ESPECIAL
POV KAVIN
- Camina, vamos… - arrastro a Cole por la calle tan borracho que no puede sostenerse en pie – Vamos amigo, ayúdame…
- Hoy… salió del hospital… ¿verdad? – pregunta mientras intenta enfocar mi rostro, como si me viera A través de agua turbia e intentara ver mi expresión.
- Sì, hoy le dieron el alta – le confirmo. La verdad es que los demás están con Sue ahora mismo. Pero, puse a trabajar mi satélite las 24hrs para vigilar a este tonto. Gracias a eso, supe en qué estado estaba.
- ¡Una cafetería! – señala, se suelta de mi agarre y con más determinación de la que le he visto en varios días. Entra en el lugar.
- ¡Espera! ¡Son las tres de la mañana! – intento razonar – Regresemos a casa.
- No tengo casa a la cual volver – me recuerda. Lo veo tomar su lugar en una de las mesas y luego sonríe.
- Hola, soy Karl ¿Qué te sirvo? – pregunta el mesero
- Panqueques… -pide – Enormes y llenos de jarabe.
- ¿Algo para beber?
- ¿Tiene cerveza? – le pregunta Cole
- No…
- Solo, tráigale café. O agua – pido sentándome frente a Cole.
- Bien – con la orden lista, se retira tras la barra.
- Amigo, es de madrugada. Debes descansar y…
- Vete si quieres, yo no tengo ganas de nada.
- Cole…
- ¿No lo entiendes? – pregunta arrastrando las palabras, su mirada se pierde en la ventana, en la nada – Hace unos meses lo tenia todo…. ¿Y ahora?
- Se lo que duele perder a la mujer que amas, pero… tienes la oportunidad de empezar de cero.
- No quiero empezar nada – murmura sin verme - solo la quiero a ella – responde, se toca el pecho. Como si con eso, el dolor que siente va a disminuir – La quiero tanto que, no puedo respirar sin ella. Todo el mundo parece tan insignificante, las cosas, la vida misma no tiene sentido – no tengo como responder ante tal declaración. Solo sé que esto acaba de empezar y necesita tiempo para recoger los pedazos de su vida – Y cuando pienso en Ethan… - su voz se quiebra – Es mi culpa ¿entiendes? – regresa su mirada a mí, con los ojos llorosos - ¿Cómo me sobrepongo a eso? – pregunta en un susurro, como si se lo preguntara a él mismo - ¡YO ASESINÈ A MI HIJO! – estalla. Y la confesión le arranca algo del interior, como si al decirlo por fin se permitiera hundirse. En el silencio del lugar, su llanto parece fuera de lugar, como si fuera algún tipo de lamento sobrenatural.
– Lo lamento, hermano – digo en un hilo de voz – Lamento no encontrar aún a Ethan.
La culpa me quema el estómago. Mi constructora avanza, sí, pero lento… tiene que ser así: es una zona de desastre. Aun así, siento que le estoy fallando.
– Te prometo que voy a regresarte el cuerpo de tu hijo – las palabras caen pesadas, vacías, como si las metiera en un agujero sin fondo. Pero es lo único que puedo ofrecer.
– Sé que lo harás – dice, sorbiéndose la nariz. Esboza una sonrisa torcida, rota, sin nada de felicidad, y luego gira hacia la puerta cuando otro cliente entra. – ¿Por qué tardan tanto mis panqueques? – pregunta como si no acabara de romperse en pedazos.
– Hermano, escucha… Está bien hablar. No tienes que fingir conmigo ni con los chicos. Estamos contigo, ¿sí?
– Oh, una treinta y dos – murmura, sin escucharme, con la vista fija en el mostrador, esperando su comida.
– Cole, por favor. No te encierres en… -
Se levanta de golpe. Caminando en línea recta hacia el mostrador.
– ¡Oye! – le grita a Karl y al otro cliente.
– Cole, espera… – me pongo de pie justo detrás de él. Creo que va a reclamar por los panqueques… hasta que veo el arma.
Mierda.
El cliente está asaltando el lugar.
– ¿Puedo ver tu 32? – pregunta Cole, señalando el arma como si fuera un juguete.
– ¡Métete en tus asuntos, blanquito! – escupe el tipo – ¡Apúrate y dame el maldito dinero! – presiona al pobre mesero, quien tiembla igual que el asaltante.
– Solo quiero verla – insiste Cole – Mi primer arma fue una 32.
Como si eso ayudara en algo, pienso.
– ¡Cole, regresa aquí ahora mismo! – ordeno.
– Hazle caso a tu amigo – advierte el ladrón – Si no quieres ver de cerca las balas.
– Pues dispara – lo reta Cole. Su voz es un filo que se rompe – ¡Tira del maldito gatillo!
– ¡Cole! – lo sujeto del hombro. Intento jalarlo.
– ¿Estás loco, imbécil? – pregunta el idiota con la pistola temblando en su mano.
– ¡Dispara! Me harías un favor. Mi vida no podría ponerse peor. ¡Anda! ¡Dispara!
– Maldito loco – y para mi mala suerte, obedece y tira del gatillo.
El estallido resuena como un trueno. La bala pasa rozándonos y revienta una columna detrás.
