Luego del buffet de bienvenida, Isabella se refugió en su habitación intentando reflexionar sobre lo ocurrido, en cuestión de minutos, Miguelina le llevó un té para tratar de apaciguar sus nervios y aconsejarla por órdenes del rey, mientras Vladimir mantenía ocupados al Gran Duque y a la Duquesa en el jardín.
— ¿Pero cómo se le ocurre presentarme como su hermanastra? — cuestionaba Isabella — ¿en qué estaba pensando el rey, Miguelina? No entiendo
— Isabella, hija, no deberías estar tan molesta, el rey sólo te hizo un favor — le respondió
— ¿Un favor? ¿De verdad lo crees? Si sólo han estado tratando de humillarme y es muy agotador convivir con esas personas, yo no quiero mantener esta farsa
— Isabella, no puedes desobedecer a tu rey
— Me niego a seguir siendo su burla y no entiendo qué clase de juego es este, nunca lo voy a entender
— ¡Eso no hubiera sido necesario si tú hubieras hecho la reverencia como todos los demás! — interrumpió el rey que había alcanzado a escuchar las últimas palabras de Isabella — ¡Y si portaras el uniforme como el resto del personal!
Isabella lo miraba asustada por sus palabras, pues seguía sin comprender la intención sus acciones
— No comprendo, su majestad — expresó
— Miguelina, por favor, lleve un poco de jugo al jardín y aperitivos — ordenó el rey
— Sí, mi señor — Miguelina se fue y el rey se quedó con Isabella a solas
— El Gran Duque Oscuro y toda su familia son muy conservadores, si se percataran que te he permitido comportarte de esa manera siendo una simple sirvienta, ¡Me acusarían de adulterio!
— Pero aún no está casado
— No, pero me tendría que olvidar de mi compromiso con Alondra de inmediato, ¿eso es lo que quieres, Isabella? ¿Verme infeliz y envuelto en más habladurías de las que ya hay?
— No, su majestad, me disculpo por mis errores — dijo Isabella tratando de imaginar a un rey más gruñón que de costumbre
— De nada sirven tus disculpas, mejor prepárate para el evento de mañana, ya que tienes que causar una gran impresión, una muy buena impresión en ellos, y explícale a Enrique cuál será tu posición durante el evento
— ¿Eso quiere decir que puedo salir a verlo?
— Sí, pero sólo unos minutos para informarle y que Alaisa te acompañe
— Sí, señor, gracias
El rey regresó al jardín para acompañar a sus visitantes, mientras que Isabella y Alaisa salían del palacio.
— Querido, ¿dónde está tu hermanita? — preguntó Alondra con curiosidad
— Le dí permiso de salir un momento, debía comprar unas cosas para mañana
— Es una lástima que no esté por aquí — dijo con ironía
— Debes tener mucho cuidado con ella, — injirió Sebastián — aunque esté comprometida, sus acciones pueden dar mucho de qué hablar y dañar, no sólo su propia reputación, sino la de todo el palacio, incluyéndote a ti, Vladimir y no me gustaría que mi hija se viera envuelta en algo así
— Lo sé, Sebastián, pero no hay nada de qué preocuparse, Isabella es respetable e inteligente y sabe lo que hace — explicó
— Creo que confías demasiado en ella, querido — insinuó Alondra
— Sólo lo necesario, querida, por favor, no te pongas celosa de ella, nunca podría verla como mujer ni como nada, sólo es mi hermana
— Te creo, querido, te creo — mencionó ella incrédula.
Luego de informar a Enrique sobre la situación que vivirían al día siguiente, Isabella y Alaisa regresaron al palacio manteniendo una conversación amistosa como de costumbre.
