XXXIX No quería dormir, no deseaba llenarse de malos pensamientos la cabeza, pero ese presagio espantoso lo había acompañado desde siempre, era como su sexto sentido. Veía dormir a su menuda mujer en ese cubículo que hacía de cama en la primera clase que solo había usado para ese viaje a Brasil, a decir verdad, en su vida había tomado unas vacaciones y cuando viajaba casi siempre lo hizo por negocios. Acarició el cabello castaño que aún estaba algo rebelde por la humedad sufrida y suspiró con fuerza, como si ese fuera su mantra para alejar las sombras. Sonrió al recordar todo lo que Mary le contó acerca de esa noche que bailó para él, cómo se encontró con esas clases de danza latina en el hotel y también el que hubiera decidido participar en la coreografía de ese grupo. Fue, según ella,

