El hedor del callejón era asqueroso. Basura húmeda, gasolina, sudor. Pero nada le importaba a Sara cuando la obsesión la dominaba. Estaba a punto de obtener la información que tanto había buscado: saber dónde estaba Magnus, qué hacía, con quién estaba. Verlo, olerlo, tocarlo. Atraparlo. El tipo frente a ella era una plasta de mierda, un cerdo gordo con aliento de cigarro viejo y ojos brillosos de lujuria. Tenía la mirada hambrienta y la panza reventándole el cinturón. Sonrió mientras levantaba el teléfono. — Aquí está todo — Dijo con voz pastosa. — Pero tú sabes el precio y ya dijiste que no los tienes. Así que... — La miró de arriba abajo. — Me pagas con tu cuerpo. — Sara tragó saliva. Sintió la arcada subirle por la garganta. La desesperación se convirtió en rabia. Fingió una sonris

