Nunca había sentido tanta humillación en mi vida. No por lo que hizo Nyla, sino por la manera en que lo hizo. Gritar frente a todos, tirar el anillo como si yo fuera un cualquiera… eso no se hace. No a mí.
Los flashes de los teléfonos todavía me cegaban mientras los invitados murmuraban. Algunos fingían no mirar, otros no podían dejar de hacerlo. Yo respiré hondo, apretando la mandíbula para no perder el control. No podía darles ese espectáculo. Tenía que mantener la calma.
—Debe haber un error —dije en voz alta, fingiendo serenidad—. A Nyla le enviaron unas fotos falsas. Está nerviosa, eso es todo.
Un murmullo recorrió el salón. Ví como el padre de Nyla se llevó a su hijo y desapareció, como se atreve a irse de esa manera, tiene que buscar a Nyla. Mi madre, en cambio, se levantó de inmediato y vino hacia mí, envuelta en su abrigo de satén blanco.
—Hijo, qué escándalo. —Su tono estaba cargado de fastidio—. Esa chica ha perdido la cabeza. ¿Cómo se atreve a humillarte así?
Asentí con un gesto controlado. Tenía que parecer la víctima. Tenía que parecer el hombre correcto.
—No pasa nada, mamá. La conozco. Es impulsiva cuando está alterada. Se va a calmar.
—Yo te lo dije, Currie —siguió ella, bajando la voz—. Te advertí que no debías casarte con una mujer sin clase. Las de su tipo se desmoronan bajo presión.
No respondí. No porque estuviera de acuerdo, sino porque en ese momento se acercó Phoebe, mi hermana menor. Ella siempre ha tenido ese aire de justicia barata que tanto me irrita.
—¿Qué estás diciendo, mamá? —dijo mirándola con reproche—. Nyla no es ninguna loca. Si hizo algo así, es porque tenía razones.
—¿Razones? —mi madre se giró con una sonrisa de desprecio—. ¿Qué razones puede tener una novia para arruinar su propia boda?
Phoebe me miró directamente a los ojos.
—Tal vez porque lo que vio era cierto.
Sentí cómo la sangre me subía a la cara.
—No empieces, Phoebe. No sabes nada.
—Sé que Nyla no haría una escena sin motivo. —Su tono era firme, casi desafiante—. Ella no es así. Es calculadora, consciente, inteligente… Y si hoy te dejó, hermano, es porque descubrió algo que tú hiciste.
—Cállate. —Mi voz sonó más fuerte de lo que quería—. No tienes idea de lo que hablas.
Phoebe alzó las cejas, con una sonrisa irónica.
—Claro que no. Pero si es cierto, acabas de perder a una mujer que valía más que tú.
La dejé hablando sola. No iba a permitir que me faltara el respeto frente a todos.
Mientras los invitados comenzaban a dispersarse, empecé a dar órdenes, a pedir que bajaran los arreglos florales, que cancelaran la música. Me acerqué a la organizadora, una mujer de mediana edad con un auricular colgando del cuello.
—Escuche, esto fue un malentendido. Vamos a reprogramar la boda. Tal vez dentro de unas semanas, cuando todo se calme.
Ella me miró con una mezcla de compasión y cansancio.
—Haré lo que pueda, señor, pero no puedo garantizar que el lugar esté disponible pronto.
—Encuéntreme una fecha. No importa cuánto cueste.
—Lo intentaré. —Su sonrisa era de compromiso, no de esperanza.
Suspiré, frustrado. Todo tenía que solucionarse. Nyla volvería. Siempre lo hacía. Siempre terminaba cediendo.
De pronto sentí una mano sobre mi hombro. Era Annie.
Llevaba el vestido color rosa pastel que había elegido para ser dama de honor. Se veía hermosa, como siempre.
—¿Puedo ayudarte a recoger? —preguntó con dulzura.
—No tienes por qué hacerlo.
—Claro que sí. No quiero dejarte solo.
Su voz era suave y compasiva, ella había estado conmigo en todo esto de la boda, seguramente estaba preocupada por los detalles. Me rendí.
—Está bien. Gracias.
Comenzamos a guardar las flores, las copas a medio llenar, los recuerdos que nadie se llevó. Todo ese lujo se sentía absurdo, como una broma.
—Todo era perfecto, ¿sabes? —dijo Annie mientras acomodaba un centro de mesa—. Iba a ser una boda preciosa. Una lástima que no se pudo realizar.
—Sí… —respondí distraído.
Ella me miró de reojo, con ese brillo que conocía tan bien.
—Pero seguro cuando hables con Nyla todo se aclarará, ¿no?
—Eso espero.
Hubo un silencio incómodo. Annie bajó la mirada, jugando con el borde del mantel.
—Currie… —dijo finalmente—, hay algo que tengo que decirte.
Me tensé. No me gustaba su tono.
—¿Qué cosa?
—Lamento mucho lo que pasó con Nyla y tu, lo de las fotos especialmente —explicó —. No sé quién las envió, pero no debió hacerlo, esa noche estuvimos juntos y…
El mundo pareció detenerse. Ella tenía los ojos llenos de culpa y movía las manos. La miré horrorizado, luego a todos lados, nadie tenía que escuchar lo que ella estaba diciendo en este momento. Es una estúpidez
—¿Estás loca? ¿Por qué dices eso aquí?
Me aseguré de que nadie más escuchara.
—No vuelvas a mencionar eso, ¿me oyes? Nunca.
—Lo sé, lo sé. —Annie bajó la voz—. Pero tenía que decírtelo. Me siento terrible.
—No. —Negué con firmeza—. Lo que tienes que hacer es callarte. Nadie puede saberlo. Si esto se sabe, lo pierdo todo.
Ella asintió, temblorosa.
—Solo quería ayudarte.
—Ya lo hiciste bastante —respondí con sarcasmo.
Me pasé una mano por el cabello, tratando de recuperar la compostura. Tenía que pensar. Nyla había visto las fotos, sí, pero aún podía arreglarlo. Siempre encontraba la forma. Ella era emocional, pero también vulnerable. Bastaba con tocar la fibra correcta. Hacerla sentir culpable. Recordarle todo lo que hemos hecho juntos, todo lo que hice por ella y lo que me falta por darle, eso es.
Nyla… tan ingenua. Me había apoyado cuando no tenía nada, cuando mis padres me dieron la espalda. Dejó sus sueños de diseñadora por ayudarme a conseguir estabilidad. Siempre me decía que quería volver a la escuela, diseñar y conseguir algo de modista, pero yo le explicaba que eso era riesgoso, que el arte no daba de comer, que lo mejor era que se dedicara a mí, a nuestra casa. Y ella lo aceptó, sonriendo, como si fuera feliz con esa jaula.
Era perfecta así: dócil, entregada. No podía perderla. No después de todo lo que había invertido.
Cuando terminamos de recoger, los empleados del salón se llevaron las últimas cajas. Annie se quedó un momento más, de pie junto a mí.
—¿Vas a buscarla? —preguntó.
—Sí. —Mentí—. Pero primero voy a cambiarme.
Ella asintió.
—¿Quieres que te acompañe? No deberías estar solo.
No respondí. Caminamos hacia el estacionamiento. Mi reflejo en el vidrio de uno de los autos me devolvió la imagen de un hombre arruinado, con el traje arrugado y la mirada perdida. No podía permitirlo. No podía mostrar debilidad.
Cuando llegué al departamento, el silencio era insoportable. Las flores que Nyla había traído días atrás estaban marchitas sobre la mesa. La nevera vacía. Ni una nota, ni un mensaje.
—Seguramente está con sus amigas —murmuré, tirando la chaqueta al sofá—. O con su padre, ese imbécil que siempre tiene una opinión para todo.
Jenna seguramente está con ella y no la voy a llamar, Jenna me odia, siempre tiene esa cara de desprecio, Nyla no debería ser amiga de ella, ya se lo he dicho, pero parece que no logra deshacerse de ella, también puede estar con su padre, ese hombre tampoco me quiere, al menos ya no será un problema después de que nos casemos.
Caminé hasta el estudio y me dejé caer en la silla. Encendí el ordenador, abrí mis correos. Trabajo pendiente, mensajes de clientes. Todo lo que construí, todo lo que ella nunca entendió del todo.
Recordé los días en que apenas tenía dinero y Annie me rechazó. “No eres mi tipo”, me dijo. En realidad quiso decir “no tienes lo suficiente”. Y ahora, mírala, aquí, dispuesta a limpiar mi desastre. Qué ironía. Anie es preciosa, una mujer hermosa con sus ojos café y su cabello largo, siempre huele bien, aunque no es como Nyla, no tiene eso que necesito, Nyla sabe relacionarse con mis clientes, con mis jefes, cocina de maravilla, hace todo lo que le pido, necesito casarme con ella.
Me recosté en la silla, exhalando despacio. Tal vez no todo estaba perdido. Podía usar esto. Podía usarla.
Unos golpes en la puerta me hicieron girar.
—¿Currie? —La voz de Annie se filtró por la r*****a—. Traje algo para distraerte.
Abrí. Ella sostenía una bolsa con palomitas y una película en la otra mano.
—Pensé que podríamos ver algo —dijo con una sonrisa tímida—. Te vi tan mal…
—Estaba por salir a buscar a Nyla.
—No creo que sea buena idea —respondió enseguida—. Ella necesita su espacio. Créeme, soy mujer. No quiere verte ahora.
Me quedé pensativo. Tal vez tenía razón.
—Está bien. Entra.
Ella pasó junto a mí, su perfume llenando el aire. Cerré la puerta.
Puso la película, se sentó en el sofá, y cuando me senté a su lado, apoyó la cabeza en mi hombro. Me tensé, pero no la aparté.
—Todo se va a arreglar —susurró.
—Sí —respondí, mirando la pantalla sin verla—. Todo se va a arreglar.
No importaba cuánto tardará. Nyla volvería. Siempre volvía. Y si no lo hacía, encontraría la manera de que lo hiciera.
Ella era mía.