Nyla…
Toqué la puerta de la casa, respiré hondo, le dije a papá que vendría a verlo, así que aquí estoy muriendo de nervios. No sabía qué iba a decirle, ni cómo explicar lo que acababa de hacer. Había pasado de ser una novia vestida de blanco a una esposa por contrato en cuestión de horas. Todo me sonaba tan absurdo que ni yo misma lo creía.
La puerta se abrió antes de que pudiera volver a tocar.
—¿Nyla?
La voz temblorosa de mi padre me golpeó el pecho como un abrazo. Y luego, sus brazos de verdad me rodearon. Me hundí en ellos sin decir una palabra.
—Hija… —susurró contra mi cabello—. ¿Estás bien?
Asentí, aunque las lágrimas me ardían detrás de los párpados.
—Sí… ahora sí.
Ese abrazo era justo lo que necesitaba. Había pasado tanto tiempo desde que me sentía realmente en casa.
Ethan Spencer no era mi padre biológico, pero para mí lo era todo. Se casó con mamá cuando yo tenía ocho años, y desde entonces me trató como si fuera suya. Nunca hubo diferencias entre nosotras, ni siquiera cuando nació mi hermanita.
Después de que mamá murió de cáncer, cuando yo tenía doce, él no me dejó sola ni un solo día. Me adoptó, trabajó de sol a sol para mantenernos, y aun así siempre encontraba tiempo para preguntarme cómo estaba, si había comido, si necesitaba algo.
Siempre fue un hombre de pocas palabras, pero de gestos grandes. Y yo, por más que creciera, nunca dejé de querer ser digna de ser su hija, así que yo me encargaba de las cosas de la casa y de mi hermana, hacía lo que podia, estaba consciente que yo no era su responsabilidad y aunque él jamás lo reprochó, al contrario, siempre nos dio lo mejor.
Me separé un poco de su pecho para mirarlo. Había envejecido un poco; el cabello, antes castaño oscuro, estaba salpicado de gris, pero sus ojos seguían siendo igual de cálidos.
—Lamento venir así… —murmuré—. Debí decirte que ya venía
—No importa, Nyla. —Su voz era tranquila, firme, como siempre—. Esta es tu casa. Siempre lo será.
Tragué saliva. Sentí un nudo en la garganta que apenas pude disimular.
—Gracias, papá.
—¿Qué pasó? —preguntó, mirándome con preocupación—. Saliste corriendo de ese lugar, yo me lleve a tu hermana, ella tenía que tomar el vuelo en la noche y se quedó igual de preocupada por tí, no podíamos localizarte.
Me mordí el labio. No quería mentirle, pero tampoco sabía cómo explicarle todo sin sentir vergüenza.
—Fue… complicado. —Suspiré—. Currie me engañó, papá.
Ethan no dijo nada. Solo se quedó en silencio, apretando la mandíbula, como si contuviera una maldición.
—Recibí unas fotos justo antes de entrar a la ceremonia. No podía casarme con él después de eso.
—Hiciste bien. —Su respuesta fue inmediata, sin vacilación.
Eso me alivió más de lo que esperaba.
—No me arrepiento —dije con voz baja—, pero me siento… cansada. Vacía.
Me condujo al sofá y se sentó a mi lado.
—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó con calma.
No quería preocuparlo más. Ya bastante había hecho por mí.
—Verás… —empecé, jugando con los dedos—. Pasó algo más. Conocí a un hombre.
Ethan me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué tipo de hombre?
—No es lo que piensas. —Sonreí débilmente—. Se llama Samuel Donovan. Fue una coincidencia. Nos conocimos hoy, en el jardín del edificio.
—¿Hoy? —repitió, sorprendido.
—Sí. —Tragué saliva antes de continuar—. Y… nos casamos.
Él se quedó completamente en silencio. Ni un parpadeo, ni un gesto. Solo su respiración contenida.
—¿Te casaste hoy? —dijo al fin, despacio, como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien.
Asentí.
—Es solo un contrato. Nada sentimental. —Intenté sonar natural—. Él necesitaba ayuda. Iban a quitarle la casa si no cumplía con ciertas condiciones, y… no sé, papá, sentí que debía hacerlo. Es solo temporal, como un trabajo. Viviremos juntos, pero cada quien por su lado. Como… como roomies.
—¿Roomies? —repitió, alzando una ceja.
—Sí. —Forcé una sonrisa—. Solo mientras encuentro otro empleo y empiezo de nuevo. Ya lo he hecho antes, ¿recuerdas? No pasa nada.
Lo miré con una sonrisa que intentaba parecer optimista, pero él me conocía demasiado bien.
—Hija… —dijo con un suspiro—, no tienes que fingir conmigo. Sé que estás dolida.
—Estoy bien, papá. En serio. —Mentí—. Estoy acostumbrada a levantarme.
Él asintió lentamente, aunque no parecía convencido.
—Aun así, quiero que sepas que aquí siempre tendrás un lugar. —Su voz se volvió más firme—. No tienes que enfrentar todo sola.
Las lágrimas me ardieron de nuevo. Bajé la mirada, intentando contenerme.
—Lo sé… pero no quiero ser una carga.
—Nunca lo fuiste. Ninguna de las dos. —Sus ojos se suavizaron—. Me haces sentir orgulloso todos los días.
Esa frase me rompió un poco por dentro. Me recosté en su hombro, como cuando era niña, y por un momento todo el ruido del mundo desapareció.
—Gracias —susurré.
—Además —añadió, intentando aligerar el ambiente—, ya iba siendo hora de que esta casa volviera a tener vida. Estoy cansado de escuchar solo a Rocky ladrar todo el día.
Solté una pequeña risa.
—¿Rocky sigue destruyendo tus pantuflas?
—Cada semana. —Sonrió—. Pero es buena compañía.
—Podrías buscarte otra compañía que no ladre. —Bromeé—. No sé, tal vez una novia, bonita y que no rompa tus pantuflas definitivamente.
Ethan soltó una carcajada.
—Oh, no. Ya estoy muy viejo para esas cosas.
—Viejo, pero con buen corazón. —Le sonreí—. A mamá le gustaría saber que sigues siendo igual.
Él guardó silencio un momento, con una sombra de nostalgia en los ojos.
—A veces la sueño —dijo en voz baja—. Y siempre estás tú ahí también.
Me dolió el pecho.
—Te extraño, mamá… —susurré más para mí que para él.
Nos quedamos así unos segundos. Silencio. Paz. Por primera vez en todo el día, sentí algo parecido a alivio.
Luego Ethan se aclaró la garganta.
—Me gustaría conocer a ese muchacho.
Lo miré, un poco sobresaltada.
—¿A Samuel?
—Sí. Si van a vivir juntos, quiero saber quién es. Al menos tener un número, por si pasa algo.
Asentí.
—Claro, te prometo que lo conocerás pronto. Solo… déjame organizar unas cosas antes.
—Está bien. Pero no tardes.
Me levanté, sabiendo que si me quedaba un minuto más acabaría derrumbándome.
—Tengo que irme, papá. —Tomé mi bolso y el abrigo de Samuel—. Te llamo mañana, ¿sí?
—Cuídate, Nyla. Y no te preocupes por nada.
Me acerqué para abrazarlo otra vez.
—Gracias por no juzgarme.
—Nunca lo haría. —Apretó mis hombros—. Eres mi hija, Nyla.
Salí de la casa con el corazón apretado, pero con una calma nueva. No sabía qué me esperaba con Samuel, ni cómo explicarle a todos lo que había hecho, pero al menos tenía un punto de partida.
Llamé a Jenna. Ella no tardó en buscarme con su auto, escucharla decir que iba a matar a Currie me dio un gran alivio, le conté lo de Samuel y que ahora iba a vivir con él, me llevó al departamento de Currie.
Aún tenía la llave así que entramos al edificio, era incómodo, pero necesitaba mis cosas y también cerrar ese capítulo.
—Te desapareces un par de horas y ya tienes a alguien más, quiero tu vida, Nyla.
—No es alguien más, necesitaba ayuda y yo también la necesito —confesé.
—Sé que dijiste que estaba en silla de ruedas, pero… ¿Es guapo? Algo así como la película Yo antes de ti.
—Estás loca, ahora quieres que acabe con su vida.
—Que sea por amor a ti, es romántico.
—Deja de ver tantas películas, Jenna.
Estábamos llegando a la puerta, tomé mi llave y abrí, ojalá hubiera estado vacio, creo que hubiera sido una mejor manera de cerrar el capítulo con Currie, pero no… Ahí estaba sentado en el sofá.
Lo dudé un segundo, no podía verlo y quedarme aquí, me dí la vuelta para irme, tal vez podría venir después.
—Nyla… —corrió hacia mí—. Gracias a Dios. Estás bien. Podemos hablar. Por favor.
Retrocedí un paso.
—No hay nada que decir, Currie.
—Sí lo hay. Fue una tontería. ¡Una sola noche! Tú sabes lo que significas para mí. Eres mi todo, te amo.
—¿Una tontería? —me crucé de brazos—. Me hiciste renunciar a mi trabajo para mudarme contigo, para tener hijos y planear una vida. Me pusiste entre tus prioridades, se supone que teníamos algo especial. ¿Y ahora… esto?
—Te juro que voy a cambiar, Nyla. No volverá a pasar, por favor perdóname —dio un paso al frente para acercarse —. Esta vez te tocará a ti cumplir tus sueños, lo juro. ¿No querías ser diseñadora de modas? Hiciste tu vestido y es precioso, tienes mucho talento, yo te apoyo ahora, buscaré la manera, lo prometo. Solo no te vayas así.
Sentí cómo una parte de mí flaqueaba… solo un segundo. Todos estos años no se borran tan fácilmente.
Y entonces, como si el destino quisiera recordarme lo que era el amor falso, apareció Annie en la puerta de la cocina.
—Currie aquí está la salsa, ya está la película… —su voz fue bajando cuando me vio —Nyla.
Se sorprendió al verme.
—Apareció la zorra —exclamó Jenna.
—Vamonos Jenna.
Se supone que estaba preocupado por mi, así que debería estar buscándome y no con su amiguita en su departamento, caminé afuera del departamento.
—No tienes a donde ir Nyla —exclamó —. Ven aquí, por favor, lo vamos a arreglar, no hagas esto.
Seguimos caminando hasta llegar al auto.
Jenna me observó.
—Me sorprende que no le hayas dicho que te casaste con otro, eso seria épico.
—Ya no somos nada, no tiene que importarle —contesté.
—En eso tienes razón, pero no recogimos nada de tus cosas, ¿qué vas a hacer ahora?
—No sé —suspiré —. Algo se me va a ocurrir.
—Podría darte algo de mi ropa, aunque te quedará apretada con esas curvas tuyas, ¿la quieres?
Miré mi atuendo, era el pantalón y la camisa de Samuel, no le podía quitar más ropa y no tengo dinero para otra cosas.
—Supongo que no tengo opción.
—Oye, pero no lo digas así, mi ropa es linda.
—Lo es —junte mis manos y la mire haciendo una súplica —. Por favor, Jenna, dame algo de tu fabulosa ropa que jamás podría comprarme.
—Con gusto te doy algo mío —encendió el auto —Y luego vamos a tu nueva vida…