Bella estaba acomodando algunos libros de literatura infantil cuando escuchó unos pasos decididos, acompañados por otros más pequeños que arrastraban las suelas con torpeza. Al alzar la mirada, vio entrar a un hombre alto, vestido de traje gris oscuro, con el abrigo doblado sobre un brazo y la otra mano entrelazada con la de un niño de unos seis años. El hombre miró alrededor como si el lugar le resultara ajeno. Su porte era elegante, pero no arrogante. Más bien parecía fuera de lugar, como alguien que vivía siempre entre oficinas y reuniones, y ahora se encontraba, por una razón poderosa, en un rincón silencioso lleno de estanterías y cuentos. — Disculpe. — Dijo él, acercándose con una voz grave, pero cálida. — Mi hijo necesita un libro para una tarea. No tengo idea por dónde empezar. —

