El viaje de vuelta a Santiago es tranquilo. Esteban intenta no pensar en nada más que en su hijo que lo espera en casa, él es su vida, su mundo y por quien lucha día a día para que nada le falte, aunque no puede evitar la ausencia de su madre, lo que hace que Lucas se sienta atraído a la primera mujer que se le acerca. Ya quisiera él que las cosas no hubieran resultado del modo en que ocurrieron, pero no podía devolver el tiempo, ni había dinero en el mundo que comprara una buena madre. Lo único que él puede hacer es entregarle todo a su hijo, en tiempo y dinero y eso es lo que hace. Pero ahora, con la reacción del niño ante esa tal Nicole, se da cuenta de que no es suficiente.
El hombre llega a su casa poco después del almuerzo. Su hijo lo espera ansioso para contarle la visita de su nueva amiga. No para de hablar contándole los juegos a los que jugaron, lo mala que fue para correr a los autos, para los videojuegos y todo lo que se rieron y jugaron.
Cuando el padre lo iba a hacer dormir le contó que ella le acompañó hasta dormirse, que fue como si su mamá lo hiciera dormir.
―Papi, yo sé que ella me quiere y que puede ser mi mamá ―concluye después de volver a contar, una vez más, todo lo vivido el día anterior.
―Lucas, hijo, ya te dije que las cosas no se hacen así. No puedes ir y pedirle a alguien que sea tu mamá, así como así, eso es imposible.
―Pero ella me quiere, yo soy su bebé, anoche me lo dijo ―asegura con un leve temblor en los labios.
―¿Qué te dijo? ―pregunta el papá sorprendido e interesado.
―Yo le dije que la quería mucho… ―El niño baja la cabeza un poco apenado, se da cuenta que a su papá no le había gustado oír esa afirmación.
―¿Y?
―Yo le dije: “te quiero, mamá” ―habla en un tono más bajo.
―¿Le dijiste mamá? ―pregunta el hombre con calmada molestia, Lucas lo nota, pero está ansioso por contarle esa parte de la visita, que es la que más le llegó a su pequeño corazón.
―Sí, y ella me dijo: “yo también, mi bebé”.
El hombre mira a su hijo sorprendido, pero no dice nada. Prefiere callar a decir algo que lastime al niño.
―Papi... ¿te enojaste? ―le pregunta con un tierno puchero y unas lágrimas amenazando con salir de sus ojos.
―No, hijo, claro que no, es que no quiero que tengas una decepción más adelante...
―Ella no es como mi mamá, Nicole es mucho mejor.
El corazón de Esteban da un vuelco nada agradable. La maldad de Perla le ha afectado a su hijo de maneras que él no logra comprender.
―Lo sé, Lucas, es que yo no la conozco, es solo eso, no es que tenga algún problema con ella, ¿sí? No tengo problemas en que ustedes sean amigos, pero no es tu mamá y lo más probable es que no lo sea nunca.
―Es bonita, tú te enamorarías de ella fácil y podrían casarse.
El padre sonríe, él no tiene ningún interés en querer enamorarse, mucho menos casarse.
―Claro, hijo, te creo, pero hay muchas cosas involucradas, uno no se enamora así, por obligación o porque una mujer es bonita.
―Pero tú la conocerás ¿cierto?, y no serás pesado con ella.
Esteban se siente culpable al oírle decir eso, ya lo había sido la noche anterior.
―Bueno; ahora duerme, hijo, mañana debes ir al colegio.
Lucas pone mala cara, pero cierra los ojos y se duerme casi enseguida. El padre lo toma en sus brazos un momento, su hijo está tan necesitado de amor y él no sabe cómo suplir aquella falta. Tampoco sabe lo que está haciendo mal como para que su hijo se sienta tan solo.
Piensa en esa mujer, por lo que deja al niño en su cama y le da un beso en su cabecita, no quiere transmitirle malas energías. Y esa mujer se las provoca. ¿Cómo es posible que le dé falsas esperanzas? ¿Que lo trate como si fuera su propio hijo si apenas lo conoce un par de días? Eso es cruel. Lucas ni siquiera sabe si volverá a verla, no puede ella ilusionarlo con algo que no podrá cumplir nunca, porque esa mujer nunca será su esposa y mucho menos la madre de su hijo. Jamás. Nunca.
