No sólo que no aceptó, sino quela noté huidiza y me dejó una excusa
que no tenía forma ni sentido. Sólo me dijo antes de irse: "Necesito que hablemos",
y se inclinó un tanto para otear hacia adentro como cerciorándose de la ausencia
neta de Mauricio o de la presencia de él. "¿Sucede algo Leticia?", le pregunté
con el temor lógico de la situación, mientras la acompañaba en su recorrido
visual. "A las cuatro en la plaza. Por
favor". No dejó que le preguntara más nada. Desapareció y se llevó
consigo una especie de enfado.
A esa hora de la siesta, más aún un sábado, tu padre se enterró en
su cama y yo aproveché para hacerme una escapada hasta la plaza,
prosiguió mi madre. Allí estaba Leticia esperándome con una
especie de sonrisa a modo de bienvenida. Los saludos quedaron
para el olvido y fui directo al grano no bien tomé asiento junto a
ella.
¿Qué es todo este misterio Leti?, le pregunté sin dejar de observar
hacia cada punto de la plaza. Sabés bien (se volvía a referir a mí)
que aquí me conoce todo el mundo y es muy mal visto que "La
Maestra del Colegio" se ande juntando en la plaza del barrio como
si fuera una cualquiera cuando en la escuela vende otra
embestidura.
¿Por qué me has ocultado que tenías una hija viviendo aquí, tan
cerca de nosotras?
La pregunta de Leticia me tomó por sorpresa, comentó
desencajada mamá y continuó. "Así mismo intenté disuadir
cualquier confusión que ella tuviera. Le dije:
- ¿De qué me estás hablando Leticia? Yo no tengo ninguna hija
viviendo acá en el barrio. Sabes que tengo dos hijos: Estela que vive
como a treinta cuadras de aquí y Guillermo que vive a seis cuadras
de la casa de Estelita. Si a ella te referís, no vive tan cerca. Además
la conocés.
-No Vale, no me refiero a Estelita, sino a la que vive en frente de mi
casa.
Les juro que no entendía absolutamente nada y mi expresión
quedó al desnudo ante la espera de una respuesta por parte de
ella, apuntaba mi madre.
-Vale, yo te entiendo - prosiguió Leticia mientras apoyaba su mano
en mi hombro -: -"Confiá en mí. Sabés que soy una tumba. Yo
también tuve un amorío a los diez años de estar casada y debo
confesarte que fue una de las cosas más hermosas que viví. Pero
luego todo se disolvió. Él era casado también.
La detuve en seco, dijo mamá y prosiguió "No podía creer lo que
estaba oyendo. Me hacía mal su historia retorcida - que dicho sea
de paso jamás me contó y nunca hubiera imaginado -y me dolía
en lo más profundo de mi ser que me acusara de haber tenido
alguna aventura y que, de esa correría, yo haya traído al mundo a
una supuesta hija que vivía al frente de su casa. Le dije:
-Yo no tuve ninguna aventura con nadie ni jamás la tendría ¿Quién
te creés que sos para decirme semejante barbaridad? ¿Te das
cuenta que me estás faltando el respeto?
Hubo un silencio grande, proseguía su relato mi madre: -"Yo
permanecía al aguardo de una reacción, pero ella desnudó una
expresión como la de haber metido la pata o la de haberse soltado
de lengua gratuitamente. Así mismo sacó fuerzas y respondió
tomándose su rostro y confundida claramente - -".
-Entonces no entiendo nada.
-Leticia - traté de calmar la situación - ¿me podés explicar de qué
se trata todo esto?, le pregunté contrariada.
-Anoche - dijo mamá luego de una larga inspiración y sin mirarme a
los ojos - Leticia se cruzó a la casa de la chica que vive en frente de
la suya para pedirle si podía usar su teléfono porque el de ella
estaba fuera de servicio. Casualmente - prosiguió - quería llamar a
la guardia de la empresa telefónica para saber si ellos podían darle
una solución a su problema ya que durante el día nadie había
respondido. Me dijo que, lejos de ponerse nerviosa, esa vecina la
atendió muy naturalmente, pero le pidió si podía regresar dentro
de una hora porque en ese momento estaba haciéndole unas
curaciones a su padre. Y para terminar me contó que, de comedida
nomás, saludó hacia donde se encontraba el padre de la vecina y lo
vio a Mauricio sentado con una de sus piernas puesta sobre otra
silla, sus pantalones arremangados y una palangana sobre el piso.
Entonces, ayer a la mañana cuando vino a requerir los servicios de
tu padre (se dirigía a mí por supuesto), se dio cuenta que mi esposo
era el padre de su vecina, por lo que dedujo que esa mujer era mi
hija. Incluso se hizo películas que no tenían nada que ver con la
realidad, y menos aún con la ficción de su cabeza.
A Leticia no le sirve en absoluto todo lo que me comentó, sólo para
darle rienda suelta a su fantasía, pero para mi fue de una vitalidad
extrema. ¿Deducen ustedes el final de esta historia? -
Con Elena cruzamos una mirada volátil. La magnitud de su enojo le
desorbitaba las pupilas y la hacía desarmarse en un llanto
lacerante: Una hermana. Si bien la noticia causó un verdadero
revuelo no era para sorprenderse viniendo de mi padre, un
Casanova furtivo, un Don Juan acérrimo, vigoroso y un
inescrupuloso en cada faceta de su vida; una mancha más en el
tigre ¿Qué más daba?
"Soy su hija". Lo dijo con tanta liviandad y con tanto menoscabo
inconsciente que el impacto que me causó no me hizo
repreguntarle nada. Después de decirlo - como el que arroja un
cadáver al fango sin saber de lo que se está desprendiendo - se
quedó vacilante y lanzó la flor con la que jugueteaba a la tierra
húmeda que bordeaba la tumba de nuestro padre. Si, porque
legítimamente era su padre también.
La llovizna se detuvo repentinamente pero el frío persistía. El cielo
no daba señales de quererse abrir para mejorar el día que olía a
largo y tedioso. El silencio de aquella mujer era sincero y su actitud
honesta en demasía, tal vez, una nueva víctima de los procederes
oscuros de mi padre.
-Si querés vengo en otra ocasión - dije con tono manipulador para
lograr una respuesta - así estás tranquila y a solas con tu papá.
-No por favor, no me digas eso. Me hacés sentir mal. Seguramente
él debe estar contento al vernos aquí dándole una vuelta.
Logré la respuesta que necesitaba y mucho más todavía, y terminé
por convencerme de su transparencia y de su honradez.
No me pareció correcto sentarme junto a ella. Disimuladamente
me corrí hacia el frente y ahí me acuclillé rastreando dentro de mi
la palabra que me diera impulso para iniciar una conversación.
La observaba. Era la clonación perfecta de mi padre. Sensaciones
difíciles de explicar - y de entender - me recorrían el cuerpo y
alimentaban algunos recuerdos, mezclándolos con remembranzas
nuevas y con imágenes nunca antes descubiertas por mi memoria.
La observaba. Y la imaginaba disfrutando inocentemente de las
caricias que a mí me faltaron, de los juegos que yo no tuve y del
tiempo que a mi no me dispensó.