Flores.

1433 Words
Magnus. — Jefe, el informe está listo. — Anuncia Mike, entrando en la oficina con una carpeta negra bajo el brazo. Magnus no responde. Solo alarga la mano sin levantar la vista de la pantalla. Toma la carpeta y, con una ceja apenas levantada, la abre. Lo primero que nota: no hay foto. — ¿No hay imagen? — No, señor. La chica no tiene r************* , ni perfiles públicos. Nada. Es... bastante discreta. El único lugar donde parece existir es en la biblioteca donde trabaja. — Magnus deja el papel en la mesa y cruza los brazos. — Nombre: Bella F. Edad estimada: 25 años. Vive con su familia. Comenzó a trabajar en la biblioteca hace poco más de tres meses. No tiene historial médico, no tiene amigos visibles. Casi no sale de casa. No hay actividad digital relevante. — Lee en voz baja, y en sus labios se dibuja una mueca interesada. — Es invisible. — Susurra. Mike espera, sin interrumpir. — ¿Y eso es todo? — Sí, señor. No hay más. — Magnus cierra la carpeta lentamente. La imagen de esa sonrisa en el parque sigue presente en su memoria. Fue solo un instante... pero fue suficiente para que algo dentro de él se moviera. Una chispa, una curiosidad. Algo que no ha sentido por nadie en años. — Envía flores. Un ramo. Sin tarjeta. — Mike parpadea. — ¿A su casa? — No. A su trabajo. Cada mañana. — ¿Por cuántos días? — Magnus lo mira con una calma gélida. — Hasta que yo diga lo contrario. — No sé cómo explicarlo sin sonar arrogante, pero estoy acostumbrado a verlo todo. A predecirlo todo. A las mismas caras, los mismos cuerpos perfectos y vacíos, las mismas sonrisas que se doblan ante un apellido o una cuenta bancaria. Y, sin embargo, apareció ella. Bella. Y no tuvo que hacer nada. Ni siquiera intentarlo. No llevaba el vestido más caro ni el maquillaje más llamativo. Solo caminaba, como si el mundo no tuviera idea de quién era. Y tal vez no lo tenga. Pero yo sí la vi. Gorda, sí. Pero Dios... qué cuerpo. Caderas anchas, cintura marcada, curvas que no piden permiso. Bella no se esconde del todo, pero tampoco se expone. Y eso... eso es lo que me jodió la cabeza. Porque no se parece a nada de lo que suelo mirar. Porque no es nada de lo que debería desear. Y, sin embargo, la quiero. Quiero conocerla, quiero que me mire como si tuviera idea de lo que soy. Porque cuando ella entra a un lugar, no ve lo que todos ven. No sonríe por compromiso. No actúa por deber. Actúa como si estuviera sobreviviendo. Y eso me fascina. Pedí que investigaran sobre ella, claro. Nada. Casi nada. Una vida apagada. Anónima. Como si nadie la hubiera mirado bien nunca. Qué desperdicio. Y entonces decidí hacer algo. Algo simple, pero constante. Flores. Todos los días. Sin tarjeta. Sin firma. Sin ruido. No para impresionarla. Para provocarla. Quiero que empiece a preguntarse. Que cada mañana, al ver ese ramo, sienta que alguien está quebrando su rutina. Quiero que sospeche que hay alguien que la ve. Y que no solo la ve... La desea. Porque Bella no es cualquiera. Y no me interesa que el mundo lo entienda. Solo me interesa que lo entienda ella. Y quién quita. Tal vez un día esté en mi cama. Completamente para mí. Y no hablo solo de sexo. Hablo de su risa en la madrugada, de su respiración contra mi espalda, de ese cuerpo desnudo caminando por mi casa como si siempre hubiera sido suyo. Pero, claro... Ohh, mierda... Si llega ese día, espero saber qué hacer con toda esa carne. Porque no es cualquier cuerpo. No es algo que se toma a la ligera. Es de esos cuerpos que te hacen sudar sin tocar. De los que se saborean lento. De los que te hacen decir “gracias” sin necesidad de hablar. Y sí, me calienta. Pero también me revienta el cerebro pensar que nadie la ha sabido mirar. Que nadie se ha tomado el tiempo de explorarla con hambre y con respeto. Y si tengo que ser el primero, pues que tiemble el puto mundo. Porque cuando una mujer como Bella entra en tu vida, o huyes… o te preparas para aprender a quererla con los cinco sentidos.                      &&&&&&&&&&&&&& Con Bella... La mañana siguiente, al llegar a la biblioteca, encuentra un ramo de flores frescas sobre el mostrador. Girasoles, lilas y unas pequeñas rosas blancas. No hay nota. No hay firma. — ¿Alguien dejó esto para mí? — Pregunta a la compañera de turno, un poco desconcertada. — Sí, llegó hace un rato. Dijo el repartidor que era para “la señorita de los libros”. — Bella sonríe con cierta timidez. Piensa que debe ser un error. O una broma. Pero al día siguiente, el ramo vuelve a estar ahí. Y al siguiente. Y al siguiente. Durante semanas, cada mañana, hay flores distintas. Flores delicadas, pensadas, con un aroma dulce que se mezcla con el olor de los libros viejos. Al principio, se asusta. Se siente observada. Pero con el tiempo, empieza a esperarlas. Se acostumbra. Las necesita. Ya no empieza el día igual si no tiene ese ramo entre las manos. No sabe quién las envía. Y no se atreve a preguntar. Porque, de algún modo, esas flores la hacen sentir... viva. Flores frescas, siempre diferentes, siempre hermosas. Ella, que odiaba ser el centro de atención, empezó a esperarlas en silencio. Fingía sorpresa cada vez, aunque por dentro se le aceleraba el corazón apenas cruzaba la puerta. ¿Quién lo hacía? ¿Por qué a ella? Era obesa, acostumbrada a los comentarios hirientes, a las miradas que juzgan, a las veces que el espejo era un enemigo cruel. Había aprendido a convivir con esa voz en su cabeza que le repetía que no era suficiente, que no merecía lo que otras tenían. Y sin embargo, ahí estaban las flores. Un gesto diario que rompía su rutina y le arrancaba un suspiro. Comenzó a necesitarlas. Como una pequeña dosis de fe. Como si cada ramo le susurrara: “importas”. Pero también empezaron a hacerle daño. Porque no sabía cómo lidiar con eso. No podía imaginar que alguien, sabiendo cómo era, la mirara con ternura o deseo. ¿Y si era una broma? ¿Y si era una trampa cruel disfrazada de romanticismo? Entonces llegó el lunes. Entró a la biblioteca y la recepción estaba vacía. No había flores. Ni fragancia, ni color, ni señal alguna de que alguien la recordaba. Y la ausencia pesó más que todo lo demás. Se sintió ridícula por esperar algo que quizás nunca fue real. El hueco en su pecho se llenó de ansiedad. ¿Había hecho algo mal? ¿Ya no era digna de ese pequeño milagro cotidiano? Sentada frente a su computadora, mordía el interior de su mejilla, peleando con su mente. "Esto es una locura", pensó. "Yo no soy de las que reciben flores. No soy de las que enamoran. ¿Por qué me lo creí siquiera?" Y sin embargo, una parte de ella —una que apenas se atrevía a existir— quería seguir creyendo. ‐ Bella. Lloraba mientras pensaba en las flores que dejaron de llegar... Tonta. No era amor. Lo sé. Pero me encantaba. Me encantaba esa idea tonta de que había alguien allá afuera, ciego o loco… o con el corazón lo suficientemente roto como para fijarse en mí. Las flores llegaban cada mañana, sin nota, sin nombre. Solo un silencio hermoso, uno que me hablaba más que cualquier palabra. Y cuando dejaron de llegar… me sentí vacía. Estúpida. Inútil. Era solo un ramo. Unas flores. Nada más. Pero para mí era todo. Porque me recordaba que existía. Que alguien me veía. Y ahora… nada. Volví a ser eso que siempre fui: la sombra gorda que se esconde en ropa grande, la que camina rápido para no incomodar, la que baja la mirada cuando un hombre la observa, porque piensa que es burla, no interés. La que se calla porque su opinión molesta. La que molesta. No sé por qué me dolió tanto. Quizá porque, por primera vez, me sentí suficiente. Y ahora, que no hay flores, que no hay señal, ni siquiera una maldita nota de despedida... me quedo preguntándome si alguna vez valí algo. O si solo fui un capricho pasajero para alguien que se arrepintió. Y juro que no era amor. Pero dolía como si lo fuera.
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