El sol brillaba más que nunca, como si supiera que era nuestra despedida del paraíso. Me puse mi bikini n***o —el mismo que ya había causado un par de incidentes visuales—, pero esta vez con un pareo de flores y unas gafas de sol enormes. Me veía fabulosa. Lo sabía. Y sí, lo sabía él también. Luca ya estaba afuera, en la arena, armando la sombrilla como si fuera una competencia olímpica. Damien… bueno, Damien estaba sentado en una silla plegable con una cerveza en mano y esa cara de siempre, la de “odio todo esto pero no me quiero ir”. —¿Lista para el último chapuzón, princesa? —me preguntó Luca, extendiéndome la mano. —Más que lista, papito. Corrimos al mar como si fuéramos niños, las olas nos recibieron como viejos amigos y el agua estaba perfecta, como si supiera que no volveríamos

