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Bella.

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Blurb

Repudiada por su familia... Envidiada por su hermana, maltratada por su madre e ignorada por su padre. Bella, una mujer fuerte que ama sin importar qué a su sangre, pero lo tocará aprender a las malas que alejarse, será lo mejor...

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Mentira conveniente.
— ¡Apúrate! — Grita de nuevo mi madre, con los ojos bien abiertos y los labios pintados de rojo intenso, marcando cada palabra como si fueran bofetadas. Llevaba todo el día estresada, y su impaciencia ahora recaía sobre mí. — Llevas toda la tarde arreglándote y no estás lista. ¡Los invitados llegarán en cualquier momento! ¡Maldita sea! Ponte cualquier cosa. — Entró con paso firme a la habitación, abriendo la puerta de par en par como si fuera la dueña del mundo. Detrás de ella aparece mi hermana menor, con sus grandes ojos curiosos y una sonrisa traviesa, disfrutando del espectáculo. Yo la miro por el espejo. No digo nada. Me limito a sostener el peine en el aire mientras mi estómago se revuelve. La voz de mamá siempre ha sido así: urgente, afilada, impaciente. Pero hoy… hoy me dolía un poco más. — Ayuda a tu hermana a vestirse. Tú eres otra, sirve para algo. Estoy estresada. — Escupe mi madre a mi hermana mientras ajusta su collar frente al espejo de la entrada. Y sin darme tiempo a responder, se marcha como un torbellino. Mi hermana se queda. Avanza unos pasos dentro de la habitación con esa actitud suya tan pulida, tan ensayada. Me mira de arriba abajo como si fuera una mancha en el tapiz. — Bella, — Dice con tono firme pero sin levantar la voz. — no quiero que arruines la cena de esta noche. — Hace una pausa. Me sostiene la mirada. — Así que, por favor, ni siquiera te molestes en arreglarte. No bajes. Le pediré a Nana que te suba la cena. — Da media vuelta con esa elegancia que ha practicado desde niña y sale, dejándome sola. Cierro los ojos. No hay ruido. Solo el latido sordo en mis sienes. Y entonces, me rompo. Me dejo caer al suelo junto a la cama, abrazando mis piernas con fuerza mientras las lágrimas me nublan la vista. Lloro en silencio, como siempre. Porque hasta para llorar me enseñaron a no hacer ruido.               &&&&&&&&&&&&& Minutos después, el sonido de los autos retumbó en la entrada principal, alertando a Antonieta. Se levantó de inmediato, se alisó el traje entallado de satén n***o y se acercó al gran espejo del recibidor. Dio un último vistazo a su reflejo, acomodó su peinado sin una sola hebra fuera de lugar, y con su amado y fiel accesorio 'el anillo familiar que colgaba de una delicada pulsera en su muñeca' se dirigió a la puerta. Los invitados habían llegado. Los señores Rossi descendieron de su automóvil con una elegancia ensayada. Ella, con un abrigo largo de lana gris y él, con una sonrisa afilada como cuchillo de cocina. Antonieta los recibió con brazos abiertos, mejillas maquilladas con precisión quirúrgica y una calidez medida. Sabía lo que estaba en juego esa noche: su marido llevaba meses cocinando una negociación que, de concretarse, les traería más poder, más estatus y, con ello, una posición privilegiada en los círculos que realmente importaban. La cena fue servida después de las presentaciones. La mesa brillaba con cubiertos de plata y copas de cristal tallado. Se hablaba con entusiasmo de política, arte y oportunidades económicas. Risas. Halagos. Todo iba según el plan de Antonieta. Hasta que la señora Rossi, con una sonrisa amable pero curiosa, preguntó: — ¿Y su otra hija? Tenía entendido que tenían dos niñas… — El aire se tensó por un segundo. Antonieta no titubeó. Forzó una sonrisa mientras dejaba su copa en la mesa. — Mi hija mayor, Bella, no se sentía muy bien esta noche. Se siente… indispuesta. — Le dio un sorbo elegante a su vino. — Preferimos que descanse. Ya sabe cómo son las jóvenes… — Una mentira conveniente. Porque la verdad, la que jamás diría en voz alta, era que se alegraba de que Bella no estuviera allí. Le resultaba una presencia incómoda. Era su hija, sí. Pero no como debía ser. Demasiado callada. Demasiado sensible. Demasiado gorda. Y no importaba cuán bello fuera su rostro o cuán dulces sus gestos: Antonieta no soportaba verla. Le recordaba todo lo que no debía existir en su mundo perfecto. Así que esa noche, mientras las risas llenaban el comedor y las copas se elevaban en brindis, Bella seguía sola en su habitación, sin saber que su ausencia era lo mejor que podía haberle pasado a su madre. ****************** A veces la gente habla de soledad como si fuera una etapa. Un lugar pasajero. Una sala de espera hasta que llegue alguien. Pero hay una soledad que no se va, aunque tengas familia, dinero, una casa enorme o una vida “cómoda”. Hay una soledad que nace dentro. Que crece en silencio. Que te acompaña desde que tienes memoria. Desde pequeña, ella supo lo que era sentirse sola… sin estar sola. Tenía padres, una hermana, todo lo que alguien de afuera podría envidiar. Pero lo que pasaba adentro no se contaba. Su madre se encargó de recordarle cada día que no era suficiente. Que estaba de más. Le decía que no podía salir a la escuela como las otras niñas. Que era vergonzoso tener una hija gordita. Le daba clases personalizadas, no por cuidado, sino por vergüenza. Para que nadie la viera. Como si su cuerpo fuera un error. Su hermana la llamaba “ballena”. “Boba”. Se reía si lloraba. Y su padre… simplemente no intervenía. Se sentaba, abría el periódico, cambiaba el canal. La ignorancia también es una forma de violencia. Así se construyó su mundo: en un silencio forzado. En un vacío que no tenía nombre, pero que ocupaba todo. La inseguridad se le pegó a la piel. Como una segunda capa. Aprendió a hablar bajito. A no mirar a los ojos. A evitar los espejos. A desconfiar de los abrazos. Porque cuando te enseñan desde niña que tu presencia incomoda, que tu cuerpo molesta, que tu voz no vale… empiezas a esconderte. No solo del mundo. También de ti misma. Y ahora, ya grande, sigue ahí. Esa sombra. Ese miedo absurdo de ser vista. De que alguien la conozca y también decida que no vale. Como su madre. Como su hermana. Como su padre, que nunca la defendió. Tiene miedo de querer. Y más miedo aún de que alguien la quiera de verdad. Porque cuando creces creyendo que eres difícil de amar, empiezas a preguntarte si acaso mereces algo más que el silencio. Y esa es la soledad más dura de todas. La que te hace sentir sola, incluso cuando estás rodeada de gente. Esa es la vida de Bella, sufrida, dura, nostálgica y dolorosa...

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