— Eres muy afortunada, — expresó Alaisa — mira que casarte con tu primer amor y sin ningún inconveniente de por medio, es como un sueño hecho realidad
— Lo sé, Alaisa, y me siento dichosa con ello
— Se te ve desde lejos la felicidad, ¿sabes? Eso nos da esperanza a las demás, crecí creyendo que ese tipo de cosas sólo le sucedían a las princesas y nunca a alguien como nosotras
— Pues yo no soy una princesa, como sabes bien, y sí, es es como un hermoso sueño de amor del que no espero nunca despertar
— Y Enrique es tan guapo, tan caballeroso, el hombre perfecto, detallista, se ve que te adora y te respeta
— Eso fue lo que más me gustó de él, que me respeta y me valora
— Lástima que no se puede decir lo mismo de la Duquesa — dijo con voz de susurro
— Siempre hay un roto para un descosido — aclaró Isabella entre risas
— Ya lo veo, — dijo en tono de burla — aunque creo que no le caíste nada bien
— Sí, me dí cuenta desde un principio
— Por suerte, el rey te presentó como su hermana y de seguro, eso te salvó de un castigo
— Sé que inspira miedo, pero dudo mucho que sea así o el rey no se hubiera fijado en ella, ¿o sí?
— Por favor, se le nota la maldad en los ojos y el rey es tan... adicto a la adrenalina
— Bueno, debo admitir que también vi eso en su mirada, aunque creí que eran ideas mías
— Para nada y te sugiero tener mucho cuidado con ella
— Lo tendré muy en cuenta, pero ahora debo hablar de otra cosa
— ¿Hay algo que quieras contarme? — pregunta Alaisa curiosa
— Bueno, ya casi me caso, y como sabes, yo no tengo ninguna experiencia con los hombres — menciona Isabella con timidez
— ¿Así que estás nerviosa por tu noche de bodas? No te preocupes, es algo de lo más normal
— ¿En serio? Pero tengo miedo, he escuchado que la primera vez duele horrible
— De verdad que es algo muy normal, y sí duele, pero depende mucho también del trato que te de tu hombre y estoy segura que con Enrique no tendrás ningún problema con eso, con lo lindo que es
— Pero entiendo que sí duele, ¿verdad?
— Sí, pero te gustará — responde Alaisa un poco burlona
— No entiendo como puede ser que un dolor que me guste
— No es que siempre te vaya a doler, sólo la primera vez, quizá la segunda también, pero como dije, depende del trato que te de tu hombre
— También tengo miedo a no ser lo que él espera, a no saber qué hacer
— Aprenderás de él, te lo aseguro
— ¿De verdad?
— Sí, y para eso debe haber mucha, pero mucha comunicación entre ustedes
— ¿Comunicación?
— Sí y sin que te de pena porque de eso dependen todas las relaciones
— Pensé que dependían del amor
— Sí, pero no, verás, luego le preguntamos a Miguelina, seguro que ella nos puede dar una mejor información al respecto
— Tienes razón, aunque nunca escuché que se casara o algo así
— Bueno, realmente no se necesita un esposo para esas cosas
— Eso es algo... promiscuo — dijo Isabella tapando su boca de inmediato para evitar que se sintiera como una ofensa
— Descuida, no me ofendes y sí, suena promiscuo, pero ya me cansé de la doble moral, es algo tan delicioso
— ¿Doble moral? ¿Delicioso?
— Sí, ¿Porqué a los hombres sí se les permite tener a muchas mujeres antes del matrimonio y a las mujeres no se les permite tener ninguna experiencia? ¿Entonces con quién van a tener esa experiencia los hombres? ¿Si entiendes mi punto, no?
— Creo que sí, un poco
— Y sí, es delicioso, ya lo verás cuando exploten todos tus sentidos
— ¿Eso no es peligroso? — continúa preguntando Isabella
— Para nada, eso es lo delicioso, aunque si resultará que te casas y tu hombre no sabe cómo hacerte sentir en las nubes, nunca sabrás lo que es un verdadero...
— ¡No lo digas! — interrumpe Isabella con pudor
— Bien, me guardaré mis comentarios para cuando Miguelina nos ilumine con su experiencia
— Gracias, Alaisa, de verdad, no sabes lo mucho que me ayudas
— Anda, ya estamos cerca, será mejor que hablemos de otra cosa...