Marcus atravesó los pasillos del castillo con paso firme, su rostro reflejaba la furia que bullía en su interior. Las palabras de Max resonaban en su mente como un eco. Entró en la cocina, donde los sirvientes se apartaron intimidados por su aura de autoridad. —Tú, ven aquí —dijo con voz de trueno, dirigiéndose a Ángela, quien se encontraba con el cabello desordenado y las manos cubiertas de harina. El rey alfa la miraba con un odio descomunal, lo que provocó la conmoción entre los sirvientes, que habían empezado a apreciar a la princesa por su dulzura y calidez. —¿Y ahora qué otra cosa se te ha ocurrido hacer conmigo? —contestó Ángela, ante el asombro de todos los presentes. —Cuida muy bien la manera en la que me hablas, aquí solo eres una esclava, no te olvides —pronunció Marcus con

