Acoso.

1513 Words
Bella. Miro hacia los lados, como si algo dentro de mí me alertara. Es una sensación extraña… Esa clase de presentimiento que se instala en la nuca y baja por la espalda como una advertencia silenciosa. Siento una mirada. Una que no es casual. Una que me desarma. Que me quema la piel aunque no me toque. Me inquieta. Me siento acechada. Sigo escaneando el lugar con la vista, y entonces lo veo: un auto n***o, estacionado a una orilla de la calle. No se mueve. No se va. Por un momento, la rabia me sube al pecho. Quiero pararme y gritar. Quiero desafiarlo, ver si es algún maldito acosador más, otro enfermo que se cree con derecho a observarme. Pero no lo hago. Ese auto no es cualquiera. Es lujoso. Brilla como si no perteneciera a este parque, a esta realidad. Y yo… yo no quiero meterme en problemas. No ahora. No con mi madre buscando el más mínimo error para aplastarme. Así que simplemente bajo la mirada. Ignoro el temblor interno. Me acomodo en la banca, abro el libro… Y me obligo a leer el primer capítulo, fingiendo que nada me sacude por dentro. &&&&&&&&&&&&&&&& Magnus. Minutos antes... — Roberto sigue a esa chica. — Mi conductor me mira para el retrovisor un poco confundido y asiento, dándole la señal de que lo haga, antes de perderla de vista, mientras ella camina cantoneando sus caderas. ¡Qué putas caderas! Tiene una cintura pequeña, unas caderas anchas, piernas gordas, y me imagino que todo en ella es gordo, es delicioso, es grasoso, y entonces siento una comodidad en mis pantalones. Mi amigo se quiere salir. Mi polla está que revienta solo por mirar el exceso de culo que se va moviendo por el anden. Se detiene en el parque y se sienta en una banca; la observo desde la distancia. Sonríe, y es absolutamente hermosa. No sé por qué, pero sonrío también al verla sonreír, y eso es súper raro en mí. Otra vez siento la mirada de mi conductor, y lo miro molesto. O sea, esa chica me llamó mucho la atención. Es hermosa. Tiene unas súper tetas. Mi polla encajaría perfectamente dentro de ellas. — Roberto. — Digo sin apartar la vista de ella. — Llama a Mike. Quiero que investigue a esa chica. Quiero saber todo de ella. Dónde vive. Qué hace. Quién es su familia. Todo. — Sí, señor. — Responde sin inmutarse. — Quiero la información sobre mi escritorio esta misma noche. — Roberto asiente con un leve movimiento de cabeza, como quien está acostumbrado a cumplir órdenes sin preguntar. Enciende el motor. Yo le lanzo una última mirada desde la ventanilla. Está absorta en su lectura, ajena a todo, como si su mundo existiera a kilómetros del mío. Me encantaría quedarme. Seguir observándola. Tragarme sus gestos uno a uno. Pero tengo demasiadas cosas encima. Negocios que no pueden esperar. Reuniones. Tratos. Gente que depende de mis decisiones. Gente que muere por mis decisiones. — Arranca. — Le ordeno, casi en un susurro. Y el auto se pone en marcha. Mientras nos alejamos, dejo una sola frase para mí mismo, como una promesa: "Nos volveremos a ver." ***************** Acoso. Bella camina al trabajo todos los días. No porque le encante caminar. No porque sea una elección consciente de “vida saludable”. Camina porque es la única manera de llegar. Y cada paso es una lucha. No con sus piernas, sino con su mente. Con el miedo. Con la vergüenza. Con el asco ajeno. Con la mirada sucia. Es gorda, sí. Pero tiene un cuerpo que no pasa desapercibido. Cintura marcada. Caderas anchas. Unos senos que no se pueden esconder. Y eso, para el mundo, parece una invitación. Desde pequeña, su madre le repitió que una mujer como ella, una “gorda”, no era deseable. Le enseñó a taparse. A esconderse. A que el silencio era más seguro que la exposición. Le metió en la cabeza que su cuerpo no merecía ser visto. Y si lo era, entonces era motivo de burla. Así que cuando un hombre la mira en la calle, no lo ve como admiración. Lo ve como una trampa. Como un juego cruel. Como una broma pesada. “Mami, qué rica estás.” “Con esa cinturita, ¿a dónde vas tan sola?” “Dame un chance, yo sí te agarro como te gusta.” No son piropos. Son dagas. Ella baja la mirada. Aprieta el paso. Se encoge, aunque su cuerpo no se lo permita. Y mientras lo hace, se pregunta si es ella la que está mal. Si debería cambiar de ropa. Si debería cubrirse más. Si acaso la culpa es suya por existir como es. Pero la verdad es otra. Esos hombres no ven humanidad. Ven carne. No ven miedo. Ven oportunidad. No ven belleza. Ven objeto. Y lo peor: ella no se cree bonita. A pesar de sus curvas, a pesar de que el espejo podría decir otra cosa, Bella no lo ve. Porque su madre le enseñó que su valor era menor. Que el cuerpo que habita no es digno de amor, ni de deseo real. Que si alguien la quiere mirar, es para burlarse. O para usarla. Entonces, ese acoso que otros podrían interpretar como "halagos", en ella solo remueve inseguridades más profundas. Le revuelve el estómago. Le recuerda que nunca ha estado a salvo en su propio cuerpo. Le grita que, aunque camine recta y en silencio, el mundo igual se cree con derecho a invadirla. Y así sigue cada mañana. Camina. Aguanta. Se traga las lágrimas. Se pregunta si algún día podrá ponerse un vestido sin sentir miedo. Si algún día podrá salir a la calle sin el peso de pensar: “¿Qué van a decir ahora?” No es fácil ser mujer. Menos aún cuando tu cuerpo es juzgado por todos. Y mucho menos cuando te han enseñado a odiarlo antes de aprender a amarte. Bella no quiere escándalos. No puede permitírselos. Tiene 25 años, pero en su casa la tratan como si tuviera 10. Como si respirar sin permiso fuera una falta. Como si mirar, responder, o simplemente existir con un poco de autonomía mereciera castigo. Desde que tiene memoria, ha tenido que actuar como si no estuviera. Invisibilizarse. Caminar sin hacer ruido. Callarse cuando tiene opinión. Disfrazar su carácter con una docilidad que no le pertenece. Porque Bella tiene fuerza. Tiene criterio. Tiene agallas. Pero su madre le enseñó que mostrarlo era un acto de rebeldía. Y rebelarse no era una opción. Rebelarse significaba escándalo. Y escándalo significaba vergüenza. Y la vergüenza se paga caro. Bella no puede permitirse ser mal vista. No porque no quiera. Sino porque su vida entera depende de no serlo. Porque si algo de lo que hace llega a los oídos de su madre —algún altercado, algún chisme, alguna “mirada indebida”— será ella quien pague el precio. Y el precio no es otra cosa que lo único que le da respiro: su trabajo. Su madre no puede tolerar que una “gorda” como ella sea motivo de comentarios, mucho menos de atención. Y si Bella pierde su trabajo por “hacerse notar”, por “hacer escándalos”, entonces se le arrebata su única forma de libertad. En la calle, el acoso es diario. Bella es gorda, sí. Pero tiene un cuerpo que no pasa desapercibido: cintura definida, curvas marcadas, caderas amplias. Su sola presencia incomoda o excita. Y para muchos hombres, eso es provocación. Le lanzan frases al oído. Le caminan detrás. Le murmuran asquerosidades. Y cuando ella no responde, cuando los ignora, se enfurecen. A veces, alguno se atreve a acercarse más de lo debido. Y ahí… Bella se transforma. Le brota el carácter que ha tenido que enterrar. Le nace la voz. Se planta. Responde. Enfrenta. Porque sabe defenderse. Porque no es débil. Porque no es boba. Pero enseguida recuerda que no puede ir más allá. No puede gritar. No puede empujar. No puede crear un espectáculo. No puede hacer lo que necesita para protegerse. Porque si alguien lo graba. Si alguien lo cuenta. Si alguien lo repite en voz alta cerca de su madre… Es el fin. Así que muchas veces se hace la tonta. Finge que no escuchó. Que no entendió. Aprieta el paso. Se muerde la lengua. Se traga el coraje. Se protege como puede, no como quiere. En el trabajo es diferente. Allí puede ser ella. Es eficiente. Es amable. Es profesional. Tiene amigos. Allí no es “la gorda inútil”. Allí no es la vergüenza de nadie. Allí es Bella. Y eso no está dispuesta a perderlo. Por eso obedece. Por eso calla. Porque su libertad, aunque mínima, vive ahí. Porque su carácter, aunque escondido, respira ahí. Porque su voz, aunque silenciada en casa, se escucha ahí. Y si eso requiere que se vuelva invisible el resto del día… Si eso significa fingir que no siente, que no sufre, que no existe… Entonces, que así sea...
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