Sale del cuarto y dirige sus pasos directamente al salón. Su madre lo espera allí. Él se acerca al bar, saca un vaso, vierte whisky y se gira a ver a su madre, está con un vaso en sus manos, parece nerviosa, algo no anda bien, ella no bebe sola, pero ahora lo mira desde su asiento, un poco asustada. No se atreve a hablar, teme decir algo de lo que después se arrepienta.
―¿Qué pasa, hijo? ―se atreve a preguntarle al verlo tan descompuesto.
―Mamá. ―El hombre intenta mantener la calma―. Mamá, ¿cómo es posible que esa mujer le dé falsas esperanzas a Lucas y tú se lo permitas?
―¿A qué te refieres?
―¡A que anoche lo hizo dormir con un cuento, por Dios!
―Hijo, no lo viste ayer, él se puso muy mal cuando ella se iba y al verlo así, Nicole se ofreció a dejarlo dormido. No veo lo malo en ello.
―Pero es que cuando él le dijo: “te quiero, mamá”, ella le respondió con un “yo también, mi bebé”. Ahora está convencido que ella quiere ser su mamá. ¡Y apenas la conoce!
―Mi amor, no te preocupes, ella también lo quiere mucho, si tan solo vieras el modo en que le brillan sus ojos cuando lo mira, la forma en que lo abraza, lo besa. Te darías cuenta de que no miente.
―No quiero que se acerque más a él, prefiero que lo deje ahora a esperar a que esté más encariñado con ella y sufra tanto o más que cuando se fue Perla. .
―Pero Esteban…
―Pero nada, mamá, debemos buscar la forma de hacerlo, debes ayudarme a alejar esa mujer.
―No estoy de acuerdo contigo, hacerlo, sería lastimar innecesariamente al niño y de paso, estoy segura, a Nicole.
―Mamá, por favor, esa mujer le hará daño a mi hijo.
―Te pido, hijo, que confíes una vez en mí, sé que ella no es mala y contrario a lo que tú piensas, le puede hacer mucho bien a Lucas.
―Mamá, ¿cómo puedo confiar en una mujer que apenas conocemos y que no sabemos cómo actuará llegado el momento? ¿Quién te dice que ella no sabe quiénes somos y se haya acercado a Lucas para ganar nuestra confianza y robarnos?
―Lucas se acercó a ella, no fue al revés.
―¿Y si quiere cazarme y casarme? Así me sacaría todo lo que tengo ¿no?
―Hijo, yo te amo, pero creo que estás siendo un poco paranoico con ella, no es así, te lo aseguro.
―No me vas a ayudar entonces a alejarla de Lucas.
―Lo siento, pero no.
Esteban bufa molesto, gira sobre sus talones y sale de la sala rumbo a su cuarto. Está enojado, no quiere a una mujer en su vida ni en la de su hijo, menos a una desconocida a la que no está interesado en conocer.
● ● ●
Nicole no olvida lo maravilloso que fue pasar la tarde anterior con Lucas, todavía se siente relajada, tranquila. Además, ya no está Claudia para hacerle más daño, ya no tiene miedo. Se acuesta y se duerme casi enseguida con el rostro y las palabras de Lucas en su mente: "Te quiero, mami", lo más hermoso que ha escuchado en toda su vida.
Pero muy pronto se despierta con un ruido seco en su departamento y tarda unos segundos en darse cuenta de lo que ocurre. Una puerta ha sido cerrada con brusquedad, piensa que es Claudia, pero de inmediato recuerda que vive sola. Se levanta y cierra su puerta con llave, quienquiera que sea, no entrará a su dormitorio, sea que se trate de un robo o de Claudia viniendo a molestarla, ella no daría la opción de que nadie entrara a su habitación.
―Ella está en ese cuarto. ―Oye decir a Claudia, Nicole no sabe con quién está―. Seguramente no saldrá la muy cobarde, yo saco mis cosas y nos vamos, no me di cuenta que se me había quedado la ropa sucia, si no, ¡no hubiese vuelto! ―grita hacia el cuarto de Nicole.
