- POV ARTEMIS
Veo cómo Cole sigue aferrándose a la mano de Sue mientras ella le dedica una mirada vacía. La verdad es que no quiero estar presente en este momento, pero Sue me pidió que permaneciera a su lado. Aun así, me siento como una intrusa, un fantasma observando algo que no me pertenece.
El silencio del cuarto pesa. Las máquinas respiran por ella, el monitor marca un ritmo lento y constante, pero el aire parece detenido entre los tres. Cole apenas parpadea, y sus dedos tiemblan al acariciar la piel de Sue.
—¿Tanto me odias que prefieres morir antes que regresar a mi lado? —pregunta por fin, con la voz rota—. No entiendo… ¿por qué lo hiciste? Mi amor, ¿en verdad querías morir?
Me duele escucharlo llamarla así, con esa ternura desesperada que me perfora el pecho, me duele por ambos. Sue gira la cabeza con esfuerzo, y su mirada apenas alcanza a sostener la de él.
—No lo soporto —responde casi en un susurro—. No puedo seguir sin mi bebé.
Cole se inclina hacia ella, con los ojos cristalinos por las lágrimas que se obliga a retener, y por un segundo creo que también va a quebrarse.
—Atentar contra tu vida no es la solución —reclama, pero su tono está lleno de dolor, no de reproche.
—Creí que, de esa manera, volvería a estar con él —responde Sue, apenas moviendo los labios.
Cole se queda inmóvil. Su respiración se corta, y por un momento parece no entender lo que acaba de oír. La forma en que la mira es la de alguien que busca una grieta en una pared que ya no existe.
—¿Y qué hay de mí? —pregunta con voz queda, más un ruego que una pregunta—. ¿No te importo?
Sue lo observa con tristeza, pero sin rastro de culpa. Hay un vacío en su mirada que me estremece.
—Ya no hay nada que nos una, Cole.
Las palabras caen pesadas, y entonces veo cómo las lágrimas de Cole resbalan por sus mejillas. No hace ningún esfuerzo por ocultarlas. El silencio que sigue es tan tenso que hasta las máquinas parecen bajar el ritmo — Es como si nada hubiera pasado —añade ella, con una calma que hiere más que cualquier grito.
—No digas eso, por favor… —su voz se quiebra, y sus manos tiemblan sobre la sábana.
—Puede que sea duro —responde Sue, mirando al techo—, pero no voy a perdonarte.
Siento que el aire se me escapa. Observo a mi amigo quebrarse lentamente, como si su felicidad se evaporara de su ser con cada palabra que ella pronuncia. Cole intenta hablar, pero solo consigue un gemido ahogado.
—Me traicionaste… —continúa ella con un hilo de voz—. Lo defraudaste a él… y yo… lo último que quiero es regresar a tu lado.
—No, por favor. Mi Rosa, sabes que significas todo para mí —dice Cole, con la voz hecha pedazos. Se aferra a su mano con tanta fuerza que temo que vuelva a hacerle daño sin darse cuenta.
—Deja de llamarme así —susurra Sue, apartando la mirada—. Ya no soy nada tuyo. Por favor, entiéndelo.
El aire en la habitación se vuelve espeso, irrespirable. Puedo escuchar el pitido constante del monitor, y aun así, lo único que retumba en mi cabeza es la voz de Cole, temblorosa, desesperada.
—No importa, mi amor alcanza para los dos —ruega—. Solo regresa a mi lado, haré lo que sea.
—Por favor… —Sue se encoge, como si cada palabra de él le pesara sobre el pecho.
—Regresarás conmigo, no hay nada más que discutir —su tono cambia, se vuelve más firme, más oscuro. Me preocupa. Si sigue obsesionándose con Sue de esta manera, solo hay una forma en la que ambos van a terminar, y no es con vida.
—Regresaremos a casa —continúa, con una sonrisa que me hiela la sangre—. Podemos empezar de cero.
—Basta —dice Sue al fin, y esta vez lo mira directamente. Sus ojos arden, pero no de amor—. ¿No te das cuenta de lo que haces? Por favor, detén esta locura.
—Me amas, lo sé —insiste él, como si pudiera convencerla con la fuerza de su deseo.
—El amor no tiene nada que ver —grita, y su voz se quiebra—. ¡No quiero estar contigo!
Cole la mira, incrédulo, como si acabara de recibir una sentencia.
—No te daré opción —le asegura, con una calma peligrosa.
El silencio que sigue me revuelve el estómago. Doy un paso adelante, sin saber si debo intervenir, pero antes de hacerlo, Sue pronuncia las palabras que congelan el aire.
—Si intentas llevarme a la fuerza, lo que hice hoy… lo volveré a hacer hasta que logre reunirme con Ethan.
La seguridad en su voz es devastadora. No hay titubeo, no hay miedo. Solo una promesa.
Cole queda helado. Sus labios tiemblan, pero no dice nada.
Y yo… me quedo paralizada.
Porque en ese instante, entiendo que lo que los une ya no es amor, sino dolor.
—Lo haces para castigarme, ¿verdad? —solloza Cole—. Sabes que sin ti perderé lo único bueno que me queda.
Sue lo observa largo rato. No hay rabia en su mirada, ni siquiera reproche, solo un cansancio inmenso.
—¿Castigarte? No… tienes suficiente con tu propia conciencia —susurra—. Al igual que yo.
Su voz tiembla, pero no se quiebra. Y, aun así, la habitación parece llenarse de un eco mudo, como si las palabras se quedaran flotando en el aire, sin saber dónde caer.
—No quiero, no quiero… Sue, por favor… —murmura Cole, levantándose de la silla.
Da un paso hacia ella, y antes de que pueda detenerlo, la abraza. Se aferra a su cuerpo con desesperación, como un hombre que se ahoga y ha encontrado su última bocanada de aire. Recostando su cabeza en su pecho, cierra los ojos, temblando.
Sue reprime un sollozo, pero finalmente cede. Sus manos, vacilantes, suben hasta su cabello, y entre sus dedos se enreda el dolor de ambos. Por un momento, parece que el tiempo se detiene.
—Por todo lo bueno que me diste —susurra ella, con la voz hecha cenizas—. Por todo el amor que me profesas… aléjate de mí, Cole Carter.
El silencio que sigue es tan profundo que puedo oír el pitido del monitor marcando cada segundo, cada respiración contenida.
Él no responde. Solo se aferra a ella, como si la súplica no existiera.
Y yo, desde mi rincón, siento que estoy presenciando la despedida más cruel de todas: aquella en la que el amor aún vive, pero ya no puede salvar a nadie.
—Pídeme lo que quieras, menos esto —suplica Cole, con la voz quebrada—. Castígame con tu desprecio mientras dormimos en la misma cama, golpéame… pero por favor.
Las palabras salen entre sollozos, como si cada una le arrancara un pedazo del alma.
Sue lo observa, con los ojos inundados de lágrimas que ya no trata de ocultar.
—No, no puedo —lo interrumpe con suavidad, aunque su voz tiembla—. Terminemos de la mejor manera lo que empezó con tanto amor.
Cole niega con la cabeza una y otra vez, desesperado.
—El amor sigue allí y no se va a morir —dice, casi sin aire, aferrándose a ella con la fuerza de quien teme desaparecer si la suelta.
Sue apoya una mano en su rostro, temblorosa. Sus dedos acarician la línea de su mandíbula con ternura y resignación.
—No tengo la fuerza para seguir a tu lado, Cole —susurra—. Ya no tengo la fuerza para seguir amándote. No me orilles a la destrucción.
El silencio que sigue es insoportable. Lo siento hundirse en la habitación, pesado, denso, como si faltara el aire.
—Si acepto esto —dice él, aún aferrándose a ella—, ¿prometes no volver a atentar contra tu vida? ¿Me prometes que vivirás feliz?
—Cole… —murmura ella, agotada, sin saber qué decir.
—Solo si lo prometes —insiste, cerrando los ojos con fuerza, su frente apoyada en la suya—. Si lo prometes… yo prometo no seguir insistiendo. Te dejaré en paz, y prometo… —traga saliva, la voz hecha un hilo— que te trataré como a cualquier otra mujer. Solo… continúa tu vida, de una manera feliz.
Sue cierra los ojos, y por un instante ambos permanecen así: abrazados, rotos, sostenidos por la única cosa que les queda: el recuerdo del amor.
Desde mi rincón, apenas puedo respirar. No sé si acabo de presenciar una despedida… o el principio del fin.
—Prométemelo —la presiona, con la voz cargada de súplica.
Sue lo mira, dudando. Sus labios tiemblan, como si la promesa misma le doliera.
—Yo… lo prometo.
Él la ve directamente, y en su rostro aparece una sonrisa tenue, cargada de la más profunda tristeza que he visto en mi vida. Es la sonrisa de alguien que acaba de perderlo todo y aún así intenta agradecer.
—Entonces déjame decir esto una última vez —murmura.
Lo observo inclinarse hacia ella, despacio, con un respeto casi sagrado. La besa castamente en los labios, apenas un roce, un adiós sellado en silencio.
—Te amo, Mi Rosa —le susurra sobre
los labios, con un hilo de voz que apenas logra salir.
Luego se aparta, sin mirarla de nuevo. Se pone de pie y, antes de que nadie pueda detenerlo, sale de la habitación rápidamente.
El sonido de la puerta al cerrarse me retumba en el pecho.
Sue se queda quieta, con la mirada perdida, mientras las lágrimas comienzan a correr sin que haga el menor esfuerzo por detenerlas.
Yo no sé si debería consolarla o simplemente dejarla llorar.
Solo sé que, en ese instante, el amor que los unía deja de ser consuelo y se convierte en herida.