Bella Mendoza Fontana. Lloré toda la noche. Y no fue un llanto suave ni de esos que se pueden ocultar bajo una almohada. Fue un llanto torcido, torpe, hecho de sollozos quebrados y pausas donde apenas podía respirar. Sentía el pecho apretado, el alma hecha jirones. Pero no me detuve. No quería detenerme. Me estaba vaciando. Me desahogué con Magnus como nunca lo había hecho con nadie. Le hablé de cada rincón oscuro de mi vida. De lo que era vivir vigilada, reprimida, invisible. Le conté cómo Antonieta me decía que mi cuerpo era una carga. Que mi gordura era una vergüenza. Que debía agradecer que ella me dejara existir. Que nadie más lo haría. Le conté cómo Sara disfrutaba humillarme. Cómo me quitaba cosas. Cómo me miraba como si yo fuera un mueble que estorbaba en su casa. Cómo Ernesto