Nicole guarda silencio mientras afuera se escucha el ruido de cosas caerse, de vidrios, no le importa que desmantele el departamento, no saldría, no le daría en el gusto de ser humillada por ella o algo peor.
Cuando siente que tiran la puerta de nuevo, advierte que ya se había ido su amiga con quien quiera que haya estado. De todos modos, no sale, no le importa ver en qué estado dejaron el departamento, ya lo vería por la mañana.
De todos modos, se queda sentada mucho rato en la cama, pensando en lo que pudieron haber hecho, decidiendo si salir o no.
El sonido de su celular la sobresalta. Indecisa lo contesta.
―Nicole, ¿estás bien? ―¿Cristóbal al otro lado de la línea?
―Don Cristóbal, ¿pasa algo?
―Eso te pregunto yo, linda, acabo de ver a Claudia con Ruth, se reían de cómo habían dejado tu departamento. ¿Estás bien? ¿Te lastimaron?
―Yo… sí… Claudia estuvo aquí hace un rato, yo no… yo no quise salir de mi cuarto… ―tartamudea.
―Hiciste bien, ¿cómo te encuentras?
―Bien... bien ―contesta sin mucho convencimiento.
―¿Segura que no te lastimaron?
―Sí, por supuesto.
―Me alegra, Nicole, lo siento tanto.
―¿Qué es lo que siente?
―Esto es mi culpa, linda, ellas están molestas porque no hago caso a sus insinuaciones.
―Ellas me acusan a mí de acosarlo a usted.
Él ríe suavemente.
―No me lo recuerdes, linda, me siento un imbécil.
―Quisiera creerle.
―No volverá a ocurrir, te lo juro, aunque eso no quiere decir que dejaré de intentar enamorarte.
Nicole guarda un incómodo silencio.
―Pero no te preocupes, Nicole, me comportaré como un hombre civilizado de ahora en adelante. ¿Te parece?
―Me parece muy bien.
―Bueno, descansa, nos vemos mañana ―se despide con voz profunda.
―Buenas noches.
Nicole mira la hora, la una y cuarenta, ahora le costará volver a dormir. Se gira en la cama y no puede evitar pensar.
Lucas, el niño que le robó el corazón y las palabras: “te quiero, mami” resuenan en sus oídos como una dulce melodía que arropa su alma como un manto que la cubre y protege de cualquier mal, a la vez que le da la fortaleza necesaria para seguir luchando y sabe que por él enfrentaría cualquier obstáculo y lo resguardaría de cualquiera que quisiera lastimarlo.
Cierra los ojos recordando sus ojitos, su sonrisa, esos abrazos que la colman de amor.
Sobre esta imagen ideal, se le presenta otra imagen, no tan agradable, la del hombre del ascensor, sabe que en su ataque de histeria el hombre reaccionó de la mejor manera que pudo; aunque ella no se había comportado bien con él, agradece el no haber estado sola en ese momento. Recuerda la discusión en la oficina y luego… él ahí, cerrándole el paso, interrogándola, mirándola con desprecio y odio. No se puede imaginar qué hacía él en el edificio, por el piso al que iba, seguramente era un cliente de Cristóbal. Lo único que esperaba era que no le contara a su jefe de esos impasses o se echara a perder alguna transacción comercial por su culpa.
Cristóbal. ¿Qué de verdad había en su última conversación? ¿Dejaría de acosarla de la forma en que lo hacía? ¿Ya no la quería como su sumisa esclava s****l?
Los ojos se le cierran, está cansada y ya ha pasado más de una hora con los pensamientos de una y otra cosa, remembrando las conversaciones y buscando un mejor modo de haber afrontado la situación, creando nuevas conversaciones en su mente, intentando hacerlo mejor que antes.
Sin darse cuenta se duerme enredada en las imágenes que no cesan.
● ● ●
Cristóbal, sentado en la esquina de un bar, ve llegar a Claudia y a Ruth, su secretaria personal, se ríen como si hubiesen hecho una gran maldad. En silencio, se desliza entre la gente y se ubica detrás de ellas, algo le huele mal y necesita saber el qué.
