Capítulo 5

959 Words
Y si me preguntaban, ¿extrañas Nueva York? La respuesta sería no. Porque tenía algo mejor: a ella y ese rincón de Valencia que se convirtió en nuestro refugio. … Por las mañanas, cuando tocaba abrir el local Ale siempre se quejaba del frío, pero era la primera en entrar con sus carpetas bajo el brazo, su moño desordenado y esa energía dispuesta a comerse el mundo. —Hoy vamos a reorganizar la paleta del proyecto Martí —me dijo apenas entró, quitándose la bufanda. —¿Otra vez? —resoplé, sin dejar de teclear. —Sí. El beige que elegiste da ganas de dormir —soltó, con esa sonrisa que me derretía. —Era elegante. —Cariño, era deprimente. Y tenía razón. Siempre la tenía cuando se trataba de color, texturas o espacios. Yo podía ser bueno con las líneas, la composición y el branding, pero ella… ella veía el alma de los lugares. Le daba carácter a cada espacio como si pudiera hablar con las paredes. Y cuando trabajábamos juntos, el caos que era ella y el orden que era yo encontraba un punto medio perfecto. Al mediodía, siempre insistía en hacer la pausa del café, aunque ella no tomaba café. Últimamente lo suyo era el chocolate caliente con malvaviscos, incluso en verano. Y yo ya ni lo discutía. —Tu dragón necesita azúcar para rendir —me dijo con una sonrisa malvada mientras mordía una galleta. —Tu dragón necesita concentración —le respondí, sin levantar la mirada del monitor. —¿Y si te distraigo? —Sirena… —¿Sí? —dijo apoyando los codos en mi escritorio, acercándose lo suficiente para que mis neuronas hicieran cortocircuito. Esa bella Sirena me tenía loco de amor. Era imposible resistirse a ella. … Ya habían pasado dos años. Imaginé que ese había sido un tiempo prudente para iniciar los trámites del divorcio. Pensé que era el momento justo para que Vanessa estuviera más tranquila y las heridas hubieran sanado al menos un poco. Buscamos un buen abogado que nos asesorara, alguien de confianza que pudiera encargarse de todo el proceso. Yo quería mantenerme al margen, evitar la exposición y sobre todo, no tener que asistir a ninguna audiencia. Todo estaría en manos de él; mi única responsabilidad sería firmar cuando me dijera que todo estaba listo. La verdad, ninguno de los dos quería regresar allá. Pero lastimosamente los planes nunca salen como uno los imagina. Vanessa fue notificada del divorcio y, a pesar del tiempo que había pasado, no lo tomó de la mejor manera. Guardaba demasiado resentimiento. Me mandó a decir que no me dejaría el camino libre tan fácil; incluso insinuó que, si quería el divorcio, debía entregarle todo lo que poseía. Intentó usar el chantaje, y dejó claro que, si no aceptaba sus condiciones, nos veríamos en los tribunales. Según ella, yo tenía más que perder, porque yo fui el que “abandonó el hogar” y el “infiel”. Quería demandarme por daños y perjuicios, alegando una indemnización absurda. En ese momento entendí que el proceso que nos esperaba no sería tan sencillo como había imaginado… estaba dispuesta a llevar la guerra hasta las últimas consecuencias. Reconocía mis decisiones, porque no podía llamar error al hecho de haberme enamorado de Ale. Estaba dispuesto a afrontar las consecuencias de lo que elegí, pero lo que no era justo era que Vanessa quisiera quedarse con todo. En esos dos años Ale y yo habíamos construido demasiado juntos, y no pensaba ceder tan fácilmente a sus chantajes. Si ella insistía, entonces tendríamos que enfrentarnos en los juzgados, si eso era lo que realmente buscaba. ☆••••★••••☆••••★••••☆••••★••••☆••••★ Noviembre sorprendenos, automáticamente; Ese día llegué primero al estudio. Apenas abrí la puerta, sonó mi teléfono. Era el abogado. Su voz fue directa, sin rodeos: me dijo que si no lográbamos un acuerdo, el proceso podría alargarse incluso años. Y lo peor era que tenía todo en mi contra: testigos que confirmarían mi infidelidad, la versión de que yo había abandonado el hogar, y la certeza de que los padres de Vanessa la apoyarían a ella, como siempre lo habían hecho. Un peso cayó sobre mis hombros. No era miedo a perder lo material, era la impotencia de ver cómo Vanessa seguía empeñada en arrastrarnos a su guerra personal. Colgué y cerré los ojos un instante, intentando ordenar mis ideas. Justo en ese momento escuché la puerta abrirse y su risa llenó el lugar. Ale entró con esa energía que siempre parecía encenderlo todo. Llevaba en las manos unos papeles y una sonrisa tan hermosa, con solo verla se contagiaba. —¡Mi Golondrina! —dijo casi sin aliento— Acaban de llamarme… ya nos dieron la fecha de entrega de la casa y del nuevo estudio. ¿Puedes creerlo? ¡Por fin es real! Sus ojos brillaban como si contuvieran todos los sueños que estábamos construyendo juntos. La vi tan feliz, tan ilusionada, que no podía cargarla con lo que acababa de escuchar. Me acerqué, la rodeé con mis brazos y besé su frente. —Eso sí que son noticias, mi Sirena. —sonreí, ocultando el nudo en mi estómago—. Vamos a celebrarlo, porque todo esto es nuestro. —Todavía no puedo creerlo. Tenemos que ir a ver la casa, el estudio… La abracé con fuerza, y pensé; Ojalá el abogado esté equivocado y todo este proceso no se extienda tanto. En ese momento lo único que quería era sostener esa hermosa sonrisa y no dejar que nada la apagara. Continuará…
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