya descansarían al calor de sus hogares.
Un agente de seguridad nocturno fue quien me abrió la puerta. No quedaba nadie allí. Las oficinas y pasillos del edificio estaban totalmente a oscuras, nada más alumbraba la tenue luz blanquecina que salía de las paredes. Si no llega a ser porque sabía que Fred era un buen profesional, me hubiera sentido como la víctima de una película de terror en la cual su asesino está esperándola para acabar con su vida al final de un pasillo.
Cuando tomé el ascensor, la misma melodía de siempre no tardó en irritarme. Pero, esta vez, sentía la música inquietante, acompasando el latido de mi corazón mientras subía hasta el último piso.
— ¿Ronald…? — pregunté con un hilo de voz cuando llegué a la planta, dejándome ver cómo la luz anaranjada del interior del despacho principal sobresalía tras la r*****a de la puerta que se encontraba entreabierta.
Tímida y cautelosa decidí asomarme al no escuchar una respuesta de vuelta, pero la imagen con la que me encontré me dejó completamente desconcertada. Frente al escritorio, Drake Wells descansaba sentado en la misma silla donde le había visto esa misma mañana. Sin embargo, su figura no era ni de lejos igual.
Su cabello oscuro se encontraba despeinado, con algunos mechones cayendo por su frente. Ya no vestía con un completo traje elegante, sino que se había quitado la chaqueta —tirada en el suelo junto a la entrada— y los primeros botones de su camisa negra se encontraban desabrochados, otorgándole una representación de su persona mucho más casual y desaliñada.
— Adelante, Parks — dijo con una voz demasiado ronca, hastiada. Ni si quiera había elevado la mirada hacia mí, pero su intuición o mis pocas dotes de pasar desapercibida me descubrieron.
Mientras seguía concentrado en terminar de leer unos documentos, decidí adentrarme en el lugar y cerrar la puerta a mi espalda. No dijo nada más, por lo que me tomé la confianza de acercarme a una de las sillas que se encontraban frente a él y sentarme en ella. Tuve que interrumpirle para que me explicara qué había pasado.
— ¿Dónde está el señor Wells? — inquirí utilizando un tono suave. La forma en la que le había hablado la primera vez que le vi aún me dejaba en evidencia.
— Lo tiene delante. La he citado yo, Allyson.
Pues claro. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? Aún no me hacía a la idea de que Drake era quien llevaría el mando a partir de ahora. Me había imaginado a un Ronald ahogado de trabajo, a un Ronald que necesitaba mi ayuda, pero las cosas habían cambiado desde hoy. «Joder, Ally, céntrate».
— Disculpe, aún no soy consciente de que…
— ¿De que sea su nuevo jefe? — una breve risa irónica salió de su boca mientras escribía algo con la pluma de su padre sobre los papeles que había estado leyendo — Pues vaya acostumbrándose.
De nuevo, las ganas de gritarle algún tipo de improperio hervían en mi interior. Era un tipo prepotente, egocéntrico, arrogante y maleducado. O tal vez, había tenido demasiada suerte en tener a una persona como Ronald como jefe y ahora me daba de bruces con la realidad.
El hombre me miró con una de sus cejas levemente alzada y dejó frente a mí unas carpetas de documentos que parecían ser datos sobre el historial financiero de la empresa. Poco después, dejó la pluma con la que había estado escribiendo a un lado de éstos.
— Tenemos mucho trabajo por delante. Espero que no nos lleve toda la noche.
Drake no tardó en explicarme la situación de pérdidas económicas que había sufrido la compañía durante los últimos meses. Su serio semblante reflejaba que el asunto era más grave de lo que podía imaginarse a simple vista. Todo aquello me pilló desprevenida, pues Ron jamás me lo había comentado. Tenía una visión completamente distorsionada de la realidad.
Me ofreció viajar con él a Florencia un poco más adelante. La empresa necesitaba ganar nuevos accionistas y expandirse poco a poco, por muy internacional que ya fuera. Era especialista en las relaciones personales, en la inteligencia interpersonal o en la convicción y estaba segura de que su padre ya le había comentado mis altas capacidades respecto a la elocuencia, por lo que no dudó en utilizar estas habilidades para su conveniencia.
Y yo, realmente, lo agradecí.