De Malas.

1005 Words
En otro lado de la ciudad, lejos de la vajilla brillante y las sonrisas falsas, un hombre de torso amplio y músculos tensos golpeaba con furia el rostro de un sujeto tirado en el suelo. Cada puñetazo caía como un martillo, seco, contundente, dejando un rastro de sangre, dientes sueltos y jadeos entrecortados. — ¡Amigo, basta! ¡Basta, basta, basta! — Gritó otro hombre, más joven, acercándose a toda prisa. Lo agarró por los hombros con fuerza, intentando separarlo. — Lo vas a matar, joder. — El grandote soltó un bufido, pero antes de dejarlo del todo, le dio una última patada en el estómago al tipo en el suelo, que ya ni intentaba defenderse. Solo gemía. — Vámonos, — Dijo, sin mirar atrás. — Necesito un trago. — Su voz sonó ronca, como si contuviera algo más que rabia. Algo más profundo. Algo que ni los golpes podían sacar. Los hombres salieron del callejón con las botas manchadas y los nudillos marcados por la violencia recién hecha. Sin decir palabra, se subieron al auto n***o que los esperaba con el motor encendido. — Llévanos al club. — Ordenó el más joven, sin mirar al chofer. El auto arrancó suavemente, deslizándose por las calles húmedas y oscuras de la ciudad. En el asiento trasero, el hombre musculoso sacó un pañuelo del bolsillo de su abrigo y empezó a limpiarse las manos con furia contenida, como si pudiera borrar lo que acababa de hacer. Minutos después, llegaron al club. Las luces tenues y la música pesada les dieron la bienvenida. No necesitaron decir sus nombres. Los porteros los dejaron pasar de inmediato, abriéndoles el camino con una reverencia casi servil. Subieron directo a la sección privada: Arabia P., el rincón exclusivo donde solo los hombres importantes del negocio tenían entrada. Las cortinas gruesas, los sillones de cuero, el whisky caro. Todo hablaba de poder. El musculoso se sirvió un trago. Luego otro. Se los bajó como si fueran agua. — ¡Basta! — Dijo su acompañante, molesto. — No sé qué te tiene de tan mal humor, pero en serio, no lo vas a arreglar a golpes ni tomándote esos tragos como si fueran agua bendita. ¿Qué es lo que pasa? — El grandote dejó el vaso en la mesa con un golpe sordo y lo miró con los ojos cargados de rabia contenida. — ¡No me des consejos! — Espetó— Estoy estresado hoy. Mi padre está presionando. Quiere conseguirme una marioneta, un puto adorno que cuelgue de mi brazo y sonria en las galas sociales. — Apretó los dientes. Sus labios temblaban de frustración. — Lo detesto. — El otro se quedó en silencio, sorprendido por la confesión. El trago entre sus dedos ya no parecía tan importante. Había más en juego esa noche que solo sangre y licor. — Magnus, tomate las cosas con calma, —dijo Vicent, recostándose en el sillón mientras daba un sorbo a su trago. — confía en mi tío. Él es buen casamentero. — Magnus lo miró. Una mirada afilada, como cuchillo recién afilado. No estaba para sus bromas. No esa noche. — Honestamente, no me molesta casarme, — Dijo, dejando el vaso vacío sobre la mesa de cristal. — siento que necesito una mujer en mi vida. Una que ponga las riendas. Que me domine, que me controle. — Vicent alzó las cejas, divertido. — ¿Tú? ¿Dominado? — Sí, cabrón, — Respondió Magnus con seriedad, aunque sus labios amenazaban con una sonrisa. — pero no ahora. Tengo demasiados negocios encima. Estamos en guerra con media ciudad, Vicent. El puerto, los del este, la policía... Ahorita no es buen momento para pensar en matrimonio y relaciones amorosas. Necesito más tiempo. —¿Tiempo? — Replicó Vicent, riendo. — Tienes treinta años y estás en la flor del juventud. — Ambos soltaron una carcajada. La verdad era que Magnus, con su voz grave, cuerpo trabajado y esa forma de mirar que quemaba, era todo un playboy. Mujeriego empedernido. Le encantaban las piernas largas, las caderas anchas, el aroma de un perfume fuerte y el sonido de los tacones sobre el mármol. Magnus amaba a las mujeres. Las deseaba, las coleccionaba como trofeos, pero nunca se había entregado a ninguna. No aún. Y en el fondo, tal vez por eso andaba de tan mal humor. Porque por primera vez, en medio del caos, sentía que quería algo más que un cuerpo caliente en su cama. Quería una mujer que lo pusiera de rodillas. Pero en su mundo, eso era peligroso. ************** Hay hombres que tienen poder. Y hay hombres que nacieron para el poder. Él era de esos. Un hombre de palabra medida, de pasos firmes, de mirada que no se agacha. Educado, culto, refinado. Pero nadie que lo conociera se atrevía a confundir su cortesía con debilidad. Sabía perfectamente quién era. Y qué merecía. No temía al compromiso. No lo esquivaba como un niño con miedo. Solo pedía algo claro: que valiera la pena. Porque su amor no era un juego. No era un pasatiempo ni una caricia a medias. Él conocía el peso de entregar el corazón. Sabía lo que eso implicaba: tiempo, respeto, cuerpo, alma, nombre. No estaba buscando a una mujer perfecta. Estaba buscando a la indicada. Una mujer que no tuviera que rogar por su lugar. Que no tuviera que gritar para ser escuchada. Una mujer que supiera amar... o que, aun sin saberlo, estuviera dispuesta a aprenderlo con él. Porque si ella lo valía, él la convertiría en reina. No en teoría. No con promesas de papel. Reina real. Porque él ya era un rey. Pero no cualquiera. En el bajo mundo, en las sombras donde el respeto no se pide, se impone… lo llamaban el REY Ese era él. Un rey que no necesitaba corona, pero que al hablar, todos sabían dónde estaba el trono. Y si alguna vez entregaba su corazón, sería solo a una mujer que entendiera esto: amarlo no era un premio. Era un privilegio...
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