CONFESIONES INOCENTES (Parte 3)

1206 Words
Y no le guardaba rencor. El odio me podría haber estado carcomiendo el cerebro y me podría haber empujado a pergeñar cualquier disparate, pero por el contrario, la seguía observando y me dolía su pesar, el que estaba viviendo en este domingo frío y descolorido, y el que seguramente - al igual que yo - vivió durante sus cuarenta y pico de años al lado de un ser que tuvo como misión primaria destruir las infancias y las esperanzas de los que, así mismo, lo quisieron. Sí, tal cual: porque el hijo de puta se hacía querer. Siempre dije que, al igual que el General Don José de San Martin, a mi padre habría que levantarle un monumento: pero al peor de los hijos de puta. -¿Lo extrañás?, me preguntó casi sin mover sus labios, con una taza de café caliente entre sus manos y su vista perdida en la tierra húmeda. Pensé un instante. Tal vez la excusa de que yo era su amigo no le había cerrado y como buena hija de un leonino astuto y desconfiado, me estaba midiendo bajo un aspecto lastimoso, como la serpiente cuando se estira y mide su próxima cena. -No tanto como vos, pero si, lo extraño mucho, respondí a secas con una varilla que hacía dar vueltas en mi mano y que ayudaba mi disimulo. ¿Cómo sabés que lo extraño tanto? Sonó a desafío, pero no quería seguirme haciendo conjeturas. -No lo sé, lo imagino. Es muy natural que se extrañen las personas que se aman, más por ser tu padre. Cogió su termo y sirvió otra taza de café. -Tomá, me dijo como obligándome a aceptar, pero con una voz franca. Lo hice, más por cortesía que por ganas reales de aceptarlo. -Gracias. No hizo ninguna acotación con respecto a mis dichos, pero tuve la certeza que haberme ofrecido esa taza de café fue su respuesta. De nuevo la molesta garúa se posó sobre nosotros. Ambos miramos hacia el cielo gris y al bajar nuestra vista coincidimos en la porquería de domingo que nos había tocado para venir a ver a nuestros familiares. -Cada día que pasa siento que la carne se me abre más y que el corazón se va silenciando lentamente. Sus palabras me incrustaron en el aturdimiento. Por un instante busqué la voz que habría soltado semejante disparate como un acto inconsciente de no querer admitir que había sido la suya la que dejó volar tamaño pensamiento. Ella no me miró buscando mis palabras acogedoras. Sólo lo aventó como hacía unos instantes cuando sin desparpajo me escupió en la cara que ella era su hija. Fue ahí donde la mente tocó a mi puerta y me acomodó para empezar a entender ciertas cosas y para que me diera cuenta que, de algún modo, la vida de esta mujer había transitado por carriles ampliamente distintos a los míos. -Debió haber sido duro para vos perderlo, dije para ser cortés y no dejarla flotando en el vacío. - ¿Duro?, preguntó y tiró una exclamación al aire como dándome a entender que la liviandad de mi término no encajaba en esta conversación. - "Todavía no se qué hago acá si para mí él está en casa esperándome", concluyó arqueando las comisuras de su boca, a un paso de explotar en llantos. -Lo decís como si hubiese sido una costumbre en él, le dije fundamentalmente para sacarla de su dolor. -Se ve que lo conocías muy bien - Me observó fijamente. -Muy bien, respondí con contundencia pero sin tensión. Ese común denominador de creer que me estaba estudiando tenía que dejarlo de lado de una buena vez por todas: El perseguido era yo; el desconfiado era yo; el estudioso y el manipulador era yo. Ella era natural y si yo podía armarme de paciencia y ser un poco más inteligente, la conversación y sus frutos iban a caer solos. -El sabía mis horarios -, prosiguió: -"El conocía mis sueños. El sabía todo. Era mi camino iluminado. Ahora todo es oscuridad y me cuesta transitar. EI era la palabra justa en el momento indicado (litros de saliva se me habían atorado esperando su turno para pasar por mi garganta); si algo te salía bien sentías ese aire fresco recorriendo tu alma cuando él te lo elogiaba; y si por el contrario algo te salía mal, las horas de consejos te sonaban a segundos, porque él se encargaba de que así lo sintieras - - Yo estaba por cumplir diez años cuando la escuela secundaria me abrió sus brazos. Por lo general entre los trece y los catorce se empezaba con esos estudios, pero mi madre - creyendo y queriendo que su hijo sea un erudito - me hizo rendir libre los últimos dos cursos de mis estudios primarios para poder llenarse la boca y gritar a los cuatro vientos que su hijito del alma era un ser de otro planeta. Recuerdo que aquella timidez con la que ingresé a la escuela se fue disolviendo de a poco, conforme iba orbitándome en el espacio de mi nuevo ciclo. Mi primer "gran amigo" - del cual no me acuerdo ni el aspecto - fue con el que empecé a desviarme del curso lógico de mis estudios. Hasta ese momento la adaptación había sido todo un logro y, salvo cosas menores, ese primer año estaba siendo bastante fructífero y de alguna manera le seguía llenando los pulmones a mi madre. El era una luz. Yo, por el contrario, con la misma edad que él, no tenía ni el uno por ciento del asfalto que este muchacho tenía pegado bajo la suela de sus zapatos y, de a poco - como si se tratara de una obra escultural fue moldeando la situación hasta que logró su cometido. Evidentemente no tenía ni un gramo de ganas de estudiar y me arrastró a su quimera de estupideces, bajo promesas de aventuras locas, video juegos y unas cuantas pitadas de cigarrillos. La táctica que utilizó le dio buenos dividendos y sin darme cuenta me convenció de que venir a la escuela no iba a ser tan divertido como pasar toda la mañana jugando gratis en los lugares que él frecuentaba. Nunca tomé dimensión de las consecuencias. Yo no poseía la impronta genial que aquel muchacho con mi misma edad ya tenía de sobra. Durante diez días no pisamos por el colegio. Las primeras dos o tres veces nos reuníamos en la puerta del establecimiento y de ahí huíamos como ladrones hacia el lugar de diversión, pero después nos encontrábamos directamente en ese lugar para aprovechar la mañana. Teníamos todo organizado. Quiero decir, él tenía todo bajo control y yo obraba en consecuencia, incluso hasta la precaución de terminar nuestras andanzas en un horario determinado para poder llegar a casa a la hora de costumbre Salvo un par de pitadas que mi abuela me había hecho dar en los tiempos en que iba a visitarla durante los tres meses de receso escolar en Santa Adelaida, nunca había tenido entre mis dedos un cigarrillo completo, y me sorprendía sobremanera la cantidad que mi amigo fumaba por día. Años atrás intenté armar en mi cabeza la imagen de aquel personaje, pero me costó horrores.
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