POV ARTEMIS
—Mi Diosa… —siento la voz de Kaleb como un susurro tibio que roza mi mejilla—Ya hemos llegado al hospital.
Abro los ojos lentamente, la cabeza me da vueltas.
—¿Tan pronto? —murmuro, intentando orientarme.
—Te dormiste en el camino —explica con esa calma que siempre usa para ocultar su preocupación—. Deberías descansar más.
—No, ella me necesita —respondo, enderezándome. El sueño aún pesa en mis párpados, pero la preocupación es más fuerte.
Kaleb baja del auto y me ofrece la mano. Sus dedos son cálidos, firmes, y por un momento quiero quedarme allí, aferrada a esa calma que me ofrece.
Tony nos espera en la entrada, con los brazos cruzados y la expresión endurecida.
—Él tiene razón —dice con un suspiro—. No está durmiendo ni comiendo bien. Sus otras amigas también podrían cuidarla.
—Ellas también lo hacen —replico mientras avanzamos hacia las puertas automáticas—. Pero ¿de verdad crees que voy a dejarla sola? ¿A que clase de chica crees que has criado?.
Tony solo sacude la cabeza, frustrado. El olor a desinfectante me golpea al entrar; el aire del hospital siempre huele a miedo. Odios los hospitales.
—Oye… —interviene Kaleb, con cierta duda—. ¿Crees que quiera hablar con Cole?
—Kaleb, ya hablamos de esto —le corto, agotada—. No es momento de presionarla con esos temas y además…
El sonido agudo de una alarma corta mi frase. El pasillo se llena de luces intermitentes y un murmullo inquieto. Luego escuchamos una voz por los parlantes del hospital.
- “Dr. Morgan, código azul en habitación 405. Código azul en 405.”
Me quedo helada.
—¿Dijo 405? —pregunta Kaleb, aunque yo ya lo sé.
—¡Sue! —grito, y salgo corriendo; me tropiezo con mi propio talón y Tony apenas alcanza a sujetarme por la muñeca para evitar mi caída.
—¡Señora, cuidado!
Pero no escucho. Solo corro, arrastrada por el miedo, entre las batas blancas y las miradas confundidas. Alcanzamos el ascensor justo antes de que las puertas se cierren; dentro, el aire parece más denso.
—¿Qué pudo haber pasado? —pregunto con la voz temblando.
—Mi amor, tranquila —dice Kaleb, intentando sonar convincente—. Sue estará bien. Seguramente no es nada grave.
Lo miro con desesperación.
—No digas tonterías. Sabes lo que significa un código azul… —mi voz se quiebra—. ¡Ella podría estar muriendo!
El ascensor sube con lentitud insoportable. Cada número que cambia en la pantalla es un golpe seco en el pecho.
El ascensor se detiene con un golpe seco. Apenas se abren las puertas, salgo disparada por el pasillo. Mi corazón late tan rápido que apenas puedo escuchar otra cosa; todo se vuelve un zumbido lejano.
—¡Permiso! —grito, empujando entre enfermeras y camilleros.
El pasillo huele a alcohol, a metal… y a miedo. El sonido de los pasos, las voces, las alarmas, todo se mezcla en un ruido insoportable. Cuando doblo la esquina, el caos me golpea de lleno.
Frente a la habitación 405, hay hombres armados bloqueando la entrada. Dentro, la escena es un infierno. Médicos corren de un lado a otro; el monitor emite un pitido agudo y constante mientras Sue yace inconsciente sobre la cama, su cuerpo sacudiéndose en espasmos violentos.
—¡Sue! —mi grito apenas se escucha entre tanto descontrol.
El aire parece cortarse cuando distingo a Cole, completamente fuera de sí, con el arma en la mano.
—¡Sálvenla! —ruge, apuntando directamente a los médicos—. ¡Sálvenla, maldita sea!
—¿Qué mierda…? —susurra Kaleb a mi lado, paralizado.
Yo tampoco puedo moverme. Todo sucede demasiado rápido. Archie y Theo están a un costado, rígidos, con los rostros desfigurados por el miedo. Ellie, Sici y Atena lloran sin consuelo, abrazándose entre sí mientras los médicos intentan mantener con vida a Sue.
—¡La perdemos! —grita uno de ellos, presionando sobre el pecho de Sue con fuerza desesperada.
El monitor suena con un pitido plano, mostrándonos la verdad que más tememos ver… Sue no tiene pulso.
Cole quita el seguro de su arma.
—Si ella muere, ustedes también lo harán.
—¡Amenazarnos no servirá de nada! —responde otro médico, con la voz temblando, pero firme.
El silencio que sigue dura un segundo, pero pesa como una eternidad. Todos contienen el aliento.
Sue no se mueve.
El monitor sigue mudo.
—No hay nada que podamos hacer —murmura uno de los médicos, con la voz quebrada. Su mirada vacía lo dice todo. Se aparta, derrotado, mientras otro sigue presionando el pecho de Sue con una determinación que se siente desesperada.
—No… —el susurro de Cole me atraviesa como una puñalada.
Alzo la vista.
Él se queda inmóvil, la mirada perdida en el cuerpo de Sue.
El arma tiembla en su mano.
No necesito más que un segundo para entenderlo.
Va a hacerlo.
Corro.
No pienso, no respiro, solo corro.
—¡Cole, no! —grito, pero mi voz se ahoga entre los sollozos y el caos.
El tiempo se ralentiza. Puedo sentir cada latido golpeando dentro de mí, cada paso pesando más que el anterior. Todo ocurre en cámara lenta: la forma en que él lleva el arma hacia su sien, la expresión vacía en sus ojos, la rendición en su rostro.
—¡NOOO!
Me lanzo sobre él, mis brazos lo alcanzan justo cuando aprieta el gatillo.
El estruendo del disparo me revienta los oídos.
Por un instante, no hay nada. Ni sonido, ni aire, ni luz.
Mi cuerpo choca contra el de Cole, ambos caemos al suelo con un golpe seco. Siento el olor a pólvora quemada, el metal frío de su arma rozando mi brazo, el calor de la sangre; ¿suya? ¿mía?. Alguien grita su nombre, pero el sonido llega distorsionado, lejano, como si todo el mundo estuviera bajo el agua. Mi cabeza da vueltas; creo que me di un buen golpe.
—¡ARTEMIS! —la voz atraviesa el ruido como una ráfaga de luz.
Siento varios brazos a mi alrededor, tirando de mí, levantándome del suelo. El aire vuelve a mis pulmones en ráfagas cortas, entrecortadas.
Cuando abro los ojos, lo primero que veo son los ojos de mi esposo, anegados en terror. Kaleb. Su rostro está pálido, sus manos me recorren buscando heridas.
—¿Estás bien? ¡Háblame, Artemis!
Intento responder, pero mi garganta no produce sonido.
Detrás de él, la escena se desmorona.
—¡Suéltenme! —Cole forcejea con Archie y Theo, completamente fuera de sí —¡No puedo vivir sin ella! —ruge, cpn la voz desgarrada, casi animal—. ¡Suéltenme, le prometí que no la dejaría!
Tony se lanza a ayudar, sujetando a Cole por la espalda. Entre los tres consiguen someterlo. Su arma ha caído a un costado, pero el peligro no se ha ido.
Cole se hunde de rodillas, jadeando, llorando, sus manos temblorosas buscando algo que ya no está.
El eco de su grito rebota en las paredes, un rugido de puro dolor.
Yo solo puedo mirarlo.
Mi cuerpo tiembla, pero mi mente… mi mente no logra asimilar lo que acaba de pasar.
—¡Artemis! —insiste Kaleb, con la mano apretándome el brazo—. ¿Estás bien?
Lo veo, pero no respondo. Mis ojos están clavados en Cole; la imagen de él con el arma todavía arde en mi cabeza. La bala le rozó la cabeza, provocando una línea fina de sangre que le gotea por el rostro e incluso sus manos están manchadas de su propia sangre.
—Él iba… iba a… —mi voz se quiebra, no puedo terminar la frase.
Entonces la voz del médico corta todo el ruido como un hachazo.
—¡Tenemos pulso! —anuncia, jadeando, empapado de sudor. El hombre que no se rindió sonríe con incredulidad.
Cole se queda inmóvil, como si el mundo hubiera dejado de girar. Sus manos, sucias de sangre y temblorosas, tiemblan en el vacío; sus ojos están llenos de llanto y de una esperanza que no se atreve a creer.
—¿Está viva? —balbucea Archie detrás de él.
—La hemos traído de vuelta —responde el médico, con la voz rota.
Un suspiro colectivo atraviesa la habitación. Cole se derrumba. Los chicos aflojan su agarre y, por primera vez desde que llegué, la rabia que siento encuentra salida en movimiento: me suelto de Kaleb, me inclino y tomo el arma de Cole mientras él se desploma sobre sus rodillas de nuevo.
El peso del metal es frío en mis manos; su cañón apunta hacia el suelo. Lo miro a los ojos, y en esos ojos encuentro la rendición absoluta.
—¿Intentaste matarte, idiota? —le pregunto, la voz baja y cargada de hiel.
No espero respuesta. Le doy una patada en el estómago con todo lo que me queda; una patada que es más rabia que cálculo, y lo hago caer de espaldas al suelo de la habitación. El sonido del impacto resuena entre las máquinas y los llantos. Por un segundo, todo se queda en silencio, solo el latido irregular del monitor y mi propia respiración agitada.
Kaleb se acerca y me toma del brazo con fuerza; no es reproche, es miedo. Cole no se defiende, solo se encoge, cubriéndose como si así pudiera contener el desastre que provocó.
No sé si lo que hice fue por protección, por ira o por amor. Lo único que sé es que no voy a permitir que nadie más se lastime hoy.
- Ahora quiero que me expliquen.. ¡¿Qué mierda pasó?! – pregunto aun con la ira a flor de piel.