Efectivamente, se da cuenta que algo habían hecho a Nicole al oírlas hablar y burlarse.
―Esa idiota ni se imagina la sorpresita que le dejamos en el departamento ―le dice Claudia a Ruth con la risa en sus labios.
―Eres mala ―ríe la otra también―, en todo caso se lo merece. Así dejará de andar hablando estupideces ―le contesta Ruth.
―Claro que se lo merece ―responde Claudia.
―Cristóbal se hubiera quedado con cualquiera de las dos ―asegura Ruth.
―O con las dos ―afirma la otra con mirada pícara.
Cristóbal piensa en ese momento que debería despedir a Ruth y a Claudia, pero luego lo analiza y decide que lo mejor es tenerlas cerca, donde sabrá lo que hacen y sabe muy bien cómo hacer para saberlo todo.
Se vuelve a su mesa y llama a Nicole, quiere saber si está bien, si esas perras la habían lastimado o si lo que le habían hecho a su departamento era grave. Nicole le responde que todo está bien y él se calma. Ahora que está tomando otra estrategia para conquistar a Nicole, debe estar ahí para ayudarla, ser su paño de lágrimas, ser su amigo, su confidente, el hombre en el que ella pudiera confiar a ciegas, sabiendo que no la defraudaría ni la dejaría sola, que estaría con ella en las buenas y en las malas, que nunca, jamás, le fallaría. Así, de ese modo, podría llegar a su alma y corazón y en cualquier momento, sería suya como tanto lo ansía.
Pero esta noche desea olvidarse de Nicole, a quien no le importó que él se hubiese preocupado, estaba distante, temerosa también, a pesar de que él le había asegurado que no la volvería a lastimar. No le cree. Eso lo molesta, lo hiere. Él está enamorado de Nicole y no encuentra la forma de hacérselo saber, ella no se deja, por más esfuerzos que realiza, no cede. ¿Qué puede hacer para hacer que ella se fije en él? Es la pregunta que se dice y repite en su mente. De pronto, algo hace chispa en su cerebro. ¿Y si averigua la verdadera historia de Nicole y ya no hace caso a los chismes que circulan a su alrededor? Porque Claudia, definitivamente, no es buena amiga; después de lo de la otra noche, le quedó claro que lo que Claudia decía era mentira y quizás lo que le contó acerca de su fracasado matrimonio no era cierto tampoco y en vez de ser la victimaria en esa relación, Nicole podría haber sido la víctima, por eso reaccionaba de la forma en que lo hacía. De hecho, su actitud es la de una persona herida.
Vuelve a mirar a las chicas. Sonríe. ¿Claudia había dicho con las dos? ¿Por qué no? ¿Quién podría saberlo? Y si se sabía, si Nicole lo sabía, se aclaró en su mente, siempre podría negarlo, con las actitudes de Claudia en los últimos días, nadie le creería a ella. Y Ruth... Ruth no tendría posibilidades de trabajar en otro lugar si hablaba de más.
El hombre camina ladino hacia las mujeres. Claudia tiene su rubio cabello suelto y parece más baja, seguro anda sin los tacones que usa siempre en la oficina. En cambio, Ruth, una mujer de veintisiete años, pelo n***o y lacio, ojos grandes, es bonita, de una belleza diferente, pero no es eso lo que él busca, él quiere saciar su anhelo, nada más y, de paso, averiguar un poco más acerca de Nicole con Claudia. Necesita saber la verdad y debe saber por dónde empezar. Si quiere bajar todas sus defensas y hacerla caer rendida a sus brazos debe conocer sus puntos débiles y sus fortalezas.
Llega donde se encuentran las muchachas y pone ambas manos en la mesa, las mira con intensidad.
―Hola, qué bueno encontrarlas aquí. ―Les sonríe cautivando sus miradas, sabe muy bien cómo hacerlo.
―Jefe... ―Claudia es la primera en reaccionar.
―Podríamos ir a otra parte, acá hay mucha... gente ―dice mirando alrededor, con un claro doble sentido.
Las muchachas se miran con los ojos muy abiertos, es su sueño hecho realidad y a la vez, es algo que jamás pensaron concretar. ¿Las dos con él?
―¿A dónde? ―pregunta Ruth con sus vocecita chillona y nerviosa.
―A un lugar más... íntimo. ¿No les gustaría? Esta noche estoy solo, ustedes están aquí y necesito un poco de compañía, pero en otro lugar, no quiero que mañana la prensa las tache de quizá qué cosas y anden en boca de todos.
―Claro ―admite Ruth tomando aire―, nadie tiene que enterarse.
Cristóbal se da cuenta entonces que ambas caerán rendidas a sus pies esa noche. Sonríe y ambas se levantan como autómatas.
―Vamos, chicas, lo pasaremos muy bien esta noche los tres.
Las chicas no tienen auto por lo que Cristóbal las lleva en el propio. Se sube Claudia en el asiento delantero con él.
―¿Dónde nos vas a llevar? ―pregunta con coquetería la rubia.
―¿Dónde quieren ir? ―pregunta a su vez Cristóbal, mirando de soslayo a Claudia y por el espejo retrovisor a Ruth.
―A mí me da lo mismo. Podrías llevarnos a tu casa ―sugiere Claudia con descaro.
―No, a mi casa, no ―responde con sequedad, pero luego suaviza la voz―: allí hay mucha gente que no entendería que llegara con dos mujeres, ¿me entienden?
―Claro, no hay problema ―dice Ruth―, podemos ir a otro lugar.
―En la ciudad hay muchos lugares... ―Cristóbal sonríe pensando en todos los lugares que imagina para tenerlas a ambas bajo su dominio y saciarse en ellas. Respira, se concentra en el camino y piensa en qué lugar será el mejor.
―Podemos ir a mi casa ―dice Ruth sacando al hombre de sus pensamientos, lo que hace que la mire sorprendido por el espejo.
―¡Sí! ―exclama Claudia como una niña―. Ahora que vivimos las dos ahí, nadie nos molestará, además ―dice recorriendo con un dedo el brazo masculino―, puedes quedarte ahí, ¿verdad, amiga?
Cristóbal mira a Ruth que se ha puesto roja como un tomate, pero mantiene la mirada del hombre y en sus ojos está pintada la pasión y el deseo. Mira a Claudia que, decirlo está de más, arde en ganas de estar con él. Sólo que un detalle no les aclara, él jamás se queda en casa de ninguna mujer, puede acostarse con muchas, pero despertar... con ninguna.
Cristóbal nota una cuota de duda en su secretaria, no se le puede escapar, no ahora que está entusiasmado con esas dos bellezas que tantas ganas le tienen y con las que puede pasar un buen rato.
―Podemos pasar a comprar algunas cosas para comer y algo para beber, así podremos conversar tranquilamente, ¿no? O nos vamos directamente y pedimos algo por teléfono.
―A mí no me queda dinero, me lo gasté todo el otro día en la disco ―replica Claudia.
―Por supuesto que yo voy a pagar, de todas maneras, ¿tan poco te paga tu jefe que no te alcanza? ―le dice con coqueta ironía.
―Sí, creo que voy a tener que renunciar. ―La rubia se acerca y se soba en su brazo como si fuera una gata en celo.
―O pedir un aumento ―repone él con deseos que haga lo mismo, pero sin ropa.
―Sí, también, ¿crees que me lo dé?
―Si haces bien tu trabajo, no dudo que lo haga ―contesta poniendo una mano sobre su muslo, mucho más arriba de la rodilla, ella abre un poco las piernas, para que llegue más adentro. Él sonríe y la mira brevemente. Ella está demasiado excitada y eso le gusta, sabe que esta será una muy buena noche.
Luego mira por el espejo retrovisor y se relame los labios mientras ve a su secretaria. Mueve un poco el espejo para ver, no su cara, si no el nacimiento de sus senos.
―Ruth, ¿de verdad no te molesta tenerme en tu casa? ―la pregunta en una abierta provocación a lo cual la joven responde con un tímido: "no". Cristóbal comprende que ambas están en sus manos.