Cómo pasaban las horas mientras esperaba que llegara la noche, yo seguía mirando el reloj en la pared de la sala donde nos arreglábamos. Hoy también iba a bailar porque, según mi jefe, era la chica nueva
—Alexandra, ya es hora —me dijeron desde la puerta
—¡Ya voy! —grité. Pero no tenía más miedo, si así podía decirse
Chica valiente; más cobarde no se puede ser
Desde ese día en que hablé con Demian —o mejor dicho, en que discutimos y terminé gritándole— todo cambió. ¿Y saben qué fue lo peor? Me gané una semana de expulsión
Según él, le falté el respeto. Dice que no supe escuchar, que me dejé llevar, pero ¿cómo no hacerlo, si cada palabra suya me desarma y al mismo tiempo me enciende?
Me descalificó porque no le hice caso… y eso fue lo que más me dolió. No la expulsión, no el castigo. Sino que me mirara como si yo fuera un error en la sociedad que él frecuenta, o... ya no sé
Sí, me gusta. Sí, estoy perdidamente enamorada de él. Y tal vez por eso me duele tanto enfrentarlo
Pero amar no es obedecer. Y aunque mi corazón lata cada vez que pronuncia mi nombre, no voy a dejar de ser quien soy por nadie… ni siquiera por él
He dicho que Alexandra Garcia no llevara sus caprichos de Hombre rico a sus pies, punto
Antes de salir a bailar, inhalé profundo, como si el aire pudiera sostenerme por dentro. Pero no bastaba. Mi corazón latía demasiado rápido
¿Y si está ahí, otra vez?
Maldición… no estoy lista para verlo, y al mismo tiempo, lo único que deseo es que aparezca, otra vez, válgame mi dios
Al salir, las luces empezaron a encandilar mi visión. Por un momento fue lo mejor: no podía ver nada, ni a nadie, pero entonces escuché lo que decían los hombres. Sus voces se mezclaban con la música, que parecía electrocutar mis nervios y darme un valor que no sabía que tenía
Y entonces lo sentí, la mirada desde algún rincón de la sala, su esquema de matar a alguien con su mirada de furia. Demian estaba aquí. No lo veía… pero lo podía sentir y eso era lo malo de mi sentimiento
Me acerqué a la orilla del escenario para que la gente empezara a dejar el dinero
Mamá estaba por cumplir otra semana más de quimioterapias. Las facturas, los medicamentos, las cuentas que no dejaban de acumularse… todo pesaba sobre mis hombros. Ella había trabajado mucho esta mañana, aun cuando no debía hacerlo. Por eso ahora descansaba, tranquila, sin saber exactamente cómo estaba consiguiendo el dinero
Y yo bailaba.
Bailaba por ella
Aunque mi corazón estuviera temblando porque, en algún lugar entre las sombras, Demian estaba mirándome
(...)
Al principio no estaba seguro. Las luces la cubrían como un resplandor imposible, como si no fuera real
Pero cuando ella dio un paso al frente y el brillo delineó su silueta, el aire se le quedó atrapado en el pecho. Era ella
Demian apretó la mandíbula. No sabía qué le dolía más: verla allí, expuesta a todas esas miradas… o saber que no tenía derecho a reclamar nada. diablos; estaba casado amaba a su esposa, pero... ella...
Cuando sus ojos lograron enfocarla por completo, el mundo alrededor perdió sonido. La música seguía, los hombres gritaban, el dinero caía sobre el escenario… pero él solo podía verla a ella
Su Alexandra
La misma que le gritó. La misma que lo enfrentó. La misma que ahora bailaba con una fuerza que lo desarmaba
Sintió rabia. Celos. Culpa y algo peor: admiración
Porque no estaba bailando para provocar. Estaba bailando para sobrevivir
Y cuando ella levantó el rostro por un segundo, como si presintiera su mirada, el corazón de Demian dio un golpe seco contra su pecho. Esta vez no iba a apartar la vista. No otra vez
No pensó. No analizo. No estaba en discusión simplemente se levantó
El ruido del lugar volvió de golpe cuando empezó a abrirse paso entre la gente. Empujones, miradas molestas, billetes en el aire… nada importaba. Solo ella
Alexandra se movía al ritmo de la música, fingiendo seguridad, pero su respiración seguía descompensada. Lo sentía. Sabía que estaba más cerca
Y entonces lo vio
Demian frente al escenario, demasiado cerca a decir verdad
Sus ojos no tenían rabia esta vez. Tenían algo más oscuro… más vulnerable. Subió un escalón.
Luego otro—Bájate —murmuró, pero su voz no sonó como una orden. Sonó como una súplica disfrazada
Ella siguió bailando
Fue entonces cuando él extendió la mano no para detener el espectáculo, no para humillarla
Sino para tocarla. Sus dedos rozaron su muñeca mientras le dejaba un billete de 100, el contacto fue mínimo… pero suficiente para que el mundo entero pareciera quedarse sin aire
Alexandra se estremeció. No sabía si por la música, por la rabia… o porque, a pesar de todo, su piel seguía reconociéndolo como si fuera hogar favorito—No tienes que hacer esto —susurró él, más cerca ahora, fuera del acto del baile, mientras los gritos y abucheos se hacian presentes, pero nadie detenía la aproximada de los dos, era morbo y algo mas
Pero ella sí tenía que hacerlo
Y eso era lo que más lo destrozaba