—Ella se iba a casar y el novio también le hizo algo. —Ah bueno, una prometida resentida, perfecta para tí. —Rob. —Está bien, está bien —levantó las manos —. Pero dime al menos qué piensas hacer ahora. Me inclino hacia adelante. —Necesito que le consigas trabajo. Rob parpadea. —¿Trabajo? —Sí. En la empresa. En diseño, administración, lo que sea. —Samuel… —dice despacio, con esa voz que usa cuando intenta hacerme entrar en razón—. ¿Sabes lo que estás pidiendo? Ella no tiene idea de que eres el dueño de Atelier. Si la meto ahí, va a descubrirlo. —No necesariamente. —¿Y para qué demonios quieres tenerla en la empresa? —Para observarla. Rob se echa a reír otra vez, aunque ahora su risa tiene un matiz de incredulidad. —¿Observarla? Hermano, suenas como un psicópata. —No confío

