Capítulo 19

1866 Words
… —Yo trabajaba en la misma empresa —dijo, mirando al juez—. La señora Barlier y yo presentamos la hoja de vida el mismo día, para el mismo puesto. Pero ella… se aprovechó de que al jefe le gustaba. Se acostó con él para conseguir el cargo, aunque yo estuviera más calificada. Un murmullo recorrió la sala. Mis padres querían desaparecer, la vergüenza se dibujó en sus expresiones. El juez levantó la mano. —Testigo, limítese a hechos verificables. —Sí, señoría. —Sofía no titubeó—. ¿Cómo creen que ascendió tan rápido? Revolcándose con el jefe. El abogado de Vanessa se levantó de golpe. —Objeción, lenguaje inapropiado y difamatorio. El juez lo miró. —Objeción parcialmente sostenida. Señorita Morales, cuide el lenguaje, pero continúe. El tribunal quiere hechos. —Claro, señor —respondió—. Tengo cómo demostrar lo que afirmo. El abogado de Alan dio un paso adelante. —Presente sus pruebas, señorita Morales. Sofía abrió la carpeta y deslizó un sobre hacia el secretario judicial. —Estas fotos —dijo—, fueron tomadas por personal de seguridad del edificio. Muestran a la señora Barlier saliendo con el jefe inmediatamente después de terminar turno… y dirigiéndose directamente a este motel. —Señaló el documento— Esto ocurrió días antes de su ascenso. Y no solo fue una vez. Hay varias fechas registradas. Además hubo varios viajes que la señora Barlier presentó ante su esposo como “viajes de negocios”. —hizo comillas con los dedos—. Nunca fueron viajes de trabajo. Eran escapadas con el jefe. Yo misma cubrí dos de sus turnos para que pudiera viajar. —¿Puede demostrar lo que afirma? —preguntó. —Sí, señoría. —Sofía entregó una carpeta anexa—. Aquí están los reportes internos de la empresa donde consta que no existían esos viajes programados. Y estos —sacó unos tiquetes impresos— son los itinerarios. El jefe los compró con una tarjeta corporativa… no autorizada para uso personal. Pueden cotejar las fechas: coinciden exactamente con las ausencias de la señora Barlier El juez entrecerró los ojos, examinando las imágenes. El abogado de Vanessa trató de recomponerse. —Su señoría, solicitamos verificar la autenticidad de esas fotografías… El juez lo interrumpió. —Ya están siendo verificadas por el secretario. Hasta ahora, todo indica que son consistentes. Continúe. Vanessa empezó a temblar. Su respiración se volvió entrecortada, la expresión de sus ojos era de angustia. Le susurraba cosas a sus padres. El señor Barlier no la miraba. Sofía continuó. —La señora Barlier me pidió varias veces cubrir su turno para poder salir con él. Aquí están los mensajes donde me lo solicita, y donde me promete favores a cambio. —Entregó otro documento— No fue una relación laboral impropia aislada, fue recurrente. Ella traicionó su matrimonio primero. El juez revisó los documentos uno por uno con expresión seria. —El tribunal constata que la documentación presentada es considerable y coherente. Se incorporará completa al expediente —anunció—. Y a la luz de esta declaración, la credibilidad de la demandante se encuentra gravemente comprometida. Vanessa sollozó algo como “no puede ser”, mientras su abogado intentaba calmarla. Yo solo pensé: qué irónico… Ella me llamó puta tantas veces, cuando por un puesto se revolcó con su jefe. La vida sí que sabe devolver golpes. Quería reír histéricamente al ver las expresiones de mis padres, al descubrir los secretos de Santa Vanessa. El juez levantó la vista. —El tribunal hará unas preguntas adicionales antes de proceder con la valoración final. Pero adelanto que la solicitud de indemnización queda en cuestión. Y se evaluará la apertura de una investigación por posible falso testimonio. Alan y yo cruzamos miradas, podríamos respirar de nuevo. El abogado de Vanessa se levantó. —Su señoría, pedimos tiempo para revisar la documentación y verificar… —Ha tenido tiempo suficiente —lo cortó el juez—. Esta prueba es contundente. Y la credibilidad de su representada queda en entredicho de forma severa. Vanessa reaccionó. —¡ES MENTIRA! —chilló, golpeando la mesa con ambas manos— ¡Todo es mentira! ¡¿Cuánto te pagaron maldita?! ¡¿CUÁNTO?! El juez golpeó la mesa con su mazo. —Silencio. Sofía mantuvo el mentón en alto. —No me pagaron nada. Solo vine porque me cansé de ver como usa a la gente y se victimiza, cuando usted es peor. Yo miré a Alan. Él estaba en shock. Todos lo estábamos. Vanessa empezó a llorar… pero no era tristeza. Estaba furiosa. ☆••••★••••☆••••★••••☆••••★••••☆••••★ Narrador omnisciente. Apenas salieron de la sala, se dirigieron hacia la salida. Ale esperaba un poco más adelante, apoyada en la baranda. El abogado estaba revisando unos papeles con Alan, quien por primera vez en semanas respiraba sin sentir que se ahogaba. Ale estaba agotada, pero feliz. Por fin una luz clara al final del camino. Podemos volver a Valencia… descansar… y regresar en enero a cerrar este infierno, pensó. A unos metros, Vanessa la miraba como si la sola existencia de Ale fuera una ofensa. Su respiración era irregular, la mandíbula apretada, ella sentía que todo era culpa de Ale. Seguía culpando a los demás por sus decisiones. Intentó explicarles a sus padres. —Todo eso son mentiras… —escupió— Chismes. Esa tal Sofía es una envidiosa… —miró alrededor como si todos fueran cómplices— Ellos dos inventaron todo. Sus padres estaban descolocados. El señor Barlier tenía el ceño fruncido como si todo lo que creía se hubiera desmoronado en segundos. La señora Dedman buscaba una explicación, algo que encajara con la imagen perfecta que tenía de su hija, pero no encontraba nada. Vanessa sentía la mirada acusadora de su padre, no podía con eso. Se salió de control. Lo que pasó después fue tan rápido que nadie alcanzó a procesarlo. Vanessa se lanzó sobre Ale tomándola del cabello con tanta rabia. —¡MALDITA! —gritó— ¡Seguro estás FELIZ! El tirón hizo que a Ale se le escapara un pequeño grito. Como acto reflejo ella también la agarró del cabello con fuerza. —¡Suéltame! —gruñó— ¡Quítame las manos de encima, maldita loca! Vanessa jadeó entre dientes: —¡Te odio! ¡Te odio, maldita! ¡Todo esto es tu culpa! Cuando Alan reaccionó fue demasiado tarde. Un solo segundo que marcó todo. En medio del forcejeo, Vanessa empujó a Ale. Fue un empujón torpe, desesperado… El talón de Ale resbaló en el borde del escalón. Su cuerpo se inclinó hacia atrás. Ese instante se sintió antinatural, como si todo se hubiera detenido. Los ojos de Alan se abrieron como si algo se le hubiera desgarrado por dentro. La madre de Vanessa gritó. El padre buscó aire. Vanessa se quedó congelada, con el brazo extendido, como si recién entendiera lo que había hecho. A Ale se le escapó un grito mientras caía, uno que sonó a terror. En el segundo escalón sintió una punzada en la espalda tan fuerte que le arrancó un par de lágrimas. En el quinto, el brazo izquierdo crujió, la respiración se le cortó. En el octavo… un dolor profundo, le arrancó el aire del pecho. Una punzada bajo el vientre le arrancó un gemido ahogado, sintió como si una mano invisible desgarrara su interior. Cuando por fin dejó de rodar, quedó tendida, inmóvil. Alan se lanzó y cayó de rodillas junto a ella. Intentó apoyarse y se congeló unos segundos al ver que su mano quedó teñida de rojo al instante. Su voz salió hecha pedazos. —¡ALE!… Ale, mírame… mírame, por favor… —sus manos temblaban sin control— Dios… no… no… Ale no reaccionaba. Su cuerpo estaba torcido. Había un hilo grueso de sangre que le bajaba desde la frente. Otro le escapaba por la comisura de la boca. Un manchón oscuro se extendía desde la parte baja de su vientre, empapando su ropa, deslizándose entre sus piernas con un color más espeso, más alarmante. Se mezclaba con la nieve. A Alan se le heló el alma. Había demasiada sangre. En lo alto de las escaleras, Vanessa seguía rígida, con la mano en el aire. Tenía los ojos abiertos de par en par, incapaces de procesar lo que había hecho. La madre de Vanessa soltó un alarido que rompió el aire. El padre se sostuvo de la pared como si fuera a desplomarse. Los guardias corrieron. El abogado gritó por una ambulancia con la voz temblorosa. —¡No la muevas! ¡No la toques! —le gritó a Alan. Pero él no los escuchaba. Solo veía a Ale, cada vez más pálida. Su respiración era mínima… casi inexistente. Alan se inclinó sobre ella, desesperado. —Aguanta… —su voz se quebró— Cariño, por favor… mírame… Ale, háblame… háblame… —las lágrimas se mezclaban con la sangre en su rostro— No me dejes… no me dejes, joder… El pecho de Ale se movió apenas. Los paramédicos irrumpieron corriendo, dejando caer maleta y camilla a su alrededor. —Despejen el espacio. No la muevan. Uno de ellos se hincó a su lado, palpando rápido su pulso, que era débil, tan débil que Alan sintió que le arrancaban el corazón. —Necesito presión aquí —ordenó el paramédico, mientras otro abría material—. Está sangrando demasiado. Alan retrocedió apenas un paso, todas esas voces sonaban como ecos lejanos. Incluso podía jurar que el corazón se le detuvo porque el dolor que sentía en el pecho era tan grande que no podía respirar. Los paramédicos se movían rápido. La ambulancia salió disparada. Los paramédicos trabajaban encima sin parar. En el monitor se escuchó un pitido irregular. —¡Presión cayendo! —gritó uno, ajustando la máscara de oxígeno. Alan iba sentado junto a la camilla, mirando sus manos ensangrentadas mientras las lágrimas se le escapaban una tras otra. Unos recuerdos muy feos llegaron a su cabeza: cuando sus padres murieron. Cerró los ojos con fuerza, él quería que todo solo fuera una pesadilla cruel. Parecía un hombre que ya había muerto, pero su cuerpo todavía no se había enterado. —Está muy inestable —exclamó el paramédico. Intentaban canalizar otra vía. La primera ya se había llenado de sangre. —¿Responde? —preguntó el conductor desde adelante. —No. Nivel de conciencia cero. Pupilas lentas. Saturación bajando… Para Alan todo eso que decían parecía un lenguaje alienígena, aunque no entendía nada, sabía que todo estaba mal. Se puso peor cuando el monitor empezó a sonar, en ese momento incluso él dejó de respirar. La pregunta se le quedó atorada en la garganta cuando uno de los paramédicos empezó a darle compresiones suaves en el pecho. —¡Se está yendo! —¡Cárgalo, cárgalo! —otro preparaba el desfibrilador portátil—. ¡Listo! Alan sintió cómo el mundo se redujo a un solo sonido: bip… bip… bip. Y a veces, nada. Continuará…
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