– ¡Mierda! – murmura Cole.
Y entonces lo veo.
Su aura cambia.
Como si el disparo hubiera activado un interruptor oculto en él.
Cole agarra lo primero que encuentra; algo metálico, pesado y se lo lanza al asaltante. El golpe es seco, brutal, le dió justo en la cabeza. El tipo cae de espaldas y otra bala sale disparada al techo.
– ¡Cole! – grito.
Pero ya no es Cole.
Ya no es el hombre roto llorando por su hijo.
Es algo más... Más oscuro. Más entrenado.
Toma una bandeja de metal del mostrador y empieza a golpear al tipo sin pensarlo dos veces.
– Maldito… hijo de p**a – gruñe con cada golpe.
– Imbécil… pedazo de m****a…
La sangre salpica la bandeja. Después, las manos. Después, el suelo.
Pero Cole no se detiene.
Ni siquiera parece capaz de detenerse.
Cole sigue golpeando, totalmente desconectado del mundo. La bandeja baja una y otra vez, cada impacto más brutal que el anterior. El sonido metálico acompañado del crujir húmedo es insoportable.
El ladrón ya no se mueve.
Pero Cole sí.
Cole tiembla, jadea, gruñe como un animal herido. No ve a nadie más. No escucha nada más. Solo golpea. Solo descarga. Solo destruye.
– ¡COLE! – grito, intentando acercarme.
No me oye.
O no quiere oírme.
Su cuerpo entero vibra con cada golpe, y la sangre salpica su camisa, sus brazos, sus mejillas. Sus ojos están completamente en blanco, abiertos de par en par, como si estuviera viendo algo que no está aquí… algo que lo persigue desde dentro.
El ladrón deja caer el arma. Rodando por el piso hasta mis pies.
Karl grita algo, pero su voz es apenas un murmullo detrás de la furia de Cole.
– ¡Kavin, muévete! – dice Archie entrando por la puerta con una rapidez que no sabía que tenía. No sé que hace aquí, pero agradezco su presencia. Sé que no soy capaz de detenerlo solo.
Me acerco al instante.
Cole no ha parado.
Ni un segundo.
Cada golpe es más descontrolado, más desesperado, más personal.
Como si no golpeara al ladrón… sino a sí mismo.
Como si quisiera destruir la culpa a golpes.
– Cole – intenta Archie, avanzando despacio – ¡suelta eso!
No lo hace.
– Contrólate, joder – repite Archie, más fuerte.
Nada.
Cole levanta la bandeja para otro golpe, esta vez con una fuerza tan violenta que sé que va a partirle el cráneo al tipo.
Archie me mira un segundo. Solo uno. Y ese segundo basta.
– ¡Ahora, Kavin! – ordena.
Saltamos encima de Cole al mismo tiempo.
Yo lo agarro por los hombros, intentando tirarlo hacia atrás.
Archie engancha sus brazos alrededor del torso de Cole, aplicando toda su fuerza para inmovilizarlo.
La bandeja cae con un estruendo.
Cole se retuerce como un animal atrapado, intentando liberarse.
– ¡SUÉLTENME! – ruge, con la voz desgarrada – ¡DÉJENME! ¡DÉJENME MATARLO!
– Cole, basta – gruño, sosteniéndolo con todas mis fuerzas – ¡Ya está! ¡Ya lo tienes! ¡Basta!
Él se sacude, intenta morder, intenta zafarse.
– ¡CÓMO PUDISTE! – grita, pero no sabemos si le grita al ladrón, a sí mismo, a la vida, a Dios o al vacío.
Archie aprieta más fuerte.
– Cole, Contrólate … ¡Reacciona!– repite, pero su voz ya no es una orden.
Es un ruego.
Es su amigo intentando rescatar lo que queda de él.
Cole finalmente se queda quieto.
No calmado.
No consciente.
Solo… agotado.
Sus piernas fallan y se desploma entre nuestros brazos.
Su respiración es un jadeo fracturado.
Su pecho sube y baja como si estuviera a segundos de romperse en dos.
– Lo tengo – dice Archie, sosteniéndolo mientras yo verifico que el ladrón siga vivo. Un pulso mínimo, casi inexistente. Pero está ahí.
Karl solloza detrás del mostrador, temblando.
Cole, en cambio, cae de rodillas, apoyando las manos en el piso lleno de sangre.
– No… – susurra, con la voz rota – No puedo… no puedo más… debo matarlo, solo así...
Se queda callado, no parece consciente de lo que acaba de hacer.
Suspira, como si intentara sacar la tristeza que inunda su alma.
Es un susurro que duele más que cualquier alarido.
Archie se agacha a su lado, le pasa una mano por la espalda y lo obliga a levantar la cabeza.
– Te sacarrmos de aquí, hermano – dice, firme, decidido – Antes de que alguien más llegue.
Cole no responde.
No pelea.
No habla.
Solo deja que lo levantemos, como si su cuerpo ya no fuera suyo.
Y juntos… Archie a un lado, yo al otro… lo sacamos de la cafetería, con el eco de su rabia todavía vibrando en el aire.
-¿A dónde lo llevamos? - Pregunto
- A casa - responde.