Capítulo 4

676 Words
Valencia tenía ese encanto que no sabía cómo explicar. Pero, si soy sincero, lo mejor de esa ciudad no son sus colores ni sus callejones. Era vivir con ella. Nuestro estudio estaba en la planta baja del edificio, justo a la vuelta de la esquina del piso que compartíamos. En Patraix, un barrio tranquilo. Era un local pequeño, pero con alma. Ella insistió en dividirlo en dos zonas: su rincón creativo, lleno de libros, muestras de telas, maquetas y lápices de colores, y el mío, con mi pantalla curva, mis tabletas gráficas, bocetos colgados en pinzas y pósters viejos de tipografías que a nadie más le importan. Pero la mesa del centro, larga, de roble, era la que más usabámos. Lo curioso era que, pese a las diferencias, funcionamos como un solo sistema. Donde yo empezaba, ella terminaba. Cuando yo perdía el enfoque, ella lo traía de vuelta. Éramos jodidamente buenos juntos. Esa mañana, yo estaba metido de lleno diseñando la identidad de un pequeño hotel boutique en el centro de Valencia. Ale había estado trabajando en los renders de los espacios: el recibidor, la cafetería, las habitaciones. Estaba tan metida que no me di cuenta de que llevaba casi media hora sin moverse de su silla, con las piernas cruzadas sobre el asiento, el pie descalzo por fuera de su zapato. El suéter gris que llevaba caía por un hombro y dejaba ver el tirante n***o del top. Su cabello lo llevaba recogido en un moño caótico que le daba el aspecto de artista genial. Y yo… yo no podía dejar de mirarla. Ella era una diosa perfectamente hermosa. —Sirena… —dije en voz baja, desde mi lado de la mesa, quitándome los lentes. Ella no respondió, solo alzó un dedo, como si me pidiera cinco segundos más para terminar de trazar una línea. Luego soltó el lápiz y me miró con una hermosa sonrisa. —¿Qué? Me levanté, bordeé la mesa y me paré detrás de ella. Apoyé mis manos en sus hombros y la besé en la mejilla. —Tienes pintura en la nariz. —¿En serio? —se rió y miró al techo como si intentara verse. —Y el dragón tiene hambre. Ella se giró lentamente en la silla y me miró desde abajo, mordiéndose el labio inferior. —¿A esta hora? —preguntó, fingiendo sorpresa. —Mi dragón no distingue el tiempo. Mi Sirena, tú lo entrenaste mal. Sonrió, pero fue una risa suave, malvada, porque ya me conocía. Sabía que cuando me acercaba así, era porque me la iba a devorar. Y lo mejor era que lo sabía… y no se iba a resistir. Me agaché, tomé su rostro entre mis manos y la besé, lento, profundo, con una lentitud tan descarada que la escuché gemir contra mi boca. —Vamos a terminar el diseño —susurró, pegada a mis labios. —No. Ahora tengo otra prioridad. La tomé de la cintura y la levanté en un solo movimiento. Ella soltó un gritito suave y se apoyó en mí, con las piernas rodeó mis caderas. La llevé hasta la mesa, haciendo a un lado los papeles, las muestras y el portátil con un manotazo descuidado. La senté y bajé su pantalón sin dejar de besarla. El top le quedó apenas colgando. —Alan… —susurró entre jadeos—. Nos van a ver. —Las persianas están bajas. —Eso dijiste la última vez y entró el repartidor. —Y por eso ahora traigo la puerta con candado. Sonrió, pero su risa se transformó en un suspiro ahogado cuando me arrodillé frente a ella. Le tomé ambas piernas y las abrí, besando desde sus rodillas hasta llegar justo donde me provocaba una ansiedad brutal. —Tu dragón —murmuré contra su piel—, quiere algo dulce. Ella se echó hacia atrás, apoyando las palmas sobre la mesa. Temblaba. Yo ya estaba perdido. Y ahí mismo decidí que no había nada más perfecto que mezclar trabajo y placer con la mujer que más amaba. …
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