Capítulo 3

920 Words
La miré por un segundo y me bastó con ese gesto suyo, el ceño fruncido adorable, esa boquita molesta y esos labios carnosos provocadores para sentir ese fuego que solo ella podía encender en mí sin esfuerzo. Me acerqué. Rodeé su cintura con ambas manos y la atraje hacia mí con fuerza. Su cuerpo chocó contra el mío a la perfección, porque me pertenecía. La besé, profundo, lento, dejándole claro que lo que había cocinado me importaba una mierda comparado con lo que provocaba en mí. Sus labios sabían a ansiedad dulce, a deseo acumulado, a nosotros. Sin dejar de besarla, la tomé por la cintura y la alcé con facilidad, sentándola sobre la mesa. Los platos tintinearon al ser empujados a un lado, pero ninguno de los dos se inmutó. Mis labios bajaron a su cuello, besándola con hambre. —Voy a por el postre —susurré con voz grave, rozando mi nariz contra su clavícula. —¿Y qué postre es ese? —murmuró con una sonrisa malvada. —Tu dragón… quiere comer —dije sin apartar la mirada de sus ojos. Sus mejillas se tiñeron de rojo, esa mezcla de timidez y lujuria que tanto me volvía loco. Bajé las tiras del vestido lentamente, viendo como su piel quedaba expuesta sólo para mí. Lo deslicé hasta dejarla completamente desnuda, sentada frente a mí, con las piernas abiertas sólo para mí. Me arrodillé ante ella como si se tratara de una diosa. Y lo era. Mi lengua comenzó a explorar con la devoción de quien ya conoce cada rincón, pero aún así no me cansaba de redescubrirla como si fuera la primera vez. Ella se arqueó de inmediato, soltando un gemido suave que me supo a gloria. Me aferré a sus muslos, sujetándola con fuerza mientras mi boca se hundía en ella sin piedad. Jugaba con el ritmo, lento cuando quería escucharla suplicar, rápido cuando sentía que ya no podía más. La lengua, los labios, incluso mis dientes rozando con cuidado. Todo era para ella. Conocía cada pequeño punto que la volvía loca. Ella se retorció a la vez que enredó sus dedos en mi cabello, jadeando mi nombre, sonreí contra su piel. —A-Alan… no pares… por favor... No pensaba parar. No cuando tenía su sabor en mi boca, su cuerpo temblando bajo mis manos, su voz convirtiéndose en mi melodía favorita. La llevé al límite y luego un poco más allá. Saboreé cada uno de sus jugos, mi sabor favorito. Cuando terminó, con el pecho agitado, la piel erizada y los ojos brillando, me levanté, besándola con la misma intensidad con la que acababa de devorarla. —¿Sabes qué es lo mejor de este postre? —le susurré cerca del oído— Que puedo repetirlo las veces que quiera. Ella sonrió sin aliento, con las piernas temblorosas y ese brillo en la mirada que me hacía sentir invencible. Tenía toda la noche y una vida entera. No le di tiempo a recuperar el aliento. Ni siquiera a volver del todo a su cuerpo. La tomé por la cintura con firmeza y la bajé de la mesa. Apenas y pudo sostenerse de mis brazos. La giré y la apoyé sobre la mesa de espaldas a mí. Con una mano aparté su cabello para dejar su cuello libre. Besé la curva de su hombro mientras con la otra guiaba mi dragón hacia su centro ya húmedo y desesperado. —Agarra bien la mesa —murmuré con voz ronca contra su oído—. Porque esto no va a ser suave. Y entré en ella con una estocada profunda, certera, tan intensa que su grito fue una melodía maravillosa. —¡Alan! Mi nombre escapó de sus labios como una súplica, un grito mezclado entre dolor y placer. Sentí cómo su cuerpo se aferraba al mío desde adentro, caliente, apretado, perfecto. Mi mano se deslizó por su pecho, atrapando uno de sus pezones mientras la embestía con fuerza. El otro brazo lo llevé a su cuello, lo rodeé con firmeza... Ella conocía mis límites, como yo conocía los suyos. Y ese equilibrio, ese espacio donde ambos confiábamos ciegamente, era donde explotaba nuestra pasión más salvaje. Sus gemidos se rompían con cada embestida. El sonido de nuestra piel chocando, sus uñas arañando la mesa, su voz temblando, jadeando, repitiendo mi nombre solo me excitaba más. Mi cadera chocaba con su cuerpo con fuerza, sin pausa. Su cuerpo se arqueaba, su espalda chocando contra mi pecho. Mi boca se hundió en su cuello mientras no dejaba de moverme dentro de ella, con una fuerza casi animal, con ese deseo que solo ella encendía en mí. —Tu dragón está hambriento, y no piensa dejar ni una parte de ti intacta esta noche —gruñí contra su piel, mordiéndola con ternura y deseo. Todo su cuerpo era un temblor delicioso contra el mío. Su interior se cerraba con fuerza, apretándome, avisándome que estaba a punto de venirse otra vez. —Hazlo —le ordené, moviendo la mano de su cuello hasta su clítoris, acariciándola con movimientos precisos—. Vente para mí mi Sirena, grita mi nombre otra vez. Su grito fue el estallido que me arrastró con ella al abismo. Me corrí dentro de ella con un gemido gutural, sintiendo cómo su cuerpo convulsionaba, cediendo. Nos quedamos así, jadeando, temblorosos, con nuestros cuerpos unidos, mientras mi frente se apoyaba sobre su espalda. No existía nada más que ese instante. Nada más que ella y no me cansaba de tenerla. …
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD