Bella.
La puerta principal rechina un poco al cerrarse detrás de mí. Me quito los zapatos en silencio, como siempre, tratando de hacerme invisible. El aire dentro de la casa está cargado de perfume caro, de risas que no me invitan y voces que me hacen sentir aún más fuera de lugar. Camino despacio por el pasillo y escucho claramente las voces en la sala.
— …me parece un buen muchacho, educado, con presencia. Y con un apellido importante. — Dice mi madre, con esa entonación melosa que solo usa cuando algo le conviene.
— ¡Y viste cómo me miraba! — Ríe mi hermana, feliz. — A la menor señal, se me arrodilla, mamá, te lo juro. — Las dos ríen. Suena como una melodía torcida que me araña por dentro.
— Buenas tardes. — Digo, con la voz bajita, queriendo solo cruzar hacia mi habitación sin ser vista, sin molestar, sin respirar demasiado fuerte.
Pero, por supuesto, no tengo esa suerte.
— ¿Y tú? — Dice mi hermana, girando desde el sofá. — ¿Qué son esas horas de llegar? ¿Saliste del trabajo hace rato o andabas en la calle revolcándote con algún muerto de hambre? — Su tono es dulce, como si lo dijera jugando, pero sus palabras están afiladas como navajas. Me paralizo. No por sorpresa, sino por costumbre. Me obligo a tragar antes de hablar.
— Claro que no… solo... fui al parque a leer un rato. — Me defiendo torpemente, con la mirada clavada en el piso.
— ¿Al parque? ¿Con esta temperatura? ¿Y quién va a leerte a ti, Bella? ¿Un heladero? — Se burla entre carcajadas. Mi madre no dice nada. No porque esté en desacuerdo, sino porque su silencio es su forma de aprobación.
—Yo... yo solo quería... — Pero no termino la frase. Como siempre.
No tengo fuerzas. No tengo espacio. No tengo voz.
— Súbete a tu cuarto — Dice mi madre finalmente, como si yo fuera una sombra que estorba en el decorado perfecto de su sala.
Asiento, callada, tragándome todo. Sintiéndome chiquita, una vez más.
Subo las escaleras, odiando cada paso, deseando que mi habitación fuera otro planeta. Cierro la puerta y me abrazo los brazos. Me repito en silencio que mañana será distinto.
Aunque nunca lo es.
El resto de la tarde transcurre en silencio. En mi habitación, cierro las cortinas y dejo que la tenue luz cálida de la lámpara bañe el escritorio. Me acomodo en la cama, envuelta en una manta suave, con la novela aún entre las manos. Me sumerjo en sus páginas como si fuera otro mundo, uno donde no existen los gritos, ni las miradas que juzgan, ni las comparaciones. Solo palabras. Solo personajes que, aunque ficticios, me hacen sentir menos sola.
El erotismo con el que las autores relatan ciertas escenas son mi parte favorita, hace que mi mente vuele a otro plano y entonces me permito acariciar mi cuerpo al sentir que algunas partes se humedecen. Extrañamente no me siento sucia, más bien liberaba luego de sentir como mi cuerpo detona. Uff necesito un machote como los protagonistas de las historias.
Y si, por unas horas, soy libre.
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En otro lado...
El despacho de su padre huele a madera vieja, tabaco caro y poder. Magnus entra con paso firme, quitándose los guantes de cuero mientras su chaqueta aún cuelga de sus anchos hombros. Lleva horas entre reuniones, números y problemas que estallan como bombas de tiempo, pero su semblante no se agrieta.
— Hijo. — Dice su padre, con voz grave, levantando apenas la vista de unos papeles. — Justo estaba por llamarte.
— Aquí estoy. ¿Qué pasa?
— Un viejo socio de los tiempos de Bucarest me llamó esta mañana. — Empieza, mientras se sirve un coñac. — Dice que tiene dos hijas en edad de casarse. Quiere formar una alianza más sólida, y ya sabes cómo son estas cosas... sangre nueva, vínculos familiares... nietos. Legado. — Magnus se reclina en el sillón frente a su padre, entrecerrando los ojos. No dice nada aún. Y su padre, pues ha estudiado bien como entrarle a su hijo con este tema, pues se está moviendo diligentemente para conseguir una candidata al reunirse con varios viejos amigos. — No las conoces, pero yo vi a la menor en una cena hace poco. Una niña hermosa, Magnus. Si la menor es así, imagina cómo será la mayor. Te darán hijos fuertes, guapos. Harían buena sangre.
— ¿Quieres que me case con una desconocida por conveniencia? — Su voz es tan seca como una bala en la recámara.
— Quiero que pienses en el futuro, hijo. La familia necesita continuidad. Necesitamos mujeres que estén a la altura de nuestro apellido.
— No quiero un compromiso. No ahora. — Responde Magnus tajante, casi con desprecio. — Olvídalo. — Su padre lo observa unos segundos en silencio. El ambiente se vuelve más denso, como si cada palabra pesara una tonelada.
— No puedes huirle siempre a esto, Magnus.
— Puedo huirle a lo que me dé la gana. — Responde él, levantándose, ajustándose los puños de la camisa. — Si algún día quiero una mujer, la elijo yo. No será un trato, ni un favor, ni una moneda de cambio. Y si no te gusta, lo siento... pero no pienso arruinar mi vida por tu nostalgia de abuelo. — Y sin más, da media vuelta y se marcha, dejándolo solo en su despacho, con el coñac aún en la mano.
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“Que lo llamen rebelde, si quieren. Magnus no va a firmar su condena.”
En el mundo de los poderosos, el amor no es más que una debilidad poética.
Allí se negocian apellidos, empresas, terrenos, acciones.
Y cuando toca hablar de matrimonio, se habla como si se hablara de fusiones.
Frío. Calculado. Certero.
Un contrato más. Un apellido menos en peligro.
Pero Magnus no nació para eso.
Creció con otra idea del mundo.
Le enseñaron a pensar, a decidir, a mirar a los ojos, a cuestionarlo todo.
Y ahora, pretenden que se convierta en un muñeco de porcelana, bien vestido, bien hablado, bien amarrado a una desconocida con un apellido conveniente.
No. No va a ser él.
Lo miran como si fuera un error.
Como si su resistencia fuera una deshonra.
Como si decir que no fuera romper con siglos de tradición.
Y sí, quizás lo es.
Pero también es la única forma de honrarse a sí mismo.
Le han ofrecido un matrimonio con cifras, con ventajas, con alianzas que cualquiera en su mundo aplaudiría de pie.
Pero él no quiere un trato disfrazado de boda.
No quiere una mujer que llegue a su vida por obligación, por protocolo, por linaje.
Quiere elegir.
Quiere amar.
Quiere perder el control por alguien que le mueva el alma, no los estados financieros.
Y sí, le han dicho que está actuando como un niño.
Que el deber está por encima del deseo.
Que los sentimientos son un lujo de los pobres.
Pero Magnus no se rinde.
No se va a casar con una extraña por complacer a una familia que confunde amor con apariencia.
Porque, si tiene que traicionarse para encajar en su linaje, prefiere salirse del cuadro.
Prefiere quedarse solo que vivir con una mujer que no eligió.
Prefiere perder el apellido que perder el derecho de amar a quien su corazón decida.
Que lo llamen rebelde.
Él lo llama dignidad.