El reloj de pared marcaba las 03:32 de la madrugada, pero por mucho que a esa hora mi sistema ya debería encontrarse en el quinto sueño, no estaba nada cansada. Drake y yo habíamos estado conversando acerca de la situación en la que nos encontrábamos, planeando estrategias y futuras reuniones… incluso parecía haberle convencido de que el personal con el que contábamos estaba completamente cualificado y que no sería necesario despedir a nadie.
Ahora ambos leíamos en silencio algún que otro documento, organizábamos carpetas y repasábamos cuentas. El hecho de haberme dado la tarde libre tan solo había retrasado el trabajo y el funcionamiento, pero ahora sabía que aquella idea había sido más bien de Ronald que de Drake.
Evité que el chico pudiera verme bostezar, pero durante el poco tiempo que habíamos estado juntos, había descubierto lo sumamente observador y analista que era.
— Váyase a casa, Parks. Es tarde… — murmuró el hombre, tras haber caído de nuevo a tierra firme.
Ninguno de los dos debería estar a esas horas trabajando si lo que queríamos era rendir satisfactoriamente al día siguiente.
— Aún no he terminado de revisar la contabilidad de las últimas semanas — le informé queriendo que entendiera con mi mirada que no me importaba estar allí. Al fin y al cabo, no había trabajado en todo el día.
— No importa, puede retirarse, seguiremos mañana.
Comenzaba a conocerle. Su tono de voz dejaba claro cuándo quería que llevaras a cabo una orden. Un suspiro pesado salió por mi boca al mismo tiempo en el que me levantaba y recogía todos los papeles y bolígrafos que había utilizado.
En un último vistazo, vi la forma en la que ni si quiera apartaba la vista de la escritura para despedirse de mí. Sus ojeras marcadas exigían tomarse un descanso, dormir y volver a ello al día siguiente. Pero algo me dijo que no era esa su intención.
— ¿Y usted? Debería descansar también si no quiere...
— ¿Es que acaso no me ha escuchado? Buenas noches, señorita Parks.
De nuevo volvía a interrumpirme y no hay algo que más rabia me dé que el hecho de dejarme con la palabra en la boca. Con un gesto cortés me indicó por donde se encontraba la salida, aunque lo sabía a la perfección. Apreté mis dientes e hice un gran esfuerzo por no rebatir y encararme contra su persona, pero supongo que el cansancio, a veces, nos vuelve a todos insoportables.
Salí de allí sin ni si quiera dedicarle un simple “adiós”. Su actitud hacía que perdiera todos los motivos por los cuales debía ser agradable con él. Por mucho que ahora fuera jefe de una empresa ese puesto no le daba el poder de permitirse ser un amargado con el resto. ¿Acaso no son las buenas relaciones una de las bases del fructífero rendimiento empresarial?
Me hubiera gustado haber empezado de otra forma, que ahora no me odiase o que yo no le odiase a él, pero la forma tan distante, insípida y cortante con la que ese hombre tenía la manía de tratarme se alejaba mucho de ser aceptada por mí. Mientras avanzaba por el pasillo dispuesta a tomar el ascensor pedí en silencio que su forma de ser cambiara. De lo contrario, no aguantaría mucho tiempo.
A punto de tomar el ascensor, hice algo que no tenía que haber hecho. Aquella decisión sería, durante un periodo de tiempo de mi vida, una de esas decisiones que te gustaría cambiar si te dieran la oportunidad de volver en el tiempo. Porque todo aquel que dice que no cambiaría nada de su pasado, miente.
Drake Wells hablaba con alguien por teléfono. Lo sabía porque no había nadie más en aquel edificio excepto Fred, quien siempre se encontraba en el piso principal revisando las cámaras de seguridad para saber que todo estaba en orden. Sin embargo, por mucho que supiese que era feo escuchar conversaciones ajenas, mi cabeza intentó evadir la parte mala del acto y comencé a encontrar cientos de motivos por los que debía acercarme para escuchar mejor.
Y así lo hice. Con sigilo volví a acercarme a la puerta del despacho donde descansaba una placa de color bronce reluciente con el tan reconocido apellido familiar. Me imaginé a Fred viendo aquella escena en la que Allyson Parks sería la chismosa de la compañía, pero la curiosidad por saber con quién hablaba a esas horas de la noche derrotaba con creces el hecho de que debía ser una chica responsable y educada.
— ¿Estás seguro de que era él…? Eso solo nos daría problemas…
Un silencio que se prolongó varios minutos.
Una maldición y un golpe seco contra algún mueble en el interior.
— Si decides encargarte tú, quiero estar delante cuando suceda. Pero ya sabes que lo mejor es que otros se manchen las manos.
A pesar de que tenía la oreja pegada a la madera de la puerta, no terminaba de entender del todo lo que Drake decía al otro lado. Y no era porque no escuchara con suficiente claridad, si no porque aquella conversación había tomado una connotación extraña. Algo que se salía de mi propia imaginación.
¿De quién o con quién estaría hablando?
Una serie de pasos acercándose fueron motivo suficiente como para salir de allí apresurada. Conseguí volver al ascensor antes de lo esperado, pero las puertas se habían cerrado de nuevo. Pulsé el botón varias veces, como si aquello aumentara la velocidad de su llegada. Si mi jefe me pillaba escuchando una conversación que no me incumbía tras una puerta, sería mi perdición.
Cuando supe que había salido de su despacho, giré un poco mi rostro para encontrarme con su mirada. Frunció ligeramente el ceño y dejó de sostener su móvil contra su oreja para poder colgar con facilidad.
— ¿Aún sigue aquí?
— Mañana habrá que llamar a alguien para que revise el ascensor… — sugerí para que tan solo entendiera la referencia de que había estado allí esperando durante todo ese tiempo. Me hizo gracia la forma en la que sus ojos se tornaron blancos y una sonrisa casi imperceptible adornó su expresión.
Drake me acompañó durante todo el viaje de bajada hasta la salida del edificio donde Fred, sentado en una silla, jugaba con una pequeña linterna entre sus dedos. Al encontrarnos mis pulmones se contrajeron con fuerza pues la ceja alzada y la mirada inquisidora que proyectaba me afirmó que había estado viéndome gracias a las cámaras de seguridad. Al tener a Drake a mi lado apreté mis labios y esforcé en mostrarle a Fred mi expresión más suplicante para que no comentara nada de lo ocurrido. Él sabía mejor que yo que aquello podría ponerme en un gran aprieto.
Por suerte, el hombre me entendió sin la necesidad de utilizar palabras. Sentí un alivio interior difícil de explicar cuando el frío de la madrugada azotó mi cuerpo.