MELINA (Parte 4)

1201 Words
Olía a desastre. La conocía más que nadie en este mundo. Su orden me paralizó en la mitad del camino hacia la habitación de mamá y se apostó en el centro de la cocina con sus brazos cruzados esperando que diera la media vuelta y acudiera a su llamado. No comprendía su apariencia. No le temía, pero ciertamente me provocaba un escozor que encrespaba mi piel y me hacía ir en busca de una respuesta a semejante actitud al mismo tiempo. -¿Vos te das cuenta de lo que está sucediendo?, me dijo increpante y prosiguió ante mi desconcierto. -"¿Cómo pudiste? ¿Cómo te atreviste? ¿Cómo pudiste ser tan cruel y desalmado? Explicame por favor- Mi aturdimiento seguía en pie, incólume y sosteniendo mi apatía y mi desorientación. Sabía lo que preguntaba, lo entendía, pero tuve un instante de insonoridad y de abulia corporal que me gobernaron sistemáticamente. -Respondeme Guillermo, ¿Cómo pudiste hacer lo que hiciste?, insistió ya con un tono que rozaba la ronquera. ¿Qué hice? Fue lo único que se me cruzó preguntar, tal vez hasta encontrar las verdaderas palabras para enfrentar la espada descomunal de Estela. ¿Qué hiciste? y todavía me preguntas que hiciste? Una expresión, solo eso, escapó de mi rostro como diciendo "Sí, es lo que pregunto". -¿Cómo se te ocurre abandonar a mamá a su suerte? ¿No tenés cabeza para pensar? Sos un pelotudo cuarentón y parece que todavía no te das cuenta de las cosas. Sentía que la rabia de su saliva me atravesaba sin compasión. Al mismo tiempo - sin dejar de oír sus quejumbrosas palabras   - intentaba atar cabos y poder ver a dónde había estado mi error. Ella continuaba como un perro feroz ladrándome a escasos diez centímetros de mi rostro, vomitando toda su apatía y hablándome como nunca en sus cuarenta y seis años lo había hecho: " encima tengo que soportarte mudo, estático, poniendo cara de circunstancia y sin saber que contestar- -Estaba trabajando ", lo dije como abriendo de forma maternal los postigos de una ventana. dijo como sorprendida. "¿Y a vos te parece que mientras mamá se está muriendo el "Señor" se da el gusto de estar trabajando? -Toda la tarde estuvo bien (las palabras comenzaban a brotarme como una necesidad de defenderme); estuvimos tomando mates y matándonos de risa. Por la noche preparamos la cena juntos y luego se acostó. Debo reconocer que la noté un poco contrariada, pero supuse que la molestia de su vientre era la causante y por eso se levantó y se fue directo a su habitación. Inmediatamente me pidió un té y se lo llevé (mi hermana me observaba con esa mirada de desconfianza que siempre tuvo). Lo bebió a duras penas y luego se durmió. Ahora yo te pregunto a vos (me acerqué con cierta vehemencia y ella retrocedió como percibiendo mi ofuscación) ¿Cómo me iba a imaginar todo este desastre? Estela se quedó observándome aguardando algún resto de palabras que nunca salieron de mi boca. ¿Terminaste?, preguntó con sorna No dije nada, sólo me limité a esperar su contragolpe. -¡Qué escena hermosa que nos pintó Guillermito! dijo caminando la cocina y en una actitud de escupirlo a los cuatro vientos. Ella continuó: "¡Qué tarde inmejorable con su mamita! [Qué cena espectacular con su mamita! ¡Qué hijo tan aplicado, llevándole el té a su mamita! (yo hervía de bronca pero saqué fuerzas para contenerme y dejar que vomite todo el veneno que la estaba disolviendo por dentro). Se me vino como un rayo y se detuvo a un soplo de aire de mi rostro. -Hijo de mil puta! ¡hijo de re contra mil putas! ¿Qué te has pensado? ¿Qué soy una negra ignorante a la que le podés vender cualquier verdura? Andá y contáselo a las putas de amigas que tenés no a mí, ¿entendiste? Algo dentro de ml estalló sin atenuantes. Ella me dio la espalda y se retiró unos pasos tomándose la cabeza con sus dos manos echando insultos al techo y maldiciendo ml existencia. incluso se golpeaba a ella misma en el afán de hallar una explicación a su inoperancia e irresponsabilidad por haber puesto la salud de su madre en un ser incongruente e ineficaz como yo. No pude tolerarlo. Me abalancé sobre ella y no le di tiempo ni a la más mínima reacción. La sujeté con fuerza de los hombros y la volteé hacia mí, y su expresión la dejó al desnudo: aquella rabia que decoraba su rostro minutos atrás fue atiborrada por esta mueca de indefensión frente a mi postura vertiginosa. Tuve la idea, casi como una necesidad, de desfigurarle el rostro, pero al mismo tiempo sabía que era un deseo momentáneo y que estaba siendo seducido por una ceguera emocional. -"Guillermo, calmate por favor = La voz de un hombre me sostuvo en el aire, y era una voz que olía tan cercana y tan lejana a la vez. Los ojos de mi hermana se desviaron de los míos y se situaron a mis espaldas. Yo giré hacia ese mismo lugar porque fue allí en donde escuché esa sentencia. Leandro, mi cuñado, había ingresado a la casa de mi madre. El fragor de la contienda no nos permitió ni a mi hermana ni a mi oir su llegada, y recién nos percatamos de su presencia cuando intercedió con su voz poderosa. -Tranquilo hermano me dijo mientras anclaba mi brazo impidiendo la asestada, bajo un tono de amabilidad disfrazada, distinto a su anterior voz de ultratumba. Estela permanecía arrinconada entre la pared y la puerta de un placar. Tenía por donde escurrirse y escapar, pero estaba paralizada creyendo que si tomaba una decisión semejante, podrí movilizar mis demonios. Lentamente, con audacia y con tino, Leandro fue apartándome. Yo fui volviendo a mi mundo natural, acomodando mi ropa y peinando mi pelo con mis dedos temblorosos. Con cautela Leandro fue interponiéndose como si esa actitud le diera la tranquilidad definitiva de que la batalla había acabado. Estela fue descomprimiendo su porte temerario una vez que halló el refugio en su marido. La imagen de mamá pareció amarme desde su dormitorio y pensé: "Nosotros matándonos mientras ella sufre como una condenado". Nadie hablaba; nadie mencionaba ni el primer bosquejo de una respiración. "Ya pasó hermano, ya está", alcanzó a decir Leandro mirando mis ojos al borde de un estallido emocional. "No te voy a permitir que me hables de esa manera y menos aún que me responsabilices por no haber estado acá". Necesitaba decírselo a Estela. No podía dejarlo pasar. Lo hice con calma y con respeto y ella sólo me respondió con una mirada perfumada de turbación. Me parecía una burla del destino: cruzarme con mi hermana un domingo espantoso y desapacible en el cementerio, bajo una llovizna persistente y en una fecha que no se correspondía a un aniversario o al cumplimiento de otro mes en el fallecimiento de mamá. Parecía una chanza. Una utopía. Cuando estuve a unos pasos ella debió oir que alguien se acercaba. Giró su cuerpo con cierto temor y su vista buscó dificultosamente hacer foco. 
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