La alarma sonó temprano
Por primera vez en mucho tiempo, pude decir que me desperté fresca, libre y realmente descansada. Mi cuerpo no dolía, mis ojos no ardían por el cansancio y mi mente estaba en silencio
Anoche no trabajé
No porque tuviera vacaciones
No porque alguien me hubiera dado la noche libre
Sino porque alguien denunció el bar
Y ahora, hasta que todo se aclare, está cerrado
Me quedé mirando el techo unos segundos, dejando que esa realidad terminara de asentarse en mi cabeza
En otro momento habría sido un alivio tener una noche para descansar… pero ahora no podía sentirlo así
Porque cada día que el bar permanezca cerrado significa lo mismo
Facturas acumulándose, las medicinas de mamá esperando en la farmacia, las sesiones de quimioterapia acercándose como una cuenta regresiva y la falta de dinero empeorándolo todo
Solté un suspiro pesado y me cubrí los ojos con el brazo, a veces la vida no se siente como una batalla… Se siente como estar atrapada bajo una montaña que cada día pesa un poco más
Pero no tengo opción de rendirme
Porque si yo caigo… mi madre cae conmigo
Y eso es algo que no puedo permitir
Me levanté, me duché y bajé a la cocina para ver qué podía hacer. Pero no había mucho que hacer
Mi madre ya estaba allí, moviéndose entre las ollas, preparando la comida que luego saldría a vender. El aroma llenaba toda la casa, cálido y familiar, y por un momento el peso en mi pecho se hizo un poco más ligero
A ella le gustaba hacerlo, decía que cocinar y vender la comida la sacaba de la tristeza, que la hacía sentir útil… viva. Y, de alguna manera, a mí también me ayudaba.
—Buenos días, mamá —murmuré mientras me acercaba a ayudarla
Entre las dos terminamos de preparar todo. Cortar, empaquetar, acomodar los recipientes… pequeños gestos que hacían que la mañana se sintiera casi normal
Hoy decidí ponerme linda, elegí un vestido algo apretado y corto —no demasiado—, unas zapatillas cómodas para caminar, me recogí el cabello en una coleta alta y me puse un poco de maquillaje
Nada exagerado, solo lo suficiente para verme… bien, y lista para salir con mi madre
Cargamos las cosas y comenzamos a caminar rumbo al mercado. El camino se llenó de risas y conversaciones simples, de esas que hablan de la vida cotidiana: la universidad, los profesores, los exámenes que se acercan
Yo le contaba lo justo
La vida normal de una estudiante
Pero dejaba fuera otra parte de mi mundo
El caos
La tensión
Y, sobre todo, a Demian
Porque esa historia… esa parte de mi vida llena de peligros y miradas prohibidas…era un cuadro demasiado complicado para poner frente a mi madre
Cuando llegamos al mercado, el ambiente ya estaba lleno de vida
Los vendedores acomodaban sus puestos, el olor a frutas, pan y comida recién hecha se mezclaba en el aire, y apenas nos vieron llegar, varios comenzaron a saludarnos con esa mezcla de amistad y familiaridad que solo se forma con los años
—¡Buenos días, doña! —gritó uno desde el puesto de al lado
—¡Llegó la mejor comida del mercado! —dijo otro, haciendo reír a mi madre
Algunos clientes ya estaban haciendo fila frente al pequeño puesto improvisado donde ella vendía. Otros se acercaban más por conversación que por hambre
Y, como siempre, tampoco faltaban los piropos dirigidos hacia mí
—¡Mira quién vino hoy más bonita que nunca! —dijeron, pero no hice caso
—¡Así da gusto venir al mercado! —comprobó otro
Yo solo sonreía con educación, acostumbrada a ese tipo de comentarios, mientras ayudaba a mi madre a acomodar los recipientes y los platos
Ella, en cambio, conversaba animadamente con todos
Algunos le preguntaban por la familia, por su salud, por cómo iba todo en casa
Y entonces lo decía
Con orgullo
—Mi hija está en la universidad
Cada vez que lo mencionaba, su rostro se iluminaba de una manera que me apretaba el pecho. Sus ojos brillaban y su voz se llenaba de una felicidad sencilla, honesta, y yo me quedaba mirándola en silencio
Orgullosa
Feliz, como si todo su esfuerzo hubiera valido la pena
Y yo… solo podía sentir cómo algo se me encogía por dentro
Porque si tan solo supiera toda la verdad
Si supiera que su hija también trabaja en un bar, aceptando lo que sea necesario para ganar dinero… todo para que ella no tenga que preocuparse por las facturas, por las medicinas, por el peso de la vida
Pero ese es un secreto que prefiero cargar sola
Porque verla sonreír así… vale cualquier sacrificio
Cuando al fin terminó todo el bullicio del mercado, el silencio llegó poco a poco y las ollas estaban completamente limpias
No quedaba nada
Toda la comida se había vendido
Mi madre y yo nos miramos con una pequeña sonrisa de satisfacción. Había sido un buen día, no siempre pasaba, pero cuando ocurría se sentía como una pequeña victoria contra todo lo que nos pesaba encima
Contamos el dinero con cuidado, pero ni loca iba a salir del mercado con plata en la mano. Así que caminamos hasta el pequeño banco que quedaba a unos pasos, ese donde casi todos los vendedores depositaban lo que ganaban. Era más seguro así, más tranquilo
Después de hacerlo, ambas respiramos un poco más aliviadas, al menos por hoy… las cosas estaban bajo control
Salimos del banco con las manos vacías y caminamos rumbo a casa, cargando solo los recipientes vacíos. El sol del medio día caía suave sobre la calle y el cansancio empezaba a sentirse en mis piernas
Pero también me sentía lista, lista para un nuevo día aunque en mi cabeza había algo más. Algo que no podía ignorar.
Demian
No sabía exactamente qué era lo que había entre nosotros. No sabía si era una locura, un error… o algo que estaba creciendo sin que ninguno de los dos pudiera detenerlo
Solo sabía que había algo y pensar en eso me daba miedo. Pero, al mismo tiempo… también me daba una extraña felicidad
Apenas di un paso dentro de la entrada de la universidad, sentí que todo el buen día que había tenido se iba directo al infierno. Ahí estaba, a unos pocos pasos de mí, Mónica de Hernández, la esposa de Demian Hernández
Estaba de pie junto a la entrada principal, impecable como siempre, pero con una expresión que no dejaba lugar a dudas. Sus ojos estaban fijos en mí, duros, afilados… y su cara de pocos amigos decía más que mil palabras
Mi estómago se encogió al instante. Porque si estaba ahí… si me estaba mirando así… solo podía significar una cosa
Problemas. Grandes problemas
Por un segundo pensé en dar la vuelta, fingir que no la había visto, desaparecer entre la multitud de estudiantes que entraban y salían del campus, pero era demasiado tarde
Sus ojos ya me habían encontrado. Y ahora caminaba directamente hacia mí. Cada paso suyo resonaba en mi cabeza como un aviso de tormenta y peligro.
Y, probablemente… una pelea que estaba a punto de estallar
—Necesito hablar contigo… a solas
La voz de Mónica salió tensa, casi temblorosa. No era el tono de alguien que venía tranquila… era el de alguien que llevaba demasiadas cosas contenidas
Sentí un nudo formarse en mi estómago. Aun así asentí
—Sígame… por aquí
La guié hacia la parte de atrás del edificio, donde casi nadie pasaba a esa hora. Era un pequeño corredor que daba hacia un patio poco usado, silencioso, lejos del ruido de los estudiantes. Perfecto para una conversación… o para una confrontación
Cuando llegamos, me detuve y me giré para mirarla. El silencio entre nosotras era pesado
Mónica me observaba fijamente, como si estuviera tratando de descifrar algo en mi rostro. Sus manos estaban tensas, entrelazadas frente a ella
Por un momento pensé que iba a gritar o a acusarme directamente. Pero no lo hizo
—Tú eres Alexandra… la chica del otro día, ¿verdad? —dijo finalmente
Asentí despacio
—Sí —sus ojos se movieron por mi rostro con una intensidad incómoda
—Ese día te vi … cerca de mi esposo —dijo, mi cuerpo tembló pero supe controlarme, pero el nombre no hizo falta decirlo
Las dos sabíamos que hablaba de Demian
Mi corazón empezó a latir más rápido
—Señora… —empecé
Pero ella levantó una mano para detenerme
—No mientas —dijo con la voz baja, pero firme—. No he venido a escuchar mentiras
El aire entre nosotras se volvió denso
Sus ojos brillaban de una forma extraña… no solo con enojo
Había algo más ahí
Algo que parecía dolor
—Solo quiero que me digas una cosa —continuó, dando un pequeño paso hacia mí, su mirada se clavó en la mía —¿Qué está pasando entre tú y mi esposo?
Y en ese instante supe que cualquier respuesta que diera… podía cambiarlo todo