Goals.

1048 Words
Bella. Estoy en la biblioteca. Organizo los libros, los coloco en su sitio, repaso con los dedos los lomos desgastados, intentando encontrar un mínimo de orden en el caos que a veces siento por dentro. Hago mi trabajo en silencio. No hablo con nadie. No molesto. Paso desapercibida, como siempre. Cuando llega la hora de salida, en lugar de ir directo a casa, camino hacia uno de los pasillos. Mi favorito. El de las novelas románticas. Ahí, entre historias ajenas, me permito un respiro. Tomo prestado un libro de portada suave y título cursi. De esos que me encantan, donde siempre hay alguien que ama sin medida, que lucha, que encuentra consuelo en otro corazón. Aunque sea ficción, me alivia. No quiero volver a casa. Ya sé lo que me espera. Mi hermana, otra vez, gritándome, insultándome como si mi sola existencia le molestara. Mi madre, mirándome con desprecio, ignorando todo lo que hago bien. Y mi padre... siempre con el teléfono en la mano, en su mundo de trabajo, sin notar lo crueles que son con su hija mayor. No tengo paz. Me siento mal. Me siento frustrada. Me siento cansada. Cansada de fingir que no duele. Cansada de guardar silencio. Cansada... en extremo cansada. Estoy ahorrando dinero. En silencio, sin decir nada a nadie. Quiero mudarme sola. Quiero alejarme de mi madre, de mi hermana, de esa casa que se siente más como una prisión que un hogar. Quizás eso es lo que me hace falta para empezar a vivir de verdad. Respirar sin miedo. Tomar decisiones sin tener que justificarme. Debo dejar de depender de mi padre… de lo poco que me da, cuando se acuerda que existo. Por eso conseguí este trabajo. Llevo un poco más de tres meses aquí. No es mucho, pero es un comienzo. A veces me desespero, siento que nunca va a ser suficiente. No tengo demasiados gastos, pero en mi familia todo cuesta más. No por necesidad, sino por capricho. Somos pudientes, sí. Pero solo cuando se trata de mi hermana. Mi madre controla absolutamente todo: las cuentas, las decisiones, los permisos, el dinero. Y yo… yo solo recibo migajas. Todo lo bueno, todo lo bonito, todo lo útil, es para ella. Yo gasto demasiada tela, dicen. Me quejo mucho, dicen. Nunca soy suficiente, aunque lo intente. Por eso ahorro. Porque un día me iré. Y cuando lo haga, no miraré atrás. Me siento en una de las bancas del parque. El libro está en mis manos, pero no lo abro de inmediato. Respiro hondo. De esos respiros que parecen querer limpiar el alma, aunque sólo consigan aplazar el dolor. Miro a los niños jugar. Sus risas, su inocencia… por un momento, una sonrisa suave se asoma en mi rostro. Me permiten sentir, por segundos, que el mundo puede ser bonito. Luego mi mirada se desvía al carrito de helados. Muero por uno. Uno de chocolate con trocitos de galleta… pero no puedo. No debo. Soy intolerante a la lactosa. Todo me hincha. Todo me inflama. Todo me engorda. Estoy harta de mi cuerpo. Harta de mirarme y sentir rechazo. Harta de intentar y fracasar. Harta de… todo. Siento que no sirvo para nada. Una mujer inservible. No creo que algún día pueda tener un bebé. Tengo síndrome de ovarios poliquísticos. Y lo peor es que nadie entiende cómo eso puede romper a una mujer por dentro. Subo de peso como loca. El arroz me engorda. Los granos me engordan. La leche, el pan, el aire… Todo me engorda. Y todo me duele. Y encima ni siquiera tengo la libertad de tratarme. Porque aunque en casa hay dinero, mi madre no gastaría ni un centavo en mí. Todo es para ella. Para su imagen. Para su hija perfecta. Y yo… Yo no soy nadie. No importo. No valgo. Y eso es lo que más duele. Obesidad prematura... En la vida de Bella, esas dos palabras no fueron una advertencia médica. Fueron una etiqueta, una condena temprana. Desde pequeña, su cuerpo fue el tema central en su entorno. No por ser fuerte. No por ser ágil o talentosa. Sino porque era “más grande de lo normal”. Y eso bastó para que el mundo decidiera que tenía derecho a opinar. Los comentarios fueron su primera herida. “No comas tanto.” “Eso no te queda bien.” “A esa edad ya deberías estar cuidándote.” Desde entonces, Bella aprendió a caminar con la cabeza baja. A esconderse incluso cuando estaba en medio de una habitación llena de gente. Después llegó el diagnóstico: Síndrome de Ovarios Poliquísticos. Y todo cobró sentido. Su cuerpo no era su enemigo, pero tampoco era su aliado. Comía poco, pero engordaba. Hacía dietas estrictas, pero apenas bajaba gramos. Su piel cambiaba, su energía bajaba, su ánimo también. Y lo más duro: la culpa. Como si fuese ella quien elegía vivir encerrada en un cuerpo que no respondía. Con el tiempo, la comida se convirtió en su campo de guerra. No podía beberse un vaso de Coca-Cola sin sentir que estaba haciendo algo “prohibido”. No podía comerse un perro caliente sin imaginar el juicio silencioso de su madre o la burla solapada de su hermana. Vivía vigilada. Y si no la observaban, igual ella ya lo hacía por ellos. Cada bocado tenía un precio: la culpa, la vergüenza, el castigo emocional. Bella había sido criada en una casa donde la belleza era sinónimo de delgadez, y la delgadez era la única forma de ser aceptada. Su madre, una mujer rígida, la escondía del mundo. No le permitía ir a la escuela. Le contrataba tutores privados porque se avergonzaba de su “niña gordita”. Su hermana se burlaba. Su padre no decía nada. Y ese silencio dolía igual que cualquier palabra cruel. Así, Bella creció con miedo de hablar, de acercarse a la gente, de confiar. Con miedo de que la vieran demasiado. O peor: que no la vieran en absoluto. Porque su batalla no era solo contra un diagnóstico. Era contra una infancia rota. Contra un espejo que nunca devolvía algo amable. Contra una sociedad que no entiende que el cuerpo también puede doler emocionalmente. Bella no quiere compasión. Solo quiere paz. Y, tal vez algún día, libertad.
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