Durante la primera mañana aguantando a un insufrible había decidido centrarme y avanzar con el trabajo que se me iba acumulando desde hacía días. No toleraba muy bien los cambios y, el hecho de que ahora Ronald no se paseara habitualmente por la empresa, era uno muy grande para mí.
Por otro lado, llevaba tiempo pensando en lo que Drake me pidió hacer la primera vez que nos vimos: despedir a gente.
No quería hacerlo. Por mucho que mi trabajo tratara sobre ello, era algo que había estado evitando desde que comencé a trabajar. Ronald ni si quiera me había puesto en un aprieto tan grande como este. Pero tenía que dejar de compararlos y empezar a afrontar lo que conllevaba dedicarme a esto.
Drake había establecido unos nuevos requisitos curriculares más altos a los que ya estaban establecidos por su padre. La mayor parte de las personas con las que trabajábamos superaban la edad de los cuarenta y no contaban con las nuevas cualidades y habilidades con las que un joven salía de la universidad dispuesto a estar en el mercado laboral.
Sin embargo, siempre habían funcionado bien —o eso creía, pues las cuentas de los últimos meses podían ser peligrosas a largo plazo—. Ronald había conseguido que Wells Companies fuera más una familia que una simple empresa y, como a cualquier persona con corazón, me daba mucha pena tener que dejar a alguien fuera. Mucho más si ese alguien llevaba años en el mismo puesto de trabajo. Era algo así como traicionar la lealtad y confianza que tanto había puesto sobre la marca.
Llegó la hora de comer y sentía que mi cabeza no tardaría en colapsar. El hecho de haber dormido tan pocas horas estaba pasando factura y no me dejaba concentrarme en los papeles que tenía delante. Por eso, decidí que era mejor descansar durante la tarde y, por la noche, en la tranquilidad de mi apartamento, volver a ello.
De camino a casa paré en un supermercado y me compré un sándwich vegetal. No tenía ganas de cocinar, por lo que eso y una manzana serían mi comida. Descansé un poco y pensé que sería buena idea salir a correr media hora. El ejercicio me hacía sentir mucho más liberada; agotarme físicamente cargaba mi energía mental.
Con un top blanco, una chaqueta y un pantalón de chándal gris salí de casa dispuesta a trotar por las calles de los edificios colindantes al mío. El cielo volvía a vestirse de oscuro durante la tarde newyorkina, pero lejos de disgustarme, adoraba la oscuridad que se formaba en un día de tormenta, el olor de la lluvia a punto de caer o la niebla que se volvía más espesa a cada minuto que pasaba.
Con la canción de Magic de Coldplay sonando a través de mis auriculares me adentré a un parque que había cerca del barrio en el que me encontraba. A pesar de haber notado el frío climático, poco a poco todo mi cuerpo iba entrando en calor. Suelo ser una persona un poco torpe, lo admito. Más de una vez he hecho el ridículo en la calle cayéndome al suelo de la manera más tonta e inesperada. Por eso, corría con la manía de fijarme dónde pisaban mis pies en cada zancada.
Comencé a tararear la canción que escuchaba, pero aquello pareció ser el detonante que llevó mi cabeza a la distracción. Sin darme cuenta choqué contra alguien que venía corriendo por delante de mí pero en sentido contrario.
El impacto contra la otra persona logró que me cayera al suelo de espaldas. Los auriculares salieron disparados de mis oídos quedándose colgados y suspendidos en el aire.
— Mira por donde vas… — murmuré de forma seca y malhumorada notando el dolor que me hizo sentir el asfalto.
Ni si quiera quería mirar a la persona que esperaba frente a mí, pues, en el fondo, sabía que parte de la culpa había sido también mía.
— ¿Tenías que ser tú?
Todo mi cuerpo se congeló al instante de reconocer de quien se trataba esa grave y ronca voz. Al alzar la mirada para cerciorarme de que en quien estaba pensando no era producto de mi imaginación, noté cómo el calor se instalaba poco a poco en la totalidad de mi rostro.
Como si tuviera un escáner en mis ojos, repasé su cuerpo. No podía ser cierto. ¿Qué estaba haciendo Drake en aquel parque?
Vestido con un pantalón de chándal n***o, unas deportivas a juego y una sudadera granate con la capucha puesta, su rostro parecía oculto entre las sombras provocadas por las luces anaranjadas de las farolas del camino donde nos encontrábamos.
Ofreciéndome su mano para ayudarme a levantarme del suelo decidí levantarme por mi cuenta sin la necesidad de tomarla. Limpié el polvo de tierra que se había pegado a mi ropa y volví a mirarle. Ahora era yo quien le miraba enfadada mientras él sostenía una sonrisa fanfarrona que me apeteció borrar de un puñetazo.
«Será gilipollas» gritó mi yo interno al ver cómo parecía estar disfrutando tanto de mi desconcierto como de la situación tan bochornosa por la que estaba pasando.
— ¿Estás bien, Parks? — se limitó a decir, haciendo un gran esfuerzo por mostrar compasión en vez de diversión en su expresión.
— Sí, estoy bien. Y puedes llamarme Allyson fuera del trabajo.
— Me gusta ser un caballero.
— Y a mí me gusta no sufrir accidentes cuando salgo a correr.
Mi comentario terminó sacándole una carcajada. Su risa me hizo querer reír con él, pero no. Tenía que seguir molesta o, al menos, fingir estarlo.
Con cuidado volví a colocarme los auriculares para proseguir con mi camino. Iba a dejarle allí con la palabra en la boca tal y como él había hecho tiempo atrás. Sin embargo, cuando di las primeras zancadas para salir corriendo de allí, su agarre sobre mi brazo me lo impidió. Atrajo mi cuerpo hasta quedar a pocos centímetros del suyo y tuve que elevar mi mentón para poder mirarle a los ojos.
— Es de mala educación no despedirse.
Su tono burlesco y su mirada brillante mostraban que lo único que quería era molestarme. Apreté mis dientes y respiré profundamente luchando por no decir cualquier injuria. Mi autocontrol con una persona como él dejaba mucho que desear, pero tenía que ser más lista y no caer en sus pequeñas trampas por querer desquiciarme.
— Hasta mañana, señor Wells.
— Puedes llamarme Drake fuera del trabajo — repitió queriendo hacer alusión a las palabras que yo misma había utilizado con él.
Su descaro y arrogancia terminaría absorbiendo mis ganas de comportarme correctamente. Al verme arquear una ceja una sonrisa ladina apareció en su rostro aumentando la velocidad a la que ya hervía mi sangre.
— Pues hasta mañana, Drake.
De un tirón logré que su mano se deshiciera de mi antebrazo. Le dediqué una sonrisa socarrona y seguí con mi recorrido, avanzando por el paseo del parque al que ya habría llegado la noche. Sin necesidad de darme la vuelta para mirarle, noté sus ojos puestos en mi cuerpo.
El sonido brusco de un trueno dio comienzo a una fuerte caída de gotas de lluvia que terminó calando mi ropa. Volví a casa y me di una larga y cálida ducha que duró más de lo que esperaba.
Al final del día me costó horrores caer en brazos de Morfeo, pues ni si quiera podía deshacerme de la imagen de Drake, quien había decidido instalarse en mi mente para prohibirme conciliar un sueño tranquilo.