Y no le guardaba rencor. El odio
me podría haber estado carcomiendo el cerebro y me podría haber
empujado a pergeñar cualquier disparate, pero por el contrario, la
seguía observando y me dolía su pesar, el que estaba viviendo en
este domingo frío y descolorido, y el que seguramente - al igual
que yo - vivió durante sus cuarenta y pico de años al lado de un ser
que tuvo como misión primaria destruir las infancias y las
esperanzas de los que, así mismo, lo quisieron. Sí, tal cual: porque
el hijo de puta se hacía querer. Siempre dije que, al igual que el
General Don José de San Martin, a mi padre habría que levantarle
un monumento: pero al peor de los hijos de puta.
-¿Lo extrañás?, me preguntó casi sin mover sus labios, con una taza
de café caliente entre sus manos y su vista perdida en la tierra
húmeda.
Pensé un instante. Tal vez la excusa de que yo era su amigo no le
había cerrado y como buena hija de un leonino astuto y
desconfiado, me estaba midiendo bajo un aspecto lastimoso, como
la serpiente cuando se estira y mide su próxima cena.
-No tanto como vos, pero si, lo extraño mucho, respondí a secas
con una varilla que hacía dar vueltas en mi mano y que ayudaba mi
disimulo.
¿Cómo sabés que lo extraño tanto? Sonó a desafío, pero no quería
seguirme haciendo conjeturas.
-No lo sé, lo imagino. Es muy natural que se extrañen las personas
que se aman, más por ser tu padre.
Cogió su termo y sirvió otra taza de café.
-Tomá, me dijo como obligándome a aceptar, pero con una voz
franca. Lo hice, más por cortesía que por ganas reales de aceptarlo.
-Gracias.
No hizo ninguna acotación con respecto a mis dichos, pero tuve la
certeza que haberme ofrecido esa taza de café fue su respuesta.
De nuevo la molesta garúa se posó sobre nosotros. Ambos
miramos hacia el cielo gris y al bajar nuestra vista coincidimos en la
porquería de domingo que nos había tocado para venir a ver a
nuestros familiares.
-Cada día que pasa siento que la carne se me abre más y que el
corazón se va silenciando lentamente.
Sus palabras me incrustaron en el aturdimiento. Por un instante
busqué la voz que habría soltado semejante disparate como un
acto inconsciente de no querer admitir que había sido la suya la
que dejó volar tamaño pensamiento. Ella no me miró buscando mis
palabras acogedoras. Sólo lo aventó como hacía unos instantes
cuando sin desparpajo me escupió en la cara que ella era su hija.
Fue ahí donde la mente tocó a mi puerta y me acomodó para
empezar a entender ciertas cosas y para que me diera cuenta que,
de algún modo, la vida de esta mujer había transitado por carriles
ampliamente distintos a los míos.
-Debió haber sido duro para vos perderlo, dije para ser cortés y no
dejarla flotando en el vacío.
- ¿Duro?, preguntó y tiró una exclamación al aire como dándome a
entender que la liviandad de mi término no encajaba en esta
conversación. - "Todavía no se qué hago acá si para mí él está en
casa esperándome", concluyó arqueando las comisuras de su boca,
a un paso de explotar en llantos.
-Lo decís como si hubiese sido una costumbre en él, le dije
fundamentalmente para sacarla de su dolor.
-Se ve que lo conocías muy bien - Me observó fijamente.
-Muy bien, respondí con contundencia pero sin tensión.
Ese común denominador de creer que me estaba estudiando tenía
que dejarlo de lado de una buena vez por todas: El perseguido era
yo; el desconfiado era yo; el estudioso y el manipulador era yo. Ella
era natural y si yo podía armarme de paciencia y ser un poco más
inteligente, la conversación y sus frutos iban a caer solos.
-El sabía mis horarios -, prosiguió: -"El conocía mis sueños. El sabía
todo. Era mi camino iluminado. Ahora todo es oscuridad y me
cuesta transitar. EI era la palabra justa en el momento indicado
(litros de saliva se me habían atorado esperando su turno para
pasar por mi garganta); si algo te salía bien sentías ese aire fresco
recorriendo tu alma cuando él te lo elogiaba; y si por el contrario
algo te salía mal, las horas de consejos te sonaban a segundos,
porque él se encargaba de que así lo sintieras - -
Yo estaba por cumplir diez años cuando la escuela secundaria me
abrió sus brazos. Por lo general entre los trece y los catorce se
empezaba con esos estudios, pero mi madre - creyendo y
queriendo que su hijo sea un erudito - me hizo rendir libre los
últimos dos cursos de mis estudios primarios para poder llenarse la
boca y gritar a los cuatro vientos que su hijito del alma era un ser
de otro planeta.
Recuerdo que aquella timidez con la que ingresé a la escuela se fue
disolviendo de a poco, conforme iba orbitándome en el espacio de
mi nuevo ciclo. Mi primer "gran amigo" - del cual no me acuerdo ni
el aspecto - fue con el que empecé a desviarme del curso lógico de
mis estudios. Hasta ese momento la adaptación había sido todo un
logro y, salvo cosas menores, ese primer año estaba siendo
bastante fructífero y de alguna manera le seguía llenando los
pulmones a mi madre.
El era una luz. Yo, por el contrario, con la misma edad que él, no
tenía ni el uno por ciento del asfalto que este muchacho tenía
pegado bajo la suela de sus zapatos y, de a poco - como si se
tratara de una obra escultural fue moldeando la situación hasta
que logró su cometido. Evidentemente no tenía ni un gramo de
ganas de estudiar y me arrastró a su quimera de estupideces, bajo
promesas de aventuras locas, video juegos y unas cuantas pitadas
de cigarrillos. La táctica que utilizó le dio buenos dividendos y sin
darme cuenta me convenció de que venir a la escuela no iba a ser
tan divertido como pasar toda la mañana jugando gratis en los
lugares que él frecuentaba.
Nunca tomé dimensión de las consecuencias. Yo no poseía la
impronta genial que aquel muchacho con mi misma edad ya tenía
de sobra. Durante diez días no pisamos por el colegio. Las primeras
dos o tres veces nos reuníamos en la puerta del establecimiento y
de ahí huíamos como ladrones hacia el lugar de diversión, pero
después nos encontrábamos directamente en ese lugar para
aprovechar la mañana. Teníamos todo organizado. Quiero decir, él
tenía todo bajo control y yo obraba en consecuencia, incluso hasta
la precaución de terminar nuestras andanzas en un horario
determinado para poder llegar a casa a la hora de costumbre
Salvo un par de pitadas que mi abuela me había hecho dar en los
tiempos en que iba a visitarla durante los tres meses de receso
escolar en Santa Adelaida, nunca había tenido entre mis dedos un
cigarrillo completo, y me sorprendía sobremanera la cantidad que
mi amigo fumaba por día. Años atrás intenté armar en mi cabeza la
imagen de aquel personaje, pero me costó horrores.