CONFESIONES INOCENTES (Parte 1)

1221 Words
. La débil neblina que se estaba levantando desde hacía unos minutos no nos permitía descubrirnos totalmente y tuve que acercarme todavía un poco más. Esa mujer no era mi hermana pero tenía un parecido increíble. Eso me hizo trastabillar y deponerme en mi actitud de acercamiento. Sin levantarse y sosteniendo su largo pelo n***o para que el agua no siga resbalando por él me dijo: -"Hola"-. Le devolví el saludo aún en mi posición dura, casi como una postura de interrogatorio, preguntándome a la vez, quién carajo era esta mujer y qué estaba haciendo en un límite que no le correspondía. Con cierta inocencia y sin intenciones de esconder nada me preguntó: ¿Tenés familiares aquí? -No -, respondí a secas. -Yo sí-, dijo jugueteando con una flor color lila que hacía girar entre sus dedos y a la que miraba con tristeza. Esa melancolía hizo destronar mi rectitud. Me acuclillé muy despacio mientras ella se perdía en una lejanía dolorosa con su flor danzando entre sus dedos humedecidos por la niebla matinal y por sus lágrimas anteriores. ¿Entonces, qué eras de Mauricio? lba a contestar de inmediato, pero algo me tocó al hombro como rogando tener precaución en mi respuesta. -Su mejor amigo -. Tuve que ser lo más rápido posible para no exponerme con mi mirada transformada en un pensamiento. ¿Vos sos Mario D'Errico? La pregunta de esta mujer me atravesó como un témpano por la espalda. Mario D'Errico era uno de los mejores amigo de mi padre y ella, en apariencia, sabía de su existencia, por lo tanto esta mujer sentada sobre la humedad del césped a escasos dos metros, estaba visitando decididamente la tumba de papá. -No, no soy Mario -, respondí sin darle mi verdadero nombre y continué: "¿Vos lo conocías a Marito? -Sólo de nombre. Él siempre me lo mencionaba (respondía mirando hacia el lugar de descanso de mi padre) cuando me contaba anécdotas vividas con él- La curiosidad me estaba matando. Me acerqué un poco más. Ella me ofreció un poco de café que tenía en un termo a su costado derecho. -"Gracias - -', dije, y me dispuse a sacarme las dudas que me estaban tragando en su apariencia infernal. Y vos qué eras de Mauricio?, pregunté mirando hacia el fondo del paisaje para que no lo tomara como un sondeo de mi parte, dándole el primer sorbo al exquisito café que humeaba en la neblina. Yo soy Melina, su hija Su actitud de dolor, sumado a su mirada perdida sobre el lecho de muerte de mi padre, su flor danzante, la llovizna y la neblina muda, se confabularon para ayudarme a no quedar expuesto con mi rostro despilfarrado después de escuchar palabras tan simples que martillaron los pliegues de ml pasado, ml presente y mi futuro. Descubrí que tenia todo el tiempo del mundo para observarla y estudiarla a mis anchas, para hallar la mentira o el engaño, para encontrar semejanzas en sus actitudes con respecto a las mías o a las de mi hermana, para notar si el parpadeo de sus ojos negros se asemejaba al columpiar único y candoroso de los ojos tristes de mi madre, o para convencerme de las voces que danzaron durante años por la casa que ponían sobre el tapete a los hijos no reconocidos de este hijo de puta que tenía al desenterrar de una palada, o para atesorar a mi madre entre mis brazos para brindarle ese consuelo que en otros años no pudimos o no supimos, cuando la hallábamos llorando por los rincones después de haberse comido  ella sola las confesiones de nuevos hijos de las amantes furtivas  de papá, buscando ensuciar aun más el fango propuesto por éste  para arrancarlo de casa y llevárselo definitivamente con ellas, Melina.  De seguro no había sido un nombre elegido por él. No era su estilo  ese nombre; su estilo se emparentaba más con nombres parecidos  a los de su madre, Edipo que jamás supo ni pudo controlar. De hecho cada  mujer que navegó en la vida de papá y que logré conocer por accidente, tenía  ese aire alemán que la vieja maléfica desbordaba por sus poros abiertos  como los de la piel de naranja. Parecía una obsesión a cumplir deliberadamente:  Que todas sus amantes se asemejaran a un ramillete de gemelas,  rubias agringadas, de ojos celestes y calientes como el infierno. Pero Melina tenía el pelo renegrido como el color de sus ojos. Su piel era como la leche y en su rostro se mezclaban las caras de mi padre, la de mi hermana y la mía por supuesto. Hizo un suspiro largo, como si sus pulmones fueran del tamaño del carozo de una aceituna. Dejó escapar la flor, miró al cielo y se perdió en él buscando una respuesta. Antes de separarme y de instalarme en la casa de mi madre, solíamos ir muy seguido con mi esposa y mis hijas a visitar a mis padres. En más de una oportunidad nos arrepentíamos en pleno viaje de ir a verlos pero ya era demasiado tarde como para andar a cuestas con los hijos y pegar la vuelta con todo el trastorno que eso ocasionaba. Íbamos. E intentábamos poner lo mejor de nosotros para pasar una jornada apacible rogando que las clásicas y continuas guerras entre ellos - que nos terminaban amargando el descanso – no se desataran como cada vez que decidíamos hacerles una visita. Un domingo al mediodía llegamos y de inmediato me puse a encender el fuego para el asadito dominical. Mamá y Elena, mi esposa, prepararon una pequeña mesa cerca del asador e improvisaron una picada con fiambres y algunas bebidas, mientras mis hijas jugaban con las pocas cosas que mi madre tenía dispuestas para ellas. Papá brillaba por su ausencia y mamá, de algún modo, agradeció la falta de aquel, porque le venía como anillo al dedo para adentrarnos en un episodio que había vivido el día anterior. Yo había notado una expresión extraña en el rostro de mamá una media hora antes, en el momento de los saludos apenas habíamos arribado, pero, conocedor de sus comportamientos, dejé que se abriera sola, porque era allí donde ella hallaba comodidad y terminaba contando la verdadera historia. -Ayer me enteré de algo que jamás se me hubiera cruzado por la cabeza, abrió sin filtro alguno y lo largó sobre la mesa como si se hubiese desprendido de algo caliente puesto entre sus manos. ¿Qué ha sucedido Valeria esta vez?, preguntó mi esposa preocupada sobremanera -Como a las diez de la mañana llamaron a la puerta. Estábamos desayunando con tu padre (lo dijo señalándome) y él fue a atender. Reconocí la voz que hablaba con Mauricio: era Leticia (volvió a referirse a mí porque yo conocía a esa mujer y mi esposa no), mi colega en la escuela. Alcancé a escuchar que venía a solicitar los servicios de él para hacerle unos arreglos a su casa. Los dejé negociar tranquilos y minutos más tarde me arrimé a saludarla. Justo en ese instante (continuaba mamá su relato mientras empezaba a entrelazar sus dedos como era su costumbre cuando daba miles de vueltas hasta llegar al meollo de lo que quería exponer) ellos terminaban su negociación y yo invité a Leticia para charlar un rato adentro de la casa.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD