Olía a desastre. La conocía más que nadie en este mundo. Su orden
me paralizó en la mitad del camino hacia la habitación de mamá y
se apostó en el centro de la cocina con sus brazos cruzados
esperando que diera la media vuelta y acudiera a su llamado.
No comprendía su apariencia. No le temía, pero ciertamente me
provocaba un escozor que encrespaba mi piel y me hacía ir en
busca de una respuesta a semejante actitud al mismo tiempo.
-¿Vos te das cuenta de lo que está sucediendo?, me dijo increpante
y prosiguió ante mi desconcierto. -"¿Cómo pudiste? ¿Cómo te
atreviste? ¿Cómo pudiste ser tan cruel y desalmado? Explicame por
favor-
Mi aturdimiento seguía en pie, incólume y sosteniendo mi apatía y
mi desorientación. Sabía lo que preguntaba, lo entendía, pero tuve
un instante de insonoridad y de abulia corporal que me gobernaron
sistemáticamente.
-Respondeme Guillermo, ¿Cómo pudiste hacer lo que hiciste?,
insistió ya con un tono que rozaba la ronquera.
¿Qué hice? Fue lo único que se me cruzó preguntar, tal vez hasta
encontrar las verdaderas palabras para enfrentar la espada
descomunal de Estela.
¿Qué hiciste? y todavía me preguntas que hiciste?
Una expresión, solo eso, escapó de mi rostro como diciendo "Sí, es
lo que pregunto".
-¿Cómo se te ocurre abandonar a mamá a su suerte? ¿No tenés
cabeza para pensar? Sos un pelotudo cuarentón y parece que
todavía no te das cuenta de las cosas.
Sentía que la rabia de su saliva me atravesaba sin compasión. Al
mismo tiempo - sin dejar de oír sus quejumbrosas palabras
-
intentaba atar cabos y poder ver a dónde había estado mi error.
Ella continuaba como un perro feroz ladrándome a escasos diez
centímetros de mi rostro, vomitando toda su apatía y hablándome
como nunca en sus cuarenta y seis años lo había hecho: " encima
tengo que soportarte mudo, estático, poniendo cara de
circunstancia y sin saber que contestar-
-Estaba trabajando ", lo dije como abriendo de forma maternal los
postigos de una ventana.
dijo como sorprendida. "¿Y a vos te parece que
mientras mamá se está muriendo el "Señor" se da el gusto de estar
trabajando?
-Toda la tarde estuvo bien (las palabras comenzaban a brotarme
como una necesidad de defenderme); estuvimos tomando mates y
matándonos de risa. Por la noche preparamos la cena juntos y
luego se acostó. Debo reconocer que la noté un poco contrariada,
pero supuse que la molestia de su vientre era la causante y por eso
se levantó y se fue directo a su habitación. Inmediatamente me
pidió un té y se lo llevé (mi hermana me observaba con esa mirada
de desconfianza que siempre tuvo). Lo bebió a duras penas y luego
se durmió. Ahora yo te pregunto a vos (me acerqué con cierta
vehemencia y ella retrocedió como percibiendo mi ofuscación)
¿Cómo me iba a imaginar todo este desastre?
Estela se quedó observándome aguardando algún resto de palabras
que nunca salieron de mi boca.
¿Terminaste?, preguntó con sorna
No dije nada, sólo me limité a esperar su contragolpe.
-¡Qué escena hermosa que nos pintó Guillermito! dijo caminando
la cocina y en una actitud de escupirlo a los cuatro vientos. Ella
continuó: "¡Qué tarde inmejorable con su mamita! [Qué cena
espectacular con su mamita! ¡Qué hijo tan aplicado, llevándole el
té a su mamita! (yo hervía de bronca pero saqué fuerzas para
contenerme y dejar que vomite todo el veneno que la estaba
disolviendo por dentro).
Se me vino como un rayo y se detuvo a un soplo de aire de mi
rostro.
-Hijo de mil puta! ¡hijo de re contra mil putas! ¿Qué te has
pensado? ¿Qué soy una negra ignorante a la que le podés vender
cualquier verdura? Andá y contáselo a las putas de amigas que
tenés no a mí, ¿entendiste?
Algo dentro de ml estalló sin atenuantes. Ella me dio la espalda y se
retiró unos pasos tomándose la cabeza con sus dos manos echando
insultos al techo y maldiciendo ml existencia. incluso se golpeaba a
ella misma en el afán de hallar una explicación a su inoperancia e
irresponsabilidad por haber puesto la salud de su madre en un ser
incongruente e ineficaz como yo.
No pude tolerarlo. Me abalancé sobre ella y no le di tiempo ni a la
más mínima reacción. La sujeté con fuerza de los hombros y la
volteé hacia mí, y su expresión la dejó al desnudo: aquella rabia
que decoraba su rostro minutos atrás fue atiborrada por esta
mueca de indefensión frente a mi postura vertiginosa. Tuve la idea,
casi como una necesidad, de desfigurarle el rostro, pero al mismo
tiempo sabía que era un deseo momentáneo y que estaba siendo
seducido por una ceguera emocional. -"Guillermo, calmate por
favor = La voz de un hombre me sostuvo en el aire, y era una voz
que olía tan cercana y tan lejana a la vez. Los ojos de mi hermana
se desviaron de los míos y se situaron a mis espaldas. Yo giré hacia
ese mismo lugar porque fue allí en donde escuché esa sentencia.
Leandro, mi cuñado, había ingresado a la casa de mi madre. El
fragor de la contienda no nos permitió ni a mi hermana ni a mi oir
su llegada, y recién nos percatamos de su presencia cuando
intercedió con su voz poderosa.
-Tranquilo hermano me dijo mientras anclaba mi brazo
impidiendo la asestada, bajo un tono de amabilidad disfrazada,
distinto a su anterior voz de ultratumba.
Estela permanecía arrinconada entre la pared y la puerta de un
placar. Tenía por donde escurrirse y escapar, pero estaba
paralizada creyendo que si tomaba una decisión semejante, podrí
movilizar mis demonios. Lentamente, con audacia y con tino,
Leandro fue apartándome. Yo fui volviendo a mi mundo natural,
acomodando mi ropa y peinando mi pelo con mis dedos
temblorosos. Con cautela Leandro fue interponiéndose como si esa
actitud le diera la tranquilidad definitiva de que la batalla había
acabado. Estela fue descomprimiendo su porte temerario una vez
que halló el refugio en su marido. La imagen de mamá pareció
amarme desde su dormitorio y pensé: "Nosotros matándonos
mientras ella sufre como una condenado". Nadie hablaba; nadie
mencionaba ni el primer bosquejo de una respiración. "Ya pasó
hermano, ya está", alcanzó a decir Leandro mirando mis ojos al
borde de un estallido emocional.
"No te voy a permitir que me hables de esa manera y menos aún
que me responsabilices por no haber estado acá". Necesitaba
decírselo a Estela. No podía dejarlo pasar. Lo hice con calma y con
respeto y ella sólo me respondió con una mirada perfumada de
turbación.
Me parecía una burla del destino: cruzarme con mi hermana un
domingo espantoso y desapacible en el cementerio, bajo una
llovizna persistente y en una fecha que no se correspondía a un
aniversario o al cumplimiento de otro mes en el fallecimiento de
mamá. Parecía una chanza. Una utopía.
Cuando estuve a unos pasos ella debió oir que alguien se acercaba.
Giró su cuerpo con cierto temor y su vista buscó dificultosamente
hacer foco.