El peso del silencio
Andrés se sentó en el borde de la cama, con las manos enterradas en su cabello. La discusión con Elena todavía resonaba en su mente como un eco ensordecedor. Su mirada vagaba por la habitación que una vez compartieron con amor, ahora cargada de tensiones invisibles, como una grieta en el vidrio que amenaza con romperlo todo.
No tenía respuestas. Ni siquiera para sí mismo. La culpa era como un nudo que le apretaba el pecho, pero también estaba el miedo. Miedo a perder a Elena, miedo a perder a Laura, y miedo al caos que él mismo había creado.
Se levantó y caminó hacia la ventana, observando las luces de la ciudad parpadear en la distancia. Los recuerdos lo asaltaron: su boda con Elena, sus primeras risas juntos, y luego… las primeras conversaciones con Laura. No había planeado enamorarse de otra mujer, no había planeado nada de esto. Pero ahora estaba atrapado en un camino del que no podía retroceder.
El sonido de pasos suaves detrás de él lo devolvió a la realidad. Elena estaba en la puerta, con los brazos cruzados. Sus ojos seguían llenos de dolor, pero había algo más allí, algo que Andrés no podía descifrar.
—¿Qué estás pensando? —preguntó ella, con una voz que sonaba más cansada que acusatoria.
Andrés vaciló. ¿Cómo podía explicar algo que ni él entendía?
—No sé cómo llegamos aquí —dijo finalmente, en un susurro apenas audible.
Elena dio un paso más hacia él. Sus palabras eran firmes, casi frías.
—Llegamos aquí porque tú nos trajiste.
Su tono era afilado, pero no gritaba. Andrés se volvió hacia ella, con las manos abiertas en un gesto de rendición.
—Elena, sé que no hay excusas. Solo… no sé cómo arreglar esto.
Ella lo miró por un momento largo, su expresión era un enigma. Luego asintió ligeramente, como si confirmara algo para sí misma.
—No quiero que lo arregles, Andrés. Solo quiero entender… si realmente estás dispuesto a quedarte o ya te has ido.
Él quería responder, decirle que estaba comprometido a reparar las cosas, que la elección era clara. Pero en el fondo de su ser, la verdad era más complicada, más confusa. Y ese silencio, ese terrible silencio, habló por él.
Elena lo miró una última vez antes de girarse y marcharse, dejándolo solo con su culpa y su incertidumbre