. La débil neblina que se estaba levantando desde hacía
unos minutos no nos permitía descubrirnos totalmente y tuve que
acercarme todavía un poco más. Esa mujer no era mi hermana pero
tenía un parecido increíble. Eso me hizo trastabillar y deponerme
en mi actitud de acercamiento. Sin levantarse y sosteniendo su
largo pelo n***o para que el agua no siga resbalando por él me
dijo: -"Hola"-. Le devolví el saludo aún en mi posición dura, casi como una postura de interrogatorio, preguntándome a la vez,
quién carajo era esta mujer y qué estaba haciendo en un límite que
no le correspondía.
Con cierta inocencia y sin intenciones de esconder nada me
preguntó:
¿Tenés familiares aquí?
-No -, respondí a secas.
-Yo sí-, dijo jugueteando con una flor color lila que hacía girar entre
sus dedos y a la que miraba con tristeza.
Esa melancolía hizo destronar mi rectitud. Me acuclillé muy
despacio mientras ella se perdía en una lejanía dolorosa con su flor
danzando entre sus dedos humedecidos por la niebla matinal y por
sus lágrimas anteriores.
¿Entonces, qué eras de Mauricio?
lba a contestar de inmediato, pero algo me tocó al hombro como
rogando tener precaución en mi respuesta.
-Su mejor amigo -. Tuve que ser lo más rápido posible para no
exponerme con mi mirada transformada en un pensamiento.
¿Vos sos Mario D'Errico?
La pregunta de esta mujer me atravesó como un témpano por la
espalda. Mario D'Errico era uno de los mejores amigo de mi padre
y ella, en apariencia, sabía de su existencia, por lo tanto esta mujer
sentada sobre la humedad del césped a escasos dos metros, estaba
visitando decididamente la tumba de papá.
-No, no soy Mario -, respondí sin darle mi verdadero nombre y
continué: "¿Vos lo conocías a Marito?
-Sólo de nombre. Él siempre me lo mencionaba (respondía mirando
hacia el lugar de descanso de mi padre) cuando me contaba
anécdotas vividas con él-
La curiosidad me estaba matando. Me acerqué un poco más. Ella
me ofreció un poco de café que tenía en un termo a su costado
derecho. -"Gracias - -', dije, y me dispuse a sacarme las dudas que
me estaban tragando en su apariencia infernal.
Y vos qué eras de Mauricio?, pregunté mirando hacia el fondo del
paisaje para que no lo tomara como un sondeo de mi parte,
dándole el primer sorbo al exquisito café que humeaba en la
neblina.
Yo soy Melina, su hija
Su actitud de dolor, sumado a su mirada perdida sobre el lecho de
muerte de mi padre, su flor danzante, la llovizna y la neblina muda,
se confabularon para ayudarme a no quedar expuesto con mi
rostro despilfarrado después de escuchar palabras tan simples que
martillaron los pliegues de ml pasado, ml presente y mi futuro.
Descubrí que tenia todo el tiempo del mundo para observarla y
estudiarla a mis anchas, para hallar la mentira o el engaño, para
encontrar semejanzas en sus actitudes con respecto a las mías o a
las de mi hermana, para notar si el parpadeo de sus ojos negros se
asemejaba al columpiar único y candoroso de los ojos tristes de mi
madre, o para convencerme de las voces que danzaron durante
años por la casa que ponían sobre el tapete a los hijos no
reconocidos de este hijo de puta que tenía al desenterrar de una
palada, o para atesorar a mi madre entre mis brazos para brindarle
ese consuelo que en otros años no pudimos o no supimos, cuando
la hallábamos llorando por los rincones después de haberse comido
ella sola las confesiones de nuevos hijos de las amantes furtivas
de papá, buscando ensuciar aun más el fango propuesto por éste
para arrancarlo de casa y llevárselo definitivamente con ellas, Melina.
De seguro no había sido un nombre elegido por él. No era su estilo
ese nombre; su estilo se emparentaba más con nombres parecidos
a los de su madre, Edipo que jamás supo ni pudo controlar. De hecho cada
mujer que navegó en la vida de papá y que logré conocer por accidente, tenía
ese aire alemán que la vieja maléfica desbordaba por sus poros abiertos
como los de la piel de naranja. Parecía una obsesión a cumplir deliberadamente:
Que todas sus amantes se asemejaran a un ramillete de gemelas,
rubias agringadas, de ojos celestes y calientes como el infierno.
Pero Melina tenía el pelo renegrido como el color de sus ojos. Su
piel era como la leche y en su rostro se mezclaban las caras de mi
padre, la de mi hermana y la mía por supuesto.
Hizo un suspiro largo, como si sus pulmones fueran del tamaño del
carozo de una aceituna. Dejó escapar la flor, miró al cielo y se
perdió en él buscando una respuesta.
Antes de separarme y de instalarme en la casa de mi madre,
solíamos ir muy seguido con mi esposa y mis hijas a visitar a mis
padres. En más de una oportunidad nos arrepentíamos en pleno
viaje de ir a verlos pero ya era demasiado tarde como para andar a
cuestas con los hijos y pegar la vuelta con todo el trastorno que eso
ocasionaba.
Íbamos. E intentábamos poner lo mejor de nosotros para pasar una
jornada apacible rogando que las clásicas y continuas guerras entre
ellos - que nos terminaban amargando el descanso – no se
desataran como cada vez que decidíamos hacerles una visita.
Un domingo al mediodía llegamos y de inmediato me puse a
encender el fuego para el asadito dominical. Mamá y Elena, mi
esposa, prepararon una pequeña mesa cerca del asador e
improvisaron una picada con fiambres y algunas bebidas, mientras
mis hijas jugaban con las pocas cosas que mi madre tenía
dispuestas para ellas. Papá brillaba por su ausencia y mamá, de
algún modo, agradeció la falta de aquel, porque le venía como
anillo al dedo para adentrarnos en un episodio que había vivido el
día anterior. Yo había notado una expresión extraña en el rostro de
mamá una media hora antes, en el momento de los saludos apenas
habíamos arribado, pero, conocedor de sus comportamientos, dejé
que se abriera sola, porque era allí donde ella hallaba comodidad y
terminaba contando la verdadera historia.
-Ayer me enteré de algo que jamás se me hubiera cruzado por la
cabeza, abrió sin filtro alguno y lo largó sobre la mesa como si se
hubiese desprendido de algo caliente puesto entre sus manos.
¿Qué ha sucedido Valeria esta vez?, preguntó mi esposa
preocupada sobremanera
-Como a las diez de la mañana llamaron a la puerta. Estábamos
desayunando con tu padre (lo dijo señalándome) y él fue a atender.
Reconocí la voz que hablaba con Mauricio: era Leticia (volvió a
referirse a mí porque yo conocía a esa mujer y mi esposa no), mi
colega en la escuela.
Alcancé a escuchar que venía a solicitar los
servicios de él para hacerle unos arreglos a su casa. Los dejé
negociar tranquilos y minutos más tarde me arrimé a saludarla.
Justo en ese instante (continuaba mamá su relato mientras
empezaba a entrelazar sus dedos como era su costumbre cuando
daba miles de vueltas hasta llegar al meollo de lo que quería
exponer) ellos terminaban su negociación y yo invité a Leticia para
charlar un rato adentro de